El entrenador-dios

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Nunca tiene uno colmada su capacidad de asombro. Pronto llega alguien que puede alcanzar cotas mucho más adentradas en el terreno del absurdo de lo que uno puede sospechar.

Siempre hay por ahí uno de esos monitores que la pasada temporada rozaron su techo absoluto en lo que a logros deportivos se refiere. Los clichés se repiten…

A la temporada siguiente, este tipo de personas están crecidas, desbordadas, por encima de sus capacidades reales; son “el entrenador-dios”. Gozan del crédito y de la aquiescencia de los padres. Todo lo que tocan (creen) reluce como si lo hubiera tocado el mismísimo rey Midas.

Han perdido la humildad y creen saberlo todo; y lo que es peor aún, creen que todo lo que hacen está bien. Sus éxitos de antaño avalan su conducta hogaño.

Este invierno está siendo especialmente frío. Gracias a las nuevas tecnologías nos están avisando con casi una semana de antelación de una ola siberiana que nos va a dejar congelados.

Uno de estos días de invierno, con temperaturas que rondan los cero grados centígrados en el exterior, en polideportivos construidos con bloques (un local frío frío, que dicen en mi tierra) uno de esos entrenadores-dios va ha tener a los niños tirando penaltis. ¿Casualidades de una programación deportiva que no puede ser modificada?

Mientras uno tira un penalti todos los demás mirarán. Y así estarán durante casi una hora. El resto del tiempo los sentará para darles una charla táctica que los niños pequeños escucharán a buen seguro entendiéndolo todo.

¿Pensará el entrenador-dios que con el frío no se puede entrenar? ¿O tal vez el frío le hiele las ideas? ¿No sería mejor tener a los niños correteando y jugando, en constante movimiento y cuidando de que no suden, que tenerlos parados? Pero eso sí, el entrenador-dios lucirá una prenda de abrigo mientras los niños vestirán el pantalón corto de fútbol.

Pero al entrenador-dios ningún padre le cuestiona su sapiencia. Otra cosa sería si se tratara de un entrenador novato. Seguro que en este caso las críticas en la grada se suceden.

Decía que los entrenadores-dios, han perdido la humildad. Pero no han perdido esa actitud de modestia que les hace aparecer más grandes todavía a los ojos de los padres. Y es que “la modestia es la virtud de los mediocres” (frase lapidaria donde las haya).

28 de enero de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Vergüenza ajena

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Por motivos que no vienen a cuento me he visto obligado a presenciar un partido de fútbol sala de categoría infantil en el marco de unos juegos deportivos autonómicos. Ha sido uno de esos días en los que uno pasa vergüenza ajena.

Por diferentes circunstancias conocía a todos los actuantes; a los visitantes y a los locales. Tanto a los jugadores (niños) como a los entrenadores (adultos).

Ha querido la casualidad que ambos monitores hayan entrenado a mis órdenes hace ya algún tiempo. Uno espera que sus pupilos adquieran los buenos hábitos que uno ha pretendido siempre ejemplarizar.

El entrenador local es un chaval educado, cortés, buen deportista quiero decir, y con esto explico mi idea de formación a través del deporte.

El entrenador visitante me ha salido un poco rana. Protestón, trafullero, y fullero también. De esas personas que intentan conseguir con otras artes lo que no puede conseguir con maneras más honrosas. De hecho en la web del equipo de fútbol sala en el que juega alaban su capacidad para fingir los penaltis como único rasgo destacable.

Está claro que el segundo no es santo de mi devoción… Pues resultó que en mitad del encuentro el árbitro se vio en la necesidad de expulsarle del banquillo.

Este chavalito, porque no sabría como denominarle, se pasó todo el encuentro instando al árbitro, corrigiéndole, retándole, intentando no sé muy bien qué. Si ponerle nervioso, desorientarle, o tal vez llevarle a un estado de inseguridad.

Debo decir para los que aplauden esta forma de actuar de los entrenadores que el partido estaba siendo dominado por los locales (que acabaron ganando el encuentro), y que el equipo visitante se mantuvo siempre en el marcador a una distancia prudente, como para no inquietar a sus antagonistas. Y el partido era uno más de la liga regular; no había nada en juego (lo que tampoco hubiera sido disculpa).

El caso es que el árbitro le advirtió en repetidas ocasiones de que cejara en su intento. En verdad dio con un árbitro experimentado, de los que no se dejan intimidar por aspavientos y voces estentóreas; una persona aplomada sin ser autoritaria. Al final se vio obligado a requerirle para que abandonara el banquillo.

Pero todavía mi vergonzoso [en su 1ª acepción] ex-alumno tuvo tiempo de, en mitad de la cancha, encararse con el juez-árbitro.

Bonito ejemplo para los muchachos. El entrenador expulsado por bocazas y encima se encara con el árbitro en mitad de la cancha y delante de los padres. De los pocos padres asistentes. Tuvo la valentía este mozalbete metido a entrenador de niños de irse hasta el otro extremo de la cancha y continuar dirigiendo el equipo desde la otra banda, a dos metros de ella.

El árbitro tuvo la caballerosidad de dejarle continuar allí, cuando debería haberle instado a que se situara al menos en la grada.

Se da el agravante de que mi ex-pupilo es a la vez que entrenador del equipo del colegio el profesor de Educación Física de esos mismos niños en ese mismo colegio; colegio privado, para más inri.

Una persona que ha dado su ejemplo de comportamiento en público y en deporte a sus alumnos. Y teniendo a los padres como observadores. Supongo que no dirán nada. Incluso habrá quien le aplauda y le aliente a continuar con su labor de zapa con los árbitros.

Si yo mandara…

Si yo mandara, a éste y a todos los entrenadores que sean expulsados en el transcurso de los juegos deportivos autonómicos, competición que debería servir como reflejo de deportividad, les prohibiría continuar en el banquillo durante el resto de la temporada. El equipo tendría que buscar a alguien que los llevara a los partidos. Pero dado que la federación de fútbol no exige titulación deportiva para los entrenadores de estas categorías de base (sí, yo también pienso que es algo inaudito), cualquier padre o madre podría tomar su puesto.

Evidentemente, el entrenador podría continuar su labor en los entrenamientos (no habría manera de controlar que no fuera así, ¿verdad?), pero puesto que ha exhibido su incapacidad para mantener un comportamiento digno durante los encuentros, la sanción trataría de evitar su presencia en los mismos.

El caso es que hay muy buenos entrenadores de base (y no digo que este elemento lo sea) que pierden la compostura cuando han de enfrentarse a una competición, con todo lo bueno y lo malo que la competición supone. Los hay que no son capaces de comportarse cuando más lo requiere la situación, y tal vez fuera necesario insistir desde los estamentos responsables (federación, Dirección General de Deportes) en este punto.

Quizá con cursos en los que se impartan estrategias a seguir durante los encuentros, quizá con normas como la que propongo, y quizá mejor con todo ello en conjunto. Y para que a la temporada siguiente el entrenador fuera readmitido en el banquillo debería superar con éxito uno de estos cursos.

Este tipo de entrenadores son conscientes de que pierden los papeles, pero son incapaces de mantenerse en el banquillo sin hacer partícipes a los árbitros de sus problemas. Incluso reconocen que durante sus ofuscaciones no son capaces de reconducir el partido. Y saben que esto es precisamente lo que se espera de ellos, que dirijan a sus pupilos cuando más lo necesitan (generalmente explotan cuando el equipo propio va perdiendo con un tanteador ajustado).

Pero no son capaces de mantenerse ecuánimes, lo que sería un buen ejemplo para sus pupilos. Si el deporte de base es escuela de vida, estos “profes” son nefastos para ese fin.

Vergüenza ajena es lo que he sentido hoy. Como espectador, como responsable deportivo, como ex-entrenador de ese entrenador, como deportista… Mejor no sigo, pues llegaré a la conclusión de que el comportamiento de este chavalito ha sido indignante por haberse producido en la situación ya referida.

Lo dicen sus compañeros: también es vergonzosa la manera en que se conduce este entrenador en los encuentros de fútbol sala que disputa. Será que “el fútbol es así…”

22 de enero de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 ¿Compites o trabajas?

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El deporte de alta competición (en cualquier disciplina) reúne tan sólo a un porcentaje exiguo de los deportistas en activo que existen en cualquier ámbito, ya sea regional, nacional o internacional. Esto es así por la teoría de las elites, que es uno de los vértices en el que se soporta el movimiento deportivo.

Pero el sustrato del movimiento deportivo no son los elegidos que realizan las proezas que vemos en la televisión, o que se nos relatan en la prensa escrita o en la radio. El verdadero contingente deportivo, y que de alguna manera sustenta a ese cuerpo de fueras de serie, se encuentra en el deporte aficionado.

En este “submundo” del deporte confluyen, grosso modo, dos tipologías de deportistas. Los que todavía podrían destacar y ser llamados a esa elite, y los que ya han pasado la edad donde podrían brillar y que se encasillan en esta vertiente del deporte por diferentes razones, mayormente motivos intrínsecos.

Los componentes de este segundo grupo, como ya digo, con una edad superior al primero, están inmersos desde hace tiempo en el mercado laboral.

Todos los conocemos; incluso hay equipos en los que el total de sus integrantes pertenecen a este grupo de edad. Los vemos a diario detrás de la barra de un bar, en el taller mecánico, deshuesando un jamón, reparando una televisión, conduciendo una hormigonera o atendiéndonos tras una ventanilla, por ejemplo.

Sin embargo, a pesar de su gran número, no tienen el peso que les correspondería tener en un Estado democrático. Son más, pero menos atendidos. Pagan sus licencias federativas para poder participar en el deporte federado. Esas ligas, o campeonatos en el caso de algunas modalidades individuales, que organizan las federaciones territoriales. Esas competiciones federadas en las que los participantes pagan todo: los arbitrajes, los desplazamientos, el equipamiento, las instalaciones, a los entrenadores…

¿Que dónde deberían hacer notar su peso? Pues obviamente en las federaciones territoriales, que es donde van a parar los euros que pagan. Sin embargo, la pirámide deportiva instalada en nuestro sistema hace que esas cantidades (multipliquen los más o menos 36′00 € de cada licencia por el número de practicantes) vayan a parar a otros fines, como el deporte de elite regional o, más sangrante aún, viajes y dietas de federativos.

El gran contingente que aglutina el deporte aficionado no tiene en ningún lado el peso específico que le correspondería por su número y por su contribución a las federaciones deportivas.

Por otro lado la Unión Europea destaca en letras de oro la conveniencia de apoyar al deporte federado aficionado. Y habla de unión de los pueblos a través del deporte, y de muchas otras lindezas. ¿Pero cómo? ¿Cuáles son las prioridades del deporte federado aficionado?

Estos deportistas no piden agasajos desmedidos; ni piden que la competición en la que han decidido participar les salga gratis. Tampoco piden un reparto equitativo de los ingresos federativos; son conscientes de que con el pago de sus licencias contribuyen a que las elites (deportistas más jóvenes que ellos) puedan entrenar en mejores instalaciones y competir con mejores medios; esto es una forma de solidaridad semejante al funcionamiento de la Seguridad Social, en donde el que menos la necesita, por razón de edad, es el que más paga.

Y mira que bien que me ha traído hasta aquí el símil sobre la Seguridad Social, pues precisamente de este punto quería yo hablar.

Estos deportistas aficionados federados que incluso pagan por poder jugar en una liga, lo que no pueden permitirse es perder su puesto de trabajo por este, llamémosle, capricho o mejor afición, por huir del anglicismo hobby, que reflejaría mejor aún el concepto que quiero definir.

Los trabajos no abundan hoy en día, y tener asegurado el tema laboral es prioritario en el mundo occidental. Y el deporte federado puede arruinar un puesto de trabajo. En algunas empresas ya se realizan entrevistas de trabajo en las que se pregunta si el futuro empleado practica algún deporte federado.

La razón es sencilla: una lesión puede acarrear una baja laboral. Así de simple es la explicación. El empresario, velando por el bien de su empresa, valora (y con acierto a mi modo de ver) los inconvenientes que le puede suponer emplear a un chico/a que juega a fútbol sala, baloncesto o balonmano, por poner ejemplos.

Una lesión de rodilla o de tobillo incapacita para puestos de trabajo en los que haya que permanecer de pie. Una lesión de hombro o en la mano incapacita para muchos puestos de trabajo: ¿en qué trabajo no se utilizan las manos?.

Se trata de una incapacidad laboral transitoria, y el empresario corre con los gastos de los (creo recordar) quince primeros días. El Estado paga al trabajador lo que la baja se extienda por encima de este periodo.

Un esguince de tobillo viene a suponer la inmovilidad durante 15 ó 20 días, por lo que la empresa asumirá el total del coste de la baja. A esto hay que añadir que el empleador debe cubrir ese puesto de trabajo con otra mano de obra que igualmente deberá pagar.

Si a todo esto le añadimos que hay lesiones recidivantes (que se pueden repetir a lo largo de una temporada), vemos como el empresario, en justicia, desee huir de emplear a aquellos chavales/as que tengan más posibilidades de lesionarse.

Una persona sedentaria sería su ideal; que sí, que puede torcerse un tobillo bajando la acera, pero que está menos expuesta a una lesión por el hecho de no practicar ejercicio físico.

Pero los poderes públicos nos alientan en contra del sedentarismo alegando el rendimiento social que supone el deporte…; especialmente la Unión Europea, en su Carta Europea del Deporte para Todos y en otros documentos semejantes que ahora no deseo abordar.

Para mí la solución se hace evidente. Por un lado el justo deseo del empresario (hoy en día empresarios podemos ser todos) de no correr riesgos empleando a personas que se sitúen en la franja del riesgo que supone una lesión deportiva. Por otro lado el también justo deseo de practicar deporte y de competir en una liga federada y la necesidad de encontrar un puesto de trabajo estable.

Pues ya que son los poderes públicos los interesados en que practiquemos deporte y nos organicemos en clubes para participar en deporte federado, que sean las Administraciones quienes asuman esos primeros quince días de baja por lesión deportiva a través de las federaciones.

La federación deportiva correspondiente exige el pago de una licencia federativa que incluye un seguro médico. También las federaciones deportivas son entes con competencias administrativas delegadas. Pues que sea la federación quien ejerza el control sobre las lesiones que se produzcan en la práctica reglada.

Que la federación, mediante el acta arbitral u otro documento, certifique que se produjo esa lesión durante la práctica de competición federada o durante un entrenamiento para tal fin. Después, que la Administración abone la liquidación a cada federación por las bajas ocasionadas en la práctica de su deporte.

Así, el único inconveniente para el empresario sería encontrar un sustituto para su empleado lesionado, pero el coste sería más o menos el mismo que pagaría a su trabajador titular.

¿Que hablo de una utopía irrealizable? ¿Que abundarían las picarescas en este sistema? Y dónde no abundan las picarescas en este país…

Y si efectivamente se trata de algo irrealizable, entonces, por favor, que paren ya de agobiarnos con tanta información de lo saludable que es hacer deporte. Porque hablar de Deporte para Todos es hablar de deporte competición para el que desee hacerlo. Y a nadie le tiene por qué costar su puesto de trabajo.

Si no me creen, que se lo pregunten a todos aquellos a los que no les han renovado el contrato tras una lesión deportiva.

21 de enero de 2005
Ntra. Sra. de la Altagracia

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Pequeñas estrellas, grandes vanidades

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“El que crea una estrella crea un monstruo”
Laurence Olivier

Los caballeros de cierta Orden medieval tenían, o tienen, un lema enigmático que reza: “Como es arriba así es abajo”. A esta frase cabalística le he dado una interpretación personal en numerosas ocasiones.

El significado de la frase se atribuye (al formar parte de una serie de enigmas no está tan claro el motivo de su acuñación) a algo que aparece en los cielos y que tiene reflejo en la Tierra. En cualquier caso el lema es una de esas frases lapidarias que pueden aplicarse a diferentes circunstancias vividas.

Me complazco en aplicarla a esas situaciones en las que alguien, sea persona o grupo de personas, copia lo que ve en una esfera de actuación superior y lo traslada a su esfera de actuación particular. Por lo general se realiza el plagio sin recapacitar sobre los efectos secundarios que puedan originarse.

En no pocas ocasiones el hecho de calcar un planteamiento que se da “arriba” tiene unas repercusiones “abajo” sobre terceras personas que no son tenidas en cuenta. Esto ocurre porque los condicionantes que propiciaron el acto a imitar en la esfera superior no existen en la esfera inferior.

Ya hablé sobre este hecho de la imitación indiscriminada en mi artículo sobre los patrocinios en el ámbito local. En esta ocasión daré mi opinión sobre los medios de comunicación locales y su dedicación al deporte base.

Decía dos párrafos más arriba que algunas acciones copiadas tienen repercusiones sociales; obviamente me estoy refiriendo a repercusiones negativas. Una repercusión positiva sería tildada de efecto benéfico. Pero usaré la locución “efectos colaterales” por parecerme una feliz manera de designar lo que acontece sin estar previsto, al margen de la finalidad perseguida.

Así pues, mantengo que el proceder de no pocos medios de comunicación locales, en sus secciones deportivas, generan unos efectos colaterales negativos sobre los niños que son objeto de su seguimiento.

Enmarcar y reseñar que un jovencísimo valor ha obtenido un éxito deportivo relativo no tiene mucho sentido cuando el éxito se mantiene en el ámbito local. Su continua repetición sí genera un efecto minador de la personalidad del alevín o infantil; y en algunos casos esa dedicada atención llega hasta los benjamines.

La popularidad que adquiere el muchachito en cuestión al ver sus gestas agrandadas en la prensa local una semana tras otra acabará dándole una perspectiva de superioridad sobre sus compañeros que está lejos de ser real. Lamento usar únicamente el masculino, pero es que ese seguimiento recalcitrante se da casi únicamente en chicos y que practican fútbol.

Como vengo diciendo, se copia el despliegue informativo con el que nos bombardean las cadenas y diarios nacionales sobre los astros del balompié, y se lleva tal cual se percibe a la esfera de actuación del medio en cuestión: local o comarcal en el mejor de los casos.

Se lanza al estrellato local o comarcal a quienes están a su alcance, los niños del deporte base. Esta fama es muchas veces mal asumida por personas adultas; en niños y niñas el efecto ha de ser necesariamente de mayor magnitud.

Pero esto poco importa a los periodistas locales, que carentes de información deportiva en nuestros pueblos deben cubrir a veces dos páginas o dos horas en la sección de deportes para justificar su puesto de trabajo.

Se realiza una entrevista radiofónica a Pepito, de 10 años, por ser el máximo goleador; se coloca en un lugar preferencial un primer plano de Juanito, de 9 años, que ayer hizo un “hat-trick” contra el colegio del pueblo vecino; se confeccionan estadísticas sobre el portero menos goleado y resulta ser Pablito, de 11 años, que lleva tres partidos sin encajar un gol…

El niño percibe este exceso de atención y reacciona en consecuencia. En el mejor de los casos el niño padecerá estrés pre-competición (duerme mal, empeora su humor, se muestra tenso en situaciones normales, quizá aparezca algún tic…). Todo esto se viene a manifestar el día antes del partido y desaparece tras el encuentro. A mí me parece que el niño, gane o no gane, no está disfrutando.

Y es que estas cosas de la salud mental no son tenidas en cuenta y son tomadas a título anecdótico hasta que se implantan en nuestra vida y nos llevan al psicólogo o/y al centro de día. Pero esta situación puede ser atajada a tiempo en los adultos, que sabemos interpretar lo que nos está pasando; en los niños, en permanente formación de su personalidad, no es fácilmente detectable una alteración de la misma.

Eso sí, una baja en el rendimiento escolar, una egolatría superlativa, una sobrevaloración de las propias capacidades, o un despotismo con sus compañeros, son cosas que preocuparían a cualquier padre.

Copiar el sistema informativo sin reparar en las diferencias es peligroso. Pero algunos valientes van más allá, imbuidos de un éxito… local. He conocido a cierto zoquete radiofónico que preparó (y aún debe seguir) una especie de “carrusel deportivo” local, conectando en directo vía móvil con los diferentes campos de fútbol donde jugaban los equipos de su cobertura “radio-afónica”. Y el tipo caminaba muy ufano por las calles del pueblo creyendo que lo hacía bien.

Estudios periodísticos no tiene, pero eso le es igual, puesto que ha reconocido en antena no tener ninguna titulación deportiva y haber llevado un equipo de fútbol sala benjamín. Incluso se permitió el lujo de aseverar que “no hace ninguna falta” tener la titulación. Lo más triste es que este caso no es único.

Pero también existen profesionales conocedores de la maquinaria que manejan y que sí tienen escrúpulos; conozco un periodista que sólo presta su atención profesional al prospecto que ha demostrado una progresión constante en las categorías de base y que mantiene una proyección en alza.

Nosotros llevamos en nuestra región un deporte colectivo en el que algunos jugadores también destacan en lo particular: el flagfootball. En consonancia con nuestro planteamiento ya expuesto, en nuestras comunicaciones públicas no hablamos de individualidades sino del trabajo del colectivo, del equipo.

Consideramos que la edad en la que se pueden empezar a destacar los éxitos personales de los deportistas está también ligada al momento en el que estos jóvenes valores dejan la fase de juego para introducirse en la fase de entrenamiento físico y tecnificación.

Pero a buen seguro estos gurúes locales de la prensa y la radio no prestarán atención a nuestra demanda. Habrá que seguir dejando que creen esas estrellas a las que se refería Sir Laurence Olivier.

14 de enero de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Hablar por hablar

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Los dos deportes a los que he dedicado más tiempo son de origen americano; aunque para ser más exactos debería decir norteamericano, aunque esto tampoco sería estrictamente cierto, pues Norteamérica la conforman tres países. Debería decir que ambos deportes son de origen estadounidense, aunque a esta palabra no le acabo de encontrar un significado.

Y precisamente hoy quiero hablar de eso, de palabras, de la forma de hablar que se está instalando en el deporte.

Pudiera parecer yo algo puntilloso, pero no soy único. Somos legión las personas preocupadas por el fenómeno de la invasión consentida de vocablos extranjeros (barbarismos) que no aportan nada nuevo. Otros más drásticos quizá hablarían de ‘colonización lingüística’ cuyos aliados son los medios de comunicación. En numerosas ocasiones los locutores son los promotores de la introducción forzada de palabras al pretender adornarse encontrando un sinónimo feliz.

En no pocas ocasiones consiguen encontrar un significante que triunfa, que cala en el público, bien por su significado bien por su sonoridad. No en vano son profesionales de la palabra. Pero puesto que el idioma es su herramienta de trabajo deberían cuidarlo más. Quizá sin pretenderlo se convierten en culpables, o mejor en responsables, de la introducción de barbarismos inútiles.

¿Que cuáles son esos barbarismos inútiles que en nada enriquecen ni a nuestro idioma? Pues aquellos para los que ya existe un significante en este idioma (una palabra o expresión, para que nos entendamos). Daré algunos ejemplos de estos barbarismos que no aportan nada ni al idioma ni al deporte, pero mi lista sería interminable.

En cierta ocasión alguien me informaba de que necesitaban un sponsor para alcanzar no sé qué metas deportivas. “¿Un sponsor?”, pregunté yo; “será un patrocinador“. “Bueno, sí”, me contestaron; “pero es que es más corto decir sponsor que patrocinador“. “Sí”, repliqué; “pero después dirás sponsorización en vez patrocinio“. A regañadientes me confirmaron que así era.

Patrocinador…, ¡qué bonita palabra y qué sonoridad tiene!. Me parece perfecta. Con igual fuerza aparece otra palabra en castellano y que tenemos totalmente olvidada.

En cierto otro momento me lamentaba yo de que no existiera un equivalente para expresar el significado de record. “Pues te equivocas”, me dijo un buen amigo; “existe una palabra preciosa y que a buen seguro conoces”. Me paré a pensar y viendo que no daba con ella mi amigo se anticipó: “plusmarca“. Alcé las cejas, abrí los ojos y creo que hasta abrí la boca (y diría que hasta se me movieron las orejas hacia delante), tal fue mi sorpresa.

Había comprendido que detrás de este término se escondía otro igual de atractivo, y hasta un, diría yo, barbarismo (1ª acepción) del barbarismo (5ª acepción). Me explico. Cuando queremos referirnos al deportista que bate una marca le
apelamos “el recordman“, cuando existe en nuestro idioma el vocablo plusmarquista. El rizo lo rizan los que cuando pretenden referirse a una deportista dicen “la recordman“, cuando lo propio sería decir “la recordwoman“.

Bien es verdad que aunque estas dos palabras (plusmarca y plusmarquista) no nos son desconocidas, la RAE no recoge en su RAE “>Diccionario el primer término. ¿A qué esperan nuestros académicos para introducirla?

“Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas”…, y no han introducido aún en nuestro diccionario el registro plusmarca. ¿Harán como con “elite“, que al final aceptaron la forma “élite” cuando se extendió esta pronunciación para mí insípida? Creo que tiene más fuerza la pronunciación “elite“, y yo la sigo usando porque están aceptadas ambas. Y lo traigo a colación por ser palabra muy relacionada con el mundo del deporte aunque, eso sí, sea un galicismo.

Si les parece aportaré un par de palabras más, bien cortas ambas. Una tarde me encontraba jugando a voley-playa (de este término me debería ocupar también) con unos amigos y con unos amigos de mis amigos. Tras un lance del juego uno de ellos exclamó: “¡out!”. Miré para él pero nada dije. Proseguimos con el juego, y después de un saque la misma persona anunció: “¡net!”. Creí haber oído “¡red!”, por lo que tampoco dije nada en esta ocasión. Pero poco después el balón volvió a golpear la red tras el saque y el mismo muchacho gritó: “¡net!”.

Me preguntaba si el chico en cuestión sería árbitro o algo así, y que fuera obligado expresarse en inglés en este deporte, por lo que estaría, digamos, practicando. Así es que indagué en el asunto y le interrogué acerca del uso del inglés en este partidillo más que amistoso. Me repuso que “mola más decirlo así”. Ante esta explicación subjetiva nada pude objetar. Al fin y al cabo el gusto de cada uno es muy personal, pero a mí me “mola más” decir fuera y red que no esos otros vocablos que nada significan porque tengo asumidos los míos.

Así y todo, creo que por estos pagos tenemos una cualidad que no sabría si calificarla de positiva o tacharla de negativa. Cuando (a veces por necesidad) surge un nuevo vocablo en un idioma diferente al nuestro lo adaptamos y le damos un significado: “ese significado“. Con esto evitamos tener que construir nuevas palabras que en un principio podrían ser chocantes por su significado al margen del contexto para el que hubieran sido creadas.

Supongo que es una forma de crecimiento del idioma; pero solamente lo aceptaré en el supuesto de que no exista una palabra equivalente en mi lengua. En una ocasión una profesora me dijo que los sinónimos no existen porque la lengua es tan inteligente que no crea una palabra nueva cuando ya existe otra que defina ese concepto. ¿Será que estamos haciendo tonta a la lengua con esto de la globalización del lenguaje?

Estoy convencido de que cada uno de mis potenciales lectores tendrá experiencias parecidas a las mías, o tal vez más sangrantes, si se me permite la expresión. Si alguien está interesado en este tema puede visitar los dos siguientes enlaces propuestos a continuación.

El periodista uruguayo Ricardo Soca es el editor de El Castellano (sección Deportes), sitio web que se hace desde el 23 de abril de 1996 también con el nombre de “La Página del Idioma Español”. Su sección de deportes fue puesta en marcha y coordinada por Jesús Castañón Rodríguez desde julio de 1997 hasta la actualidad. Jesús Castañón es la persona que crea y dirige Idioma y Deporte en 1999, de forma totalmente independiente de la página anterior.

Proporcionaré una herramienta más para aquellos que en un momento dado quisieran despejar sus dudas sobre barbarismos deportivos. Se trata de una herramienta profesional confeccionada por la Agencia EFE para consulta de sus redactores: Vademécum de Español Urgente.

7 de enero de 2005

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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