Deporte en el siglo XXXI

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De vez en cuando una ojeada a las noticias deportivas del día me deja alguna perla de discusión como la que mueve mi comentario de hoy. Quiero alejarme de cualquier acusación de frivolidad. No es mi intención burlarme de nada, y menos aún de nadie. Solamente pretendo reflexionar desde la frialdad que me proporciona la distancia sobre un hecho, de momento, aislado.

La noticia la leo en la edición digital del diario deportivo Marca. Como no es más que una breve nota de prensa me permito transcribirla íntegra a continuación.

POLÉMICA EN EL FÚTBOL AUSTRALIANO
Un hombre que cambió de sexo podrá jugar en torneo femenino

En un caso sin precedentes en Australia, un hombre del estado de Tasmania que se sometió a un cambio de sexo ha recibido autorización de la federación de fútbol de ese Estado para integrar un equipo femenino.

Martine Delaney dijo que la decisión, que fue referida a la Federación de Fútbol de Australia (FFA), ha creado un precedente nacional.

Por lo menos tres clubes han cuestionado el derecho del transexual a jugar en un torneo femenino debido a que previamente lo hizo como hombre.

El transexual de 47 años ha jugado fútbol en el torneo masculino por el club Metro Claremont desde 1970 a 1990.

La nueva señorita Delaney, que se sometió al cambio de sexo hace dos años, jugará mañana sábado por el equipo femenino de Clarence United de la primera división, equipo al que se unió durante la actual temporada.

Mi primera reacción ha sido la de plantearme que el mundo que conocemos está cambiando rápidamente. Y la necesidad de adaptarse a esos cambios. De hecho es una de las leyes de la supervivencia: “adaptarse o morir”. El mundo del deporte no será ajeno por mucho tiempo a los cambios sociales a los que asistimos, a veces como espectadores, otras veces como actores.

Recuerdo que hace unos años lo que ha dado en llamarse la ley Bosman removió en la Vieja Europa los pilares de todo el deporte profesional, aunque ha tenido mayor repercusión mediática en el mundillo del fútbol. Esta ley Bosman no es más que la aplicación al mundo del deporte de la directriz europea que facilita el movimiento laboral de profesionales entre los países miembros de la Unión Europea.

Ahora en las antípodas surge una temática social a la que tal vez no seamos ajenos por mucho tiempo en el Viejo Continente. Ya había ocurrido en el sudeste asiático, concretamente en Thailandia, que un deportista profesional, un boxeador thai, que también había cambiado de sexo, se vio abocado a dejar de competir.

El chaval no peleaba nada mal. De deportes de combate puedo decir sin temor a equivocarme que entiendo “algo más que la media”. Le vi pelear una vez en un vídeo y tenía mucha calidad. La federación thailandesa en la que se encuadraba (el muay thai está regido en Thailandia por dos organismos, uno gestionado por la Policía y el otro por el Ejército) nada dijo a pesar de las protestas de algunos de sus rivales (a los que noqueaba sin piedad). El transexual levantaba expectación, llenaba el estadio y fomentaba las apuestas, que es lo que mueve el thai boxing.

Pero llegó un momento en el que los pechos de lo que era ya de hecho una chavala eran evidentes. El o la boxeadora solicitó seguir peleando con un top, una de esas prendas ceñidas con que las mujeres cubren su busto. No se le autorizó a ello por no ser una prenda reglamentaria. Con pesar de todo el mundo (deportista, preparadores, público, corredores de apuestas, y la propia federación) ahí acabó la carrera del thaiboxer transexual.

[Si pongo en cursiva la palabra federación es porque, como he explicado más arriba, los organismos que rigen el muay thai en el país de los hombres libres no son en realidad una federación al uso].

Esta historia del boxeador transexual ha sido llevada a la gran pantalla con el título Beautiful Boxer.

La cuestión se centra en decidir cuál es el sexo de los transexuales. Cabría preguntarse de forma sencilla si el sexo de los transexuales es el que tienen ahora o por el contrario es el que tenían antes de la operación de cambio de sexo.

En Australia su federación tiene claro que es el que tienen ahora, aunque ya nos han dicho que tres clubes piensan de forma distinta. ¿Llegaría a jugar Martine Delaney con las ya famosas “Matildas” australianas si tuviera unos cuantos años menos?

Supongo que en este tema la biología y un análisis hormonal tendrían mucho que decir. A mí, con algo de malicia, se me ocurre pensar que antes del siglo XXXI es muy posible que haya tres categorías deportivas: masculino, femenino y transexual (si es que para entonces existe el concepto deporte).

¿Que no lo veremos? Aguarde mi ocasional lector a que un transexual tenga la calidad deportiva suficiente como para acudir a unos Juegos Olímpicos y ganar una medalla. O visto de otra forma, aguarden a que un jugador de elite decida cambiar de sexo.

Que nadie se moleste y que nadie me malinterprete. No es mi intención faltar al respeto a nadie. Simplemente propongo un ejercicio mental. ¿Qué pasaría si Gasol, Nadal o Freire decidieran cambiar de sexo antes del 2008, próximo año “bisiesto”? [Si los he elegido a ellos es porque son números uno en sus respectivos deportes, son españoles y porque la versión femenina de sus modalidades deportivas es olímpica, pero podría haber elegido a cualquiera de los miles de deportistas de elite que hay en el planeta].

28 de junio de 2005
Día del Orgullo Gay   

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Patrioterismo deportivo (y 2)

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El sentimiento patriótico deportivo al que hago referencia en la primera parte de este artículo está siendo utilizado ahora por el capital privado para vender (y nunca mejor dicho) el mismo esquema deportivo-patriótico con fines más acordes a los tiempos modernos. Cuando digo capital privado me refiero a los agentes que intervienen en el mercado deportivo: la prensa y las televisiones, los patrocinadores y los anunciantes, los organismos deportivos internacionales y los agentes publicitarios.

El mundo de hoy en día es un mundo más materialista que el de principios del siglo pasado. Los sentimientos patrióticos a los que se ha apelado desde el ámbito del deporte, y que resurgieron a finales del siglo XIX con un fuerte componente idealista, fueron utilizados posteriormente con fines políticos por regímenes dictatoriales primero, y más tarde por regímenes comunistas, encontrando réplica en el mundo occidental durante la “Guerra Fría”; en los tiempos que corren hoy en día estos sentimientos patriótico-deportivos se ven manejados por el capital privado para beneficio propio [evidentemente].

Se nos ofrece asistir a un espectáculo deportivo, es cierto, pero se nos adereza con el gancho sentimental de los lazos patrióticos: “todos con la selección”, “todos a Montmeló” (con Fernando Alonso), “toda España en Roland Garros”, “no te quedes sin la pulsera de la selección” y con frases similares que vemos y oímos semanalmente somos arengados desde los estamentos interesados a través de los medios de comunicación.

El origen del deporte profesional está en el espectáculo que brinda un enfrentamiento entre los mejores del mundo de cada modalidad. Y su finalidad es también el espectáculo, puesto que hacia esta vertiente se orientan las estructuras del deporte de elite.

El sentimiento patriótico en el deporte está siendo explotado para el provecho y el beneficio de un círculo selecto: los propios deportistas, los dirigentes federativos nacionales e internacionales, las empresas anunciantes, las empresas de productos deportivos, los medios de comunicación (que también son empresas), o los agentes publicitarios.

Y yo me pregunto: en realidad, ¿a mí qué me importa que Nadal gane Roland Garros, que Fernando Alonso gane el Campeonato del Mundo de fórmula 1, o que Benítez gane el Campeonato de Europa de clubes? Me alegro por ellos, pero al país no le ha supuesto un incremento en la renta per cápita (antes al contrario; establecerán su domicilio en paraísos fiscales, como han hecho otros deportistas antes que ellos).

Y qué me importa a mí tampoco la clasificación de veintidós tíos millonarios para el Campeonato del Mundo de fútbol, si además van a viajar a costa de los impuestos que pago cada día (quien piense que no paga impuestos está equivocado; cada vez que reposta combustible, cada vez que compra un bien de consumo, cada vez que se toma unas cervezas con los amigos, está pagando un IVA).

Me temo que estamos consumiendo gato por liebre (observe mi ocasional lector que no digo que nos están dando gato por liebre). El deporte profesional es espectáculo, independientemente de la nacionalidad o de la raza de quien lo dé. Asistir a la plusmarca mundial de los 100 metros lisos es siempre un espectáculo, independientemente de que quien la obtenga haya sido jamaicano o español. ¿Por qué he de alegrarme más por un compatriota si no me reporta ningún beneficio personal ni colectivo, mientras que a él sí que le reporta beneficio mi posterior euforia consumista?

Lo que pido es que me dejen consumir espectáculo (que también pago un IVA por verlo) y no me manipulen con tácticas psico-sociales para venderme un producto que debería venderse por sí solo.

Como me dijo en cierta ocasión mi amigo Pepo: cuando te alegras de que ganen estos deportistas profesionales, te alegras de que sean más millonarios todavía, mientras ellos no saben ni que existes; ni tan siquiera les preocupa que dejes de existir. Prefiero apoyar a los chavales del pueblo [o del barrio], que lo necesitan más y se lo merecen más. Y seguro que me lo agradecen más.

Y mi amigo, en vez de comprarse la camiseta de la selección, se ha comprado la camiseta del equipo de su pueblo, contribuyendo con ello a mejorar las ya maltrechas arcas del verdadero deporte: el deporte aficionado.

24 de junio de 2005
San Juan (la noche más corta)

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Patrioterismo deportivo (1/2)

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Existe un sentimiento patriótico que genera en el pueblo cierta alegría, y hasta euforia se podría decir, por las victorias de los profesionales del deporte.

Si estas victorias supusieran algún beneficio tangible para nuestro país lo entendería. Hablo de la llegada de inversiones extranjeras, aumento de las exportaciones, bajada de la deuda exterior, incremento de puestos de trabajo…

Pero el beneficio es únicamente personal y no colectivo; no hay beneficio para la nación, entendida como el conjunto de los ciudadanos. Esta alegría patriótica es algo que no se da en otros ámbitos. Si un empresario español triunfa fuera de nuestras fronteras, el sentimiento que genera se sitúa entre la indiferencia y la envidia.

¿De dónde proviene esta solidaridad patriótica en el deporte? Alegrarse por las personas que nos son próximas es la otra cara de una moneda; el anverso (o el reverso, que tanto monta) de esa moneda es la afición nacional por excelencia: la crítica. Y para muestra, un botón: recientemente sufrimos un fenómeno llamado la “Alonsomanía”, pero ya hay quien se ha apuntado a la “Alonsofobia“, otro fenómeno que también padecemos.

Este sentimiento patriótico-deportivo fue propio en el siglo pasado de regímenes totalitaristas, tanto fascistas como comunistas. En el primer caso recordamos que las dictaduras de Franco (que apoyó abiertamente al Real Madrid), Mussolini (que se valió de la Copa del Mundo de Fútbol de Italia, 1934) y Hitler (que se sirvió de los Juegos Olímpicos de Berlín, 1936) están acusadas de utilizar el deporte para alentar en las masas ese sentimiento patriótico en beneficio propio.

En el segundo caso, más recientemente, recordamos que durante la “Guerra Fría” el deporte fue amparado por los gobiernos del bloque soviético y los deportistas elevados a la categoría de héroes nacionales, todo ello con fines propagandísticos. Se dice que el bando occidental fomentó el deporte de elite como contrapropaganda (respuesta a la propaganda de los rivales). Sea como fuere, todo hay que decirlo, el deporte salió beneficiado de este duelo entre potencias —investigación, presupuestos, eventos, cobertura mediática—.

Pero no fueron los políticos quienes despertaron de su letargo este sentimiento patriótico-deportivo. El Barón Pierre de Coubertin partía del espíritu olímpico antiguo; las naciones envían a los Juegos Olímpicos sus mejores atletas, y se sienten orgullosas de ellos.

Ya he dicho en otras ocasiones que hay que juzgar las acciones que se emprenden en un momento dado con la mentalidad de la época en que se toman esas decisiones. El mundo, a finales del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, era un mundo mas idealizado que el actual. [Prueba de ello es que sabemos que a la Guerra Civil Española acudieron voluntariamente ciudadanos de otros países para luchar por unos ideales. Hoy en día esto es algo prácticamente impensable en la sociedad occidental, más materialista, más consumista, e instalada en el estado del bienestar].

De alguna manera apelar al orgullo nacional en deporte significaba jugar con fuego. Tal vez en la última década del siglo XIX fuera algo muy romántico; pero el mundo cambió, y en los años ’30 el fuego prendió. Los sentimientos patrióticos (exaltados por algunos líderes) también podían resultar humillados con una derrota. Un riesgo que algunos políticos no estaban dispuestos a correr. Sobre las manipulaciones en el ámbito del deporte que se imputan a los tres dictadores europeos citados arriba recomiendo visionar la cinta documental “Fútbol y fascismo“.

Volviendo al Barón y su romanticismo decimonónico, lo cierto es que el espíritu olímpico de hoy en día ha perdido gran parte de su idealismo original (y soy benévolo). Con la entrada del profesionalismo, los Juegos Olímpicos han perdido en romanticismo y han ganado en interés para el público (y para las televisiones, los patrocinadores, las federaciones internacionales, los medios de comunicación, los agentes publicitarios, los gobiernos…).

21 de junio de 2005
San Luis Gonzaga

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 El Drink Team

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Cuando alguien se hace millonario le cambia la vida. Ya sé que no estoy descubriendo nada, pero para un deportista este hecho puede suponer el comienzo del fin de su carrera deportiva.

Uno de los sueños más extendidos en el ser humano moderno es el llegar a vivir sin tener que trabajar, aunque a uno le guste su trabajo. Y poder garantizar a los hijos un futuro sin penurias económicas es, seguro, el sueño de ese sueño.

Cuando un deportista entra en el club de los millonarios (sabido es que esos millones se miden en dólares) su vida cambia mes a mes. Poder darse todos los lujos y caprichos de un niño grande es, quizá, la primera satisfacción.

Después llegará toda una cascada de toma de decisiones. Dónde y cómo invertir, contar lo ganado, volver a decidir dónde y cuánto invertir, volver a contar, diversificar las inversiones de forma que un desastre no suponga la ruina, contratar ingenieros fiscales, mantener su poder adquisitivo en bienes de consumo, atender los mercados inmobiliario y bursátil, vigilar a los propios asesores financieros… Para qué seguir; mis ocasionales lectores ya se harán cargo.

Desde luego que la gana de sufrir en un entrenamiento comienza a disminuir tanto como el tiempo del que se dispone para entrenar. El deportista se siente cada vez más ocupado en sus propias finanzas, con sus propios asesores, atrapado en su nueva vida de nuevo rico.

Hasta aquí, nadie ha hablado de futbolistas. No piensen que solamente les pasa a ellos. Los boxeadores sufren también esta metamorfosis. En general los deportistas que se adentran bien profundamente en ese club de los millonarios ven cómo disminuyen sus ansias de entrenar. Cuanto más dinero se gana (pasado cierto Rubicón, genera más ingresos su propia riqueza que sus ganancias deportivas), menor capacidad de sufrimiento y menor espíritu de sacrificio en el entrenamiento deportivo.

Esto es una generalización, y ya sabemos que “todas las generalizaciones son falsas incluida ésta”. Estoy seguro de que el ocasional lector de estos apuntes recuerda casos de deportistas muy millonarios que han seguido entrenando como si nada hubiera cambiado en sus vidas…

Recientemente empató la selección de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) con la selección de la federación nacional de Bosnia y, habiendo ganado ramplonamente cuatro días antes a la de Lituania, la desconfianza se ha asentado ya en el aficionado.

En primer lugar repetiré una vez más que ese es un problema del aficionado, que no sabe diferenciar entre un producto que le venden, el secreto de la felicidad y la verdad absoluta.

A renglón seguido diré que lo que apunto al comienzo del artículo quizá sea lo que hace que los compatriotas nuestros no corran lo suficiente en los campeonatos de selecciones nacionales.

Daré una visión esquemática:

  • no hay incentivos económicos suficientes que les hagan luchar más y con mayor convicción
  • ya están en los mejores clubes del mundo y en la, quizá, mejor liga del mundo, por lo que no tienen necesidad de demostrar mucho más
  • no existen grandes contratos publicitarios que les permitirían ganar mucho más dinero; y de los contratos que se hacen, un porcentaje considerable de los ingresos va a parar a la federación española
  • son millonarios a los que se les pide un esfuerzo extra después de una temporada larga (liga de 20 equipos, eliminatorias de copa, competiciones europeas); la mente la tienen en sus inversiones y sus otros negocios, que son los que a partir de ahora les van a asegurar su futuro
  • están instalados en el estado del bienestar (y por el motivo contrario, no cansaban los benditos coreanos en aquel partido del Mundial 2002)

Estos cinco puntos se resumen en uno: ya tienen de todo. La liga española es la NBA del fútbol. En la NBA todo el mundo tiene de todo (salvo el anillo de campeón, obviamente, pero ya se parte de la base de que no todos lo van a poder tener).

Quizá por este mismo motivo tampoco funcionó el Dream Team de la NBA en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde fueron apelados como el Drink Team; no tenían alicientes intrínsecos, y los extrínsecos no eran suficientes. Ni tan siquiera el de defender los colores de su país (¡un país tan patriótico como los USA!), porque ello no es más que una quimera (y esto es tema para el siguiente artículo).

Como ya he dicho en otras ocasiones, la Aguja de Bitácora surge para apuntar ideas; algunas serán tildadas de descabelladas en la época en la que se presentan. Pero para quien le interese, aquí está, pues, mi propuesta adelantada a su tiempo.

En fútbol, que parece que es lo que verdaderamente preocupa a la opinión pública, yo llevaría a los muchachos sub-21, que todavía tienen ganas (y necesidad) de hacerse con un nombre. ¿Por qué si no creen ustedes que la selección española sub-21 es una selección ganadora? El entrenador era y sigue siendo el mismo que dejó hace poco la selección absoluta: mi paisano Iñaki Sáez.

¿Por qué triunfó y sigue triunfando con los sub-21? No porque no sepa, sino porque éstos tienen necesidad (y ganas) de correr y los otros no. Ya lo he dicho antes; igual pasa en boxeo: una vez que un púgil prueba las mieles del millón de dólares es muy complicado meterlo en el gimnasio y que vuelva a tener “hambre” de victoria.

17 de junio de 2005  

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 Todos con la selección

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Nunca he entendido por qué un jugador tiene la obligación de jugar en la selección nacional. Alguien podría verlo como un aumento del prestigio deportivo (que en realidad lo es). Pero en el caso del deporte profesional no tiene sentido que uno sea obligado a defender los colores patrios, como si de un reclutamiento forzoso para acudir al frente a defender a la nación se tratara.

Los tiempos cambian… En realidad lo que cabe decir es que las mentalidades cambian. La defensa de la patria ya la realizan, en diferentes ámbitos, profesionales tales como políticos, diplomáticos, militares, sanitarios… (grandes profesionales todos ellos a los que mucho les debemos). No es cuestión de que los profesionales del deporte tengan la necesidad de salvar ahora a la patria.

En un encuentro deportivo no está en cuestión el honor patriótico, ni mucho menos. Y me atrevo a decir que en los tiempos que corren, a muchos este honor (la honrilla, que se dice) les importa un bledo. Las mentalidades cambian…

¿Qué podría alegar un profesional para negarse a acudir al llamamiento de la selección nacional de su respectiva modalidad? Pues básicamente que no obtienen beneficio por defender la elástica nacional y que se exponen innecesariamente a una lesión grave que pudiera truncar su carrera y sus ganancias (que al fin y al cabo es el pan de su familia).

Por otro lado la empresa que les ha contratado y que les paga un dineral está arriesgando sus activos. Si un jugador se lesiona, lo que vemos todos los meses en fútbol (cuántas veces hemos oído que fulanito ha vuelto “tocado” del partido con su selección nacional), a quien deja de producirle es a su empresa.

El Estado no le pide a una serie de empresas que le dejen sus mejores informáticos, sus mejores contables, sus mejores publicistas, sus mejores estrategas… a efectos de confeccionar una campaña de la Dirección General de Tráfico, por ejemplo.

No entiendo esta visión romántica en un mundo tan profesionalizado, tan capitalizado, tan rentabilizado como el deporte profesional.

No crean que soy el único que no entiende esta situación. El Grupo Parlamentario de Esquerra Republicana (ERC) presentó el 28 del diciembre de 2004 una proposición de ley, que ha sido admitida a trámite el 17 de enero de 2005, para terminar con esta obligación, pudiendo renunciar el deportista si lo notifica a la federación antes de pasadas cuarenta y ocho horas de la recepción de la convocatoria.

Si finalmente esta proposición de ley, que modifica la Ley 10/1990, del Deporte, es aprobada, el profesional podrá elegir lo que más le interese. Y quizá termine haciéndolo bajo recomendación de su empresa (léase sociedad anónima deportiva), aunque estoy convencido de que los primeros pasos serán objeto de estudio.

14 de junio de 2005   buzón de alcance    buzón de alcance

Se opina también sobre este tema en Por el Arco del Triunfo

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