La punta del iceberg (2/4) [Europa]

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Continúo hoy con la serie de artículos que dedicaré al deporte profesional. O mejor debería decir a explicar mi concepto del deporte profesional y del deporte espectáculo.

Decía en el anterior artículo de esta serie que el sistema deportivo español, en lo que a deporte profesional se refiere, adolece de un criterio firme y diferenciador del deporte…, le llamaré tradicional por el momento.

Y que sólo se ha copiado del sistema deportivo profesional americano aquello que es patente para cualquier observador ocasional.

Da la sensación de que en el resto de Europa están igual que nosotros. Se formula un planteamiento tímido en lo que a deporte profesional se refiere.

Seguimos anclados en el arcaico sistema federativo con delegación de competencias Administrativas. Pero el deporte profesional no necesita de federaciones que lo regulen; se ordena a sí mismo. Las federaciones del deporte profesional son empresas. Así de claro, así de simple, así de práctico. Y es que los conceptos en organización deportiva avanzan en clave de eurodólar en esta sociedad tan mercantil que hemos creado.

¿O es que alguien duda de que las federaciones internacionales son empresas? Quizá no repartan beneficios entre sus socios. Quizá no coticen en Bolsa. Pero funcionan igual que una empresa. Con los mismos objetivos, con las mismas estrategias de mercado. ¿Y qué pasa? Nada. Porque nada tiene por qué pasar.

Se trata de aceptar un hecho y de no quedarse encallado en la nostalgia de los entes sin ánimo de lucro. Esta es una de las diferencias del deporte profesional en el Viejo Mundo con el que se gestiona en los USA.

Allí las federaciones de los deportistas profesionales son también organismos profesionales, con gestores profesionales, árbitros profesionales, propietarios de los equipos que arriesgan su dinero… De hecho se llaman franquicias; es necesario obtener el consentimiento de la organización de la liga correspondiente y abonar una cantidad astronómica para construir un equipo.

De los 32 equipos de fútbol americano de la NFL tan sólo los Green Bay Packers son una franquicia otorgada a un consorcio. Cada uno de los 31 equipos restantes son propiedad de un solo individuo. Cada propietario decide a quien contrata. A que deportista, a que técnico, a que asesor financiero…

Es otra dimensión, otro concepto. En la Vieja Europa no somos capaces de erradicar algunos prejuicios. Como que las federaciones son entidades sin ánimo de lucro, o como que el mayor accionista no puede tener más de un porcentaje dado de las acciones del equipo.

La visión profesional del deporte lleva aparejados otros conceptos. Por ejemplo, yo diría que se establece una especie de “selección natural” en cuanto a los técnicos. Un entrenador sólo tiene que justificar ante el propietario del equipo, que es la persona que le ha contratado, su capacidad como entrenador. Y no lo hará presentando un diploma que le acredite como entrenador profesional. Lo demostrará con el porcentaje de victorias. No hay titulaciones académicas como las que se pretenden instaurar por nuestras latitudes.

Estoy hablando del deporte profesional. Que nadie se me pierda en este razonamiento. No hablo del deporte escolar o del deporte base. Usted aparece en Las Vegas con un boxeador profesional y nadie le pedirá su título de entrenador nacional, ni el reconocimiento de la categoría del boxeador por parte de la federación europea. Tan sólo que abone la cantidad estipulada por la federación internacional para la licencia de preparador y de boxeador.

Si su chico no gana combates es posible que no le llamen para muchas veladas más. Tampoco le llamaran si, aunque gane, no da espectáculo.

Ganar y dar espectáculo, un binomio que atrae a las masas y a los medios de comunicación. Por eso las federaciones USA, conscientes de ello, modifican año tras año los reglamentos de juego en beneficio del espectáculo.

En Europa se comienzan a dar pasos tímidos en este sentido. ¿Qué es sino el G14? ¿Hacia dónde camina esta asociación de los 14 clubes de fútbol más poderosos de Europa? ¿Cuál es el miedo de la UEFA? Está claro. Instaurarán una competición a imagen de las cuatro grandes ligas americanas. Los medios de transporte hoy en día no son los de los años 60. De Madrid a Munich o de Roma a Liverpool son a lo sumo dos horas y media de vuelo.

En esa futura competición nadie desciende de categoría. Serán 14 equipos galácticos; y cada uno recibirá 13 visitas galácticas anuales. Un factor pospone indefinidamente el lanzamiento de esta superliga. Si el invento falla no hay vuelta atrás. Cada equipo regresaría a su liga nacional de origen en la categoría más inferior. Y aún hay vínculos atávicos que vencer.

La idea es golosa. Pasarían ellos mismos a controlar sus ingresos, sin tener que repartir con un intermediario molesto como es la UEFA, que incluso impone sanciones económicas y no se juega ningún dinero. A cambio de organizar una liga que ellos mismos pueden gestionar. Como decía más arriba, los conceptos han cambiado en una sociedad tan mercantil como la nuestra.

Pero las legislaciones nacionales también son un lastre. Los semi-dueños de los equipos se encuentran con trabas. En nuestro país una persona no puede ser dueña de un equipo. Lo prohíbe el Real Decreto de Sociedades Anónimas Deportivas del que hablé en el artículo anterior.

Cuando uno es dueño al cien por cien toma sus propias decisiones. Para bien y para mal. Se agilizan muchos trámites. Y se evitan unas molestas elecciones. La máscara debe caer en el deporte profesional europeo y liberar al deporte base.

En fin, que cada uno saque sus propias conclusiones. De momento el sistema chirría, como vimos cuando al señor Peterman, máximo accionista del Racing de Santander, la federación española no le dejó sentarse en el banquillo de su propio equipo y dirigirlo. Alegaban que no tenía titulación.

Pero hombre, si el equipo es mío y creo que yo soy el mejor entrenador para mi equipo la decisión me corresponde tomarla a mí, que soy quien arriesga el dinero. Si mi equipo ni gana ni convence, tendré que contratar a otro entrenador que lo haga mejor que yo o perderé dinero de mi bolsillo. En todo caso yo busco lo mejor para mi equipo, que es lo mejor para mi dinero.

Estos jugadores son profesionales, no son niños a los que hay que proteger de un desaprensivo que les mande hacer flexiones y abdominales como si fueran Evander Holyfield. Insisto, esta gente son profesionales, que ganan dinero como para tener su propio entrenador personal. Deberían acudir al entrenamiento solamente a realizar sesiones tácticas. La preparación física que se la traigan de casa trabajada con su entrenador personal. Y si no rinden al banquillo. Y si no juegan cobran menos. Y si no mantienen una forma física (peso, velocidad, resistencia…) pues que sean sancionados. Porque son PROFESIONALES.

Estos son algunos de los frenos de la Vieja Europa. No se puede copiar la punta del iceberg, porque no todos los hielos flotan con esa majestuosidad.

24 de setiembre de 2004

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Don Quijote Cabalga de Nuevo

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El título elegido para este artículo es el de una comedia hispano-mexicana de 1972 protagonizada por Mario Moreno “Cantinflas” y Fernando Fernán Gómez sobre un guión de Carlos Blanco y con música de Waldo de los Ríos, en la que se recrean algunas de las andanzas del Caballero de la Triste Figura y su escudero Sancho Panza. La dirección corrió a cargo de Roberto Gavaldón.

Esta semana se ha fallado el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Y como no podía ser de otra forma daré mi particular visión del asunto.

Pero he de ser cauto, no sea que escriba algo que no pienso decir o que escriba algo que pueda ser mal interpretado.

Vaya por delante, antes de hablar de este premio en concreto, la declaración de que no soy nada monárquico y menos aún amigo de los premios. Tal vez por ambos motivos esto del Premio Príncipe de Asturias me parece algo anecdótico. Pero hay que reconocer que este invento mueve a su alrededor a una cohorte de personas ávidas de popularidad, de renombre, de presencia… Aunque reconozco desconocer el alcance real de su repercusión fuera de Asturias y el verdadero beneficio que tiene para el modo de vida de los asturianos.

Simplemente no creo en este tipo de premios. Mi razonamiento es algo paradójico. Sé que será complicado ofrecer una perspectiva completa de mi idea sobre el particular, pero intentaré hacerlo en un par de párrafos.

No creo en este tipo de premios porque cuando alguien actúa de alguna forma concreta no lo hace por el premio, sino por filantropía, con altruismo. Si sus actos estuvieran motivados por el logro del premio, movido por el interés de conseguirlo, entonces no debería ser merecedor de un premio de este tipo.

No imagino a alguien realizando unas acciones concretas para que le den el Premio Nobel de la Paz. Si fuera así no podría ser merecedor de un galardón que premia la filantropía y el altruismo.

Descartados pues los que hubieran tenido un especial interés en alcanzar el premio, habría que excluir también a aquéllos que no actuaron movidos por conseguir el premio. Dado que sus gestas no fueron motivadas por el premio, no veo por qué hay que condecorarles con un galardón al que nunca aspiraron. Y en la mayoría de los casos ni siquiera saben de la existencia del premio.

Pero ya me parece ver al listillo de turno queriéndose apuntar un tanto poniéndome a mí en tela de juicio. Pues no, que nadie se equivoque: si a mí me concedieran un premio seguiría sin creer en ellos. Pensemos que las más de las veces (sigo hablando de este tipo de premios) el premiador siempre adquiere relevancia gracias a la fama del premiado; y muchas veces incluso el propio jurado adquiere notoriedad y su parcela de popularidad.

Espero que nunca me den un premio de este tipo. La única forma en que me presentaría a recogerlo sería si yo fuera el representante de un colectivo. Y aún así intentaría que el honor recayera en otra persona.

Cuando hablo de este tipo de premios no me estoy refiriendo a la categoría que se le suponga al premio, sino a estos premios otorgados mediante jurado. Cuando alguien lucha por un premio (competición deportiva, exámenes, oposiciones) y lo consigue, es el premio a su esfuerzo; medido y deseado. Y por lo tanto ese premio le corresponde. Es su premio, por el que ha luchado.

Espero que haya quedado clara mi postura con relación a “este tipo de premios”.

Volviendo a los Premios de la Fundación Príncipe de Asturias, que por cierto, tiene una estupenda web que me ha dejado muy gratamente impresionado, y a la que le daría un 9′5 sobre 10 (sí, ya lo sé, soy antiguo, pongo la coma arriba), he de decir que me gustaría que hubiera más transparencia (maldita palabra, ¿eh?) y más información sobre los mecanismos para su concesión. Al fin y al cabo todos pagamos los dispendios que se producen: ágapes, escoltas, estancias, protocolos y demás zarandajas.

Al igual que el público no sólo quiere ver cine, sino que quiere ver cómo se hace el cine, yo no quiero ver premios, sino cómo se hacen esos premios. No estaría mal que nos documentaran con todo lo relativo a las decisiones.

¿Cómo se eligen a los miembros del jurado? ¿Cómo se hacen las propuestas de candidatos al premio? ¿El proponente es miembro del jurado? ¿Pesarán las estadísticas en los jurados? ¿Hablan de estas cosas con ellos los organizadores? ¿Cómo se presionan unos a otros para que se vote al candidato que cada uno tiene en mente? ¿Cuánto cobra cada miembro del jurado? ¿Cómo se financian esta fundación y estos premios? Como digo más arriba, al fin y al cabo de mis impuestos, y de los que pagamos todos los asturianos, salen todos los gastos que suponen estos premios.

Entrando a considerar el premio en el apartado de deportes se puede leer en la web de la Fundación:

Premio Príncipe de Asturias de los Deportes.- Será concedido a aquella persona, grupo de personas o institución que, además de la ejemplaridad de sus vidas, haya conseguido nuevas metas en la lucha del hombre por superarse a sí mismo, y contribuido con su esfuerzo al perfeccionamiento, cultivo, promoción o difusión de los deportes.

Este año se informó de que había cuatro personas que optaban al premio; dos españoles y dos no españoles. Desde 1987 se han concedido 18 premios de los que sólo 7 han ido a parar a manos de españoles.

¿Es que no hay españoles que reúnan las condiciones? ¿O es que da más prestigio que el premio vaya a parar a un extranjero? Obviamente da más internacionalidad. Triste asunto esto de tener que prestigiar un premio. Se corre el riesgo de no impartir justicia para con los que no han sido galardonados.

Interpreto que la finalidad del premio es reconocer una trayectoria deportiva, pero dando una lectura a la relación de premiados en este apartado veo que en cada momento se premió a quien había destacado durante esa temporada.

Por todas estas cosas no creo en este tipo de premios otorgados. Y me parece que una vez más en este país se peca de quijotismo.

He de decir que por lo que he leído creo que El Guerrouj se merece este premio (y posiblemente se merezca mucho más). Pero estarán conmigo en que en ningún otro país de nuestro entorno se lo habrían dado.

19 de setiembre de 2004  buzón de alcance

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 El Golpe

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de El Golpe mientras lees el artículo

(c) Scott Joplin

Diría que la película que he elegido hoy como título es una obra maestra del cine (no en vano ganó 7 Oscar en 1973, entre ellos Mejor Película y Mejor Banda Sonora), interpretada por Paul Newman y Robert Redford y que cuenta con un tema muy pegadizo que todos hemos silbado alguna vez.

Mi primo Pepe me ha llamado esta semana para facilitarme una interesante información sobre el estado del deporte en una localidad que él conoce bien, datos que he de ir desarrollando en esta Aguja de Bitácora.

Diré que al municipio del que voy a hablar le llamaré Doñarrisa, dado que las jaimitadas del gerente que allí han colocado al frente del servicio deportivo municipal mueven a la hilaridad, aunque a los deportistas de este pueblecito fronterizo no les hace ni pizca de gracia. A este gerente de gabinete le llamaré señor Mediana dado que según cuenta mi primo Pepe es una auténtica medianía.

Tal es el desconocimiento del señor Mediana sobre el hecho deportivo que se cuenta que teniendo ante sí un banco romano no era capaz de identificarlo como un aparato para realizar ejercicios abdominales. Eso sí, palabrería no le sobra al impostor, al igual que al gato de la fábula del maestro Tomás de Iriarte.

Si será cierto esto del regusto en oírse hablar que en cierta ocasión se escuchó a este señor Mediana proponer a los alumnos de 13 años de la escuela deportiva de balonmano una “reunión bilateral con los padres”. ¡Pero hombre, Mediana!, ¿no te has dado cuenta de que una reunión siempre será bilateral? ¿Has visto alguna vez una “reunión unilateral”?

Tal vez vaya contando en sucesivos artículos algunas de las genialidades del insipiente Mediana, pero he de ir al grano pues no quiero sobrepasar la extensión acostumbrada de mis artículos.

El caso es que a Doñarrisa se le están yendo los equipos del pueblo río abajo, hacia un municipio vecino con una política deportiva diametralmente opuesta a la que propugna el insufrible Mediana con el beneplácito de las personas que le han nombrado, pues se trata de una designación directa (cargo de confianza).

El último en írsele es el de balonmano, que curiosamente es de reciente creación. Tan de reciente creación que ha surgido directamente en el pueblo de abajo. Pero un 90% de los jugadores son vecinos de Doñarrisa.

Se lo contaron al barbudo Mediana y su reacción no fue de lamento, como cabría esperar, sino de una ridícula aquiescencia. Que él no podía hacer nada, parece ser que dijo. Por lo visto, el equipo de balonmano ha encontrado en Saie de Arriba, que así se llama el pueblo vecino, más facilidades económicas para entrenar y jugar los partidos oficiales de liga que en Doñarrisa y, lo más importante, una media docena de patrocinadores.

Y aquí es donde entra en juego mi primo Pepe, que es mucho más perspicaz y mucho más versado en ciencias sociales que yo.

Parecería evidente que Mediana no tiene responsabilidad alguna ante la aportación de capital privado a los equipos deportivos locales en Saie de Arriba y la ausencia de iniciativa privada para los equipos locales de Doñarrisa.

Pero no es así. La gestión de Mediana, tras cinco sempiternos años al frente del servicio público deportivo de Doñarrisa es la responsable de la situación.

¿Por qué si no los empresarios de Saie de Arriba perciben como algo interesante destinar una cantidad de sus beneficios a invertirla en un patrocinio deportivo?

Según me ha hecho saber mi primo Pepe, la diferencia estriba en que mientras en Doñarrisa el deporte no es percibido como un dinamizador social, en Saie de Arriba su complejo deportivo se ha convertido en uno de los centros neurálgicos de la población.

Las directrices marcadas por Mediana tienen bastante que ver. El evidente descontento que manifiesta la población de Doñarrisa hacia la gestión deportiva municipal hacen que los empresarios de este pueblo no perciban como interesante la inversión en publicidad deportiva.

En Saie de Arriba es patente el entusiasmo que despierta la práctica deportiva en sus ciudadanos, y socialmente se valora muy positivamente la aportación que algunos negocios hacen a los equipos del pueblo.

Así, un txakolí local patrocinará las equipaciones del equipo de balonmano que ha surgido esta temporada. Y hablo de equipaciones completas: chándal de paseo y camiseta y pantalón de competición como para 20 jugadores. Y han aparecido otros cuatro o cinco patrocinadores que colaborarán en la cartelería, publicidad estática, rifas, etcétera.

Vemos aquí como una correcta intervención pública influye positivamente en la imagen que el ciudadano tiene de la Administración deportiva, y condiciona favorablemente la percepción que el capital privado hace de la práctica deportiva en beneficio de una actividad tan desasistida como es el deporte aficionado.

Las gentes de Saie de Arriba están agradecidas a sus gestores deportivos. Las gentes de Doñarrisa son las que han catalogado a Mediana de infame, más preocupado de su apariencia y de que se vea su nuevo celular.

17 de setiembre de 2004

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 El Profesional

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León, encarnado por el “duro” Jean Reno (nacido en Casablanca de padres andaluces que huyeron del franquismo a Marruecos), es el protagonista de este título cinematográfico que he elegido para intitular mi artículo de hoy.

Esta reflexión va dirigida a (más bien debería decir contra) esos padres que sueñan con que su hijo o hija sea un profesional del deporte el día de mañana.

Hasta hace poco yo creía que ese tipo de padres eran únicamente los que centraban sus esperanzas en torno al fútbol. Existían media docena de historias futboleras conocidas por todos en España sobre muchachos de origen humilde que habían dado el mismo día el salto al éxito deportivo y a la fama, lo que llevaba aparejado un monto económico “galáctico”.

De la noche a la mañana (como suelen ocurrir las cosas en España, incluso los derrocamientos reales) un muchacho se había convertido en un número uno. De repente todos conocían su exigua biografía y compraban revistas que contaban sus inicios en el balompié, e incluían fotografías que a mí se me antojaba como si alguien ya supiera que el muchacho tenía una estrella en el pie y se hubiera dedicado a retratar todos los acontecimientos significativos en la vida de un deportista: su primer balón, su primer uniforme de fútbol, su primer gol en el colegio de los curas de turno, con su primer carné federativo…

Todo ello creaba una falsa sensación de facilidad y de sencillez en los logros obtenidos por el futbolista en cuestión. No se hablaba del esfuerzo, de las sudadas y de las mojaduras, de las lesiones y de las dudas, de las broncas padres-hijo por no estudiar… Todo estaba olvidado. El niño había triunfado con 19 años y todo el mundo en el barrio conocía a este talento deportivo (barrio, todo hay que decirlo, más populoso que algunas capitales de provincia).

Esto hizo que los padres de otros niños, que solamente percibían la parte final de ese viaje triunfal, veían que si su niño sobresaliera exitosamente en el equipo del pueblo o del barrio alcanzarían ese sueño universal (y contrario al mandato divino) de vivir sin trabajar y así dedicarse a administrar las finanzas de su vástago. Igualito que en la “tele”. Pero lo basaban en la suerte, en una especie de lotería: si el niño saliera bueno.

En las zonas rurales quizá esto se acentúe. Es una cualidad humana juzgar tan sólo por lo que vemos. Y si el niño de López Pérez era el mejor del pueblo es que estaba llamado a triunfar. Nadie pensaba en que en el pueblo vecino el método de escuelas deportivas (del que ya hablaré en otra ocasión) funcionaba, y existían allí docenas de críos jugando al mismo juego.

Y así en los pueblos del entorno. Y en todos los pueblos del país. Pero destacar entre un puñado de niños no presupone tener aptitudes naturales para la práctica del deporte. Para eso están los Programas de Detección de Talentos Deportivos, los gabinetes médicos de las federaciones españolas y los Centros de Alto Rendimiento Deportivo; el esfuerzo, la planificación y el método. Y los enchufes, por supuesto, en un país con tanta electricidad estática como éste.

Así, he visto y he hablado con padres que se desplazaban más de 60 km tres días a la semana para llevar a su hijo a jugar al fútbol a otro pueblo donde se decía que los ojeadores de un equipo de la región que jugaba en Primera División solían aparecer de vez en cuando.

No sé muy bien por qué, pero estoy seguro de que no hubieran nunca realizado ese kilometraje para llevar a su niño a clases particulares de inglés, por poner un ejemplo. Y la señora me decía: “el niño tuvo un accidente y aún cojea, pero si me sale bueno…”

Ya; le dije yo. Si te sale bueno te retiras, aunque para eso tengas que pasar por encima de la salud de tu hijo.

El caso es que el deporte…, perdón, el deporte profesional, que es otra cosa diferente, parece que se está convirtiendo en una salida fácil para esos españolitos que ven demasiado esfuerzo en eso de los estudios.

O tal vez es que les parezca un camino muy largo y nada fiable; hasta el punto de abandonar lo que puede ser un seguro profesional, como es una titulación académica, por la quimera del deporte profesional.

En la zona en la que vivo han surgido algunos campos de golf. Hace muy pocos meses me decía una madre que ella había recomendado a su hija de 12 ó 14 años que se centrara en el golf, que si aprendía a jugar bien podía ganar mucho dinero.

Supuse que era una exageración y le seguí el juego hasta que esta señora aseveró que se podía vivir holgadamente del deporte. Fue entonces cuando comencé a llevarle la contraria a la señora, quien se indignó conmigo. Añadió además que, como la vida del deportista es corta, su hija podría retirarse con unos 30 años y tener la vida resuelta.

¡Qué ignorante! ¡Qué ignorantes todos esos padres que permiten primero el relajamiento, después la dejadez y por último el abandono de los estudios por parte de sus hijos e hijas!

Ya no son sólo los padres de los niños del fútbol. Ahora hay que añadir los del golf, los del tenis, los del baloncesto… Y hablo con amigos y compañeros de diversos puntos de España y descubro que por todos los lados existe la misma cantinela.

Yo pensaba, ingenuamente por lo que veo, que este tipo de esperanzas quedaban para los pueblos cultural e industrialmente atrasados. Veo que o bien no es así o bien España no está tan adelantada económica y culturalmente como pensaba. En cualquier caso he de reconocer que yo estaba equivocado.

En fin, que tengan suerte estos padres tremendamente indocumentados sobre la realidad deportiva. Yo he sido competidor, quizá en un deporte muy duro físicamente. Y no quiero que mis hijos practiquen ningún deporte de competición. Si deciden hacerlo, aquí tienen un profesional que les ayudará. Pero mejor que se dediquen a estudiar y a practicar deporte como complemento a una vida sana.

10 de setiembre de 2004

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 Pánico en el Estadio

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Para el artículo de hoy he recordado el título de un guión cinematográfico, de 1976, que guarda relación con la temática del artículo. Excelente película protagonizada por Charlton Heston, nominada para un Oscar.

Escribo hoy sobre un asunto que guardaba en mi archivo pero que no merece ser pospuesto ni un día más.

Todos hemos conocido que en los pasados Juegos Olímpicos, durante la prueba masculina de maratón, un espectador atacó al corredor que en aquel momento lideraba la carrera, el brasileño Vanderlei De Lima. ver foto 1 - ver foto 2

Se especula sobre si la agresión le haya podido costar la medalla de oro al representante de Brasil. Desde este país iberoamericano se ha solicitado la entrega de una segunda medalla de oro para su corredor. Por su parte el COI otorgó al atleta la medalla “Pierre de Coubertin” al juego limpio.

Pero a mi juicio este cruce de declaraciones no hace sino desviar la atención sobre el verdadero problema. Este loco, que ha protagonizado algún incidente más con motivo de diferentes pruebas deportivas, no hubiera tenido ningún impedimento para agredir al corredor con un objeto punzante (cuchillo, navaja, destornillador, punzón), como ya le ocurriera a la tenista Mónica Selles hace unos años. Tanto este irresponsable como cualquiera de los aficionados que jalonaron el histórico circuito de la maratón de los Juegos Olímpicos de este año.

¿Cuál es la diferencia entre un ataque personal y un atentado?

Los atentados se realizan contra una autoridad establecida. También se denomina atentado cualquier acto que perturbe la paz de un pueblo.

Golpear a un guardia o un policía cuando se encuentra en ejercicio de sus funciones públicas (es decir, cuando porta el uniforme de las Fuerzas de Seguridad del Estado o cuando se identifica como tal) es considerado un atentado por ser agente de la autoridad.

Por otro lado, golpear a un juez, un alcalde o un ministro (por poner unos ejemplos), en cualquier momento a lo largo de su vida pública es también considerado un atentado, por ser autoridad.

Estoy hablando de golpear; un cachete, simplemente. No es necesario producir herida con arma blanca o de fuego para que una agresión sea considerada atentado.

Nos hemos acostumbrado a ver asociados en los medios de comunicación los conceptos de atentado y terrorismo. Pero no siempre es así.

El terrorismo presupone una organización detrás del atentado que ha colaborado en la planificación y ejecución del atentado o acto terrorista. Y que muy posiblemente reivindique la autoría del atentado para sí. Seguramente como medio propagandístico.

Tengamos en cuenta que no siempre existen víctimas en un atentado terrorista. En algunas ocasiones, cuando se atenta contra bienes, existen dificultades para diferenciar un acto terrorista de un sabotaje.

Pero si usted tiene la mala suerte de darle un sopapo a un alcalde (por poner un ejemplo) es seguro que será juzgado por el delito de atentado.

Volviendo al acto desestabilizador ocurrido en la maratón olímpica, desconozco que cargos se presentarán contra este individuo (me niego a dar su nombre y, en definitiva, a darle publicidad, que es lo que buscaba; quien tenga verdadero interés seguro que en la ReD lo encontrará). Si quieren imponerle un castigo ejemplar supongo que uno de esos cargos será haber “atentado” contra la imagen del país organizador.

Pero se me antoja poco castigo, máxime sabiendo que es un fulano que ha reincidido en este tipo de actuaciones (se lanzó al circuito de Silverstone en plena carrera, lo que supuso un peligro para la vida de los pilotos que intentaron evitarle).

Me atrevo a lanzar una propuesta en solitario. Que se promulgue una ley internacional que califique cualquier tipo de ataque o agresión a un deportista, juez o árbitro en el transcurso de una competición como atentado.

Sé de sobra que no existe ningún organismo capaz de dictar una ley de ámbito internacional. Pero sí sería posible que algún organismo internacional propusiera que los países a él asociados adoptaran esta ley. A la larga, los países que no estimaran la propuesta para sus eventos deportivos internacionales serían rehuidos por los propios deportistas.

La ley buscaría tener efectos disuasorios sobre los futuros alborotadores dada la gravedad de la condena a imponer, porque este tipo de irresponsables son siempre atrapados, aunque tras cometer su tropelía.

La fundamentación de la ley sí que supone un problema de criterio. Por eso debería basarse en la indefensión en la que se encuentran los actuantes en un evento deportivo, pues su atención está centrada en el objeto de la prueba, cuando se encuentran rodeados de cientos o miles de personas.

Si no fuera posible establecer un criterio sobre esta base, estoy seguro de que no sería la primera vez que se establece un criterio arbitrariamente; es cuestión de voluntad.

Los árbitros deberían ser investidos de un cierto grado de autoridad civil mientras dure el evento deportivo y para ese evento deportivo. De hecho muchos reglamentos deportivos otorgan al árbitro ciertas “potestades civiles”.

Al igual que la autoridad del policía no le es conferida a su vida privada, la autoridad civil del árbitro finalizará en un momento que quede establecido (al salir del recinto, al llegar a su casa, al entregar el acta en la federación).

Si todos estos vándalos y salvajes que agreden a los colegiados en los campos de fútbol fueran juzgados por atentado y se les impusieran penas ejemplares a buen seguro que veríamos cómo desciende el número de esos hipócritas descerebrados que invocan en su defensa “el caliente del momento”.

Y ya puestos, debería considerarse atentado (o mejor aún, sedición) la invasión de las pistas o canchas de juego. Si ya hubiera sido así nunca abríamos visto una bandada de energúmenos invadir un circuito internacional de velocidad o desmantelar una portería en plena competición europea.

Y ocurrió aquí, en España.

8 de setiembre de 2004
Día de Asturias

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