El negro

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Colaboración especial para Voz Editorial

No siempre el mejor camino es el más corto
Proverbio chino

Apostilla a El intervenir del Estado: [las consecuencias]

Esta semana el equipo cadete de mi hijo jugó un partido contra otro equipo en el que entre sus filas militaba un chico negro. El color de su piel era bastante oscuro, por cierto.

Noté cómo los jugadores del equipo de mi hijo cuando se referían a ese chico en particular lo denominaban “el negro”.

—Tú cubre al negro —oí que le decían a uno de ellos— y que no se te escape —apuntillaron como si hiciera falta hacerlo.

Me pareció de entrada una falta de educación, aunque al instante me di cuenta de que mientras el otro chico, el negro, no lo percibiese no existiría tal falta de respeto.

Pero durante el juego, en el fragor de la batalla, alguien dijo: “¡El negro!, se te escapa el negro”.

Al muchacho, al negro, no pareció importarle el apelativo. Ni a él, ni a sus compañeros, ni al entrenador, ni al árbitro, ni a los padres, ni a nuestro entrenador, ni a los compañeros de mi hijo, ni a mi hijo.

Todo el mundo, salvo al parecer yo mismo, había aceptado que ese chico era negro. Nadie allí percibió ese apelativo como insulto.

Ni como racismo.

Observé que a otro muchacho del equipo rival, que lucía una espléndida cabellera, le denominaban “el pelos”. Y a uno de los nuestros que recogía su negra guedeja con una goma le motejaron los otros como “el coletas”.

A nadie parecía importarle cómo le llamaran los del otro equipo; ya que no conocían sus nombres —ni tiempo que había habido para ello con estos sistemas nada integradores y competitivos a ultranza en categorías de base— se reconocían y eran reconocidos por algún rasgo distintivo y caracterizador.

Empecé a pensar que tal vez yo y mi mentalidad estuviéramos allí de más. Tanta ley antirracismo y tanta gaita del tal Jaime Lissavetzky (1), y allí no había conato alguno de racismo a pesar de resaltar la diferencia de color de la piel de uno de los contendientes.

A otro chico, el más alto de entre los allí reunidos, se refirieron a él como “el altote”. A otro muchacho que llevaba gafas durante el juego, de esas magníficas gafas deportivas anti-rotura, le llamaron, cómo no, “el gafas”. Insisto en que los apodos circulaban de un equipo al otro en voz alta.

Entendí que era una forma rápida de señalar a ciertos individuos dentro del grupo antagonista. La otra era referirse a ellos por el número, pero dado que eso requiere una segunda mirada, en aras de la rapidez y la fluidez de los mecanismos de defensa designar a alguien por algún rasgo característico y diferenciador era algo de común acuerdo entre todos.

Un chico que llevaba uno de esos “piercing” fue apelado así, “el piercing”. Otro de los muchachos que tenía un pelo ensortijado fue bautizado como “el rizos”. Y aún más, a uno que llevaba un corte de pelo de esos al dos le llamaban “el calvo”. Nadie se escandalizó por estas cosas. Al finalizar el encuentro, saludos, aplausos mutuos, estrechones de mano entre ambos equipos y felicitaciones a granel.

Repito; el muchacho negro, el único negro que allí había, fue llamado por todo el equipo rival “el negro”, sin ápice alguno de racismo. Es más, quizá fuera uno de los mejores del equipo rival y así se llevó los mejores halagos por parte de nuestros jugadores.

Y ahora, señores políticos que viven en altos estrados, ¿van ustedes a multar a nuestros chicos por llamar negro a quien es de piel oscura?

De acuerdo que en la vida pública estaría de muy mal ver que se motejen las personas entre sí. Pero la vida pública, la vida civil, o como ustedes quieran llamarlo, no es igual que la vida deportiva. Hay ciertos matices que deben ser tenidos en cuenta. Eso sí, alejándome ciento ochenta grados de esa otra corriente que parecen abanderar algunos ex-ases del balompié en la que se argumenta que dentro de la cancha todo vale.

No señores, no todo vale. Pero algunas cosas sí que han de ser permitidas. Y llamar negro a un negro, y gafas a quien las porta, y altote al más alto de los congregados, o rizos, o coletas, no hiere las susceptibilidades de nadie, sobre manera si es dicho con la bondad que caracteriza a un mundo de jóvenes donde no existe la malicia deportiva —entiéndaseme.

Otra cosa hubiera sido llamar “napias” a quien tuviera una destacada nariz, o “paella” a quien tuviera la cara salpicada de granos, o “chepas” a quien estuviera algo cargado de hombros…, u “orejas” a quien tuviera orejas de soplillo. Esto sí hubiera constituido un insulto porque se estaría destacando por encima de otros rasgos lo que podría considerarse un defecto.

Pero negro, llamar negro a alguien que lo es, no es un insulto, porque ser negro no es un defecto.

Aunque en un país de quijotes como es España tal vez acabemos viéndolo como un defecto sólo para justificar no-sé-qué ley de marras que el CSD se quiere sacar de la manga.

No se dio el caso, pero si alguno de los chicos hubiese dicho “se me escapó el puto ‘negro’ de mierda y anotó”, habría que ver si también hubiera dicho “se me escapó el puto ‘rizos’ de mierda y anotó”. Feas palabras, sí; pero, ¿dónde está el racismo? ¿En el que habla o en el que interpreta?

Al menos a mí, los chicos me dieron una lección de saber ser y saber estar. Sí es cierto que algunos comportamientos en el mundo del deporte no deben ser aceptados, pero no percibamos con nuestra maldad lo que se hace de forma honesta y caballeresca.

Tolerancia cero con los intolerantes, tolerancia cero con el dopaje, tolerancia cero con el racismo… siempre me han parecido eslóganes agresivos y nada integradores. Se corre el riesgo de abusar del castigo si se acaba cometiendo el error de emprender una huida hacia delante.

Quizá no sea el mejor camino el legislar en contra del racismo en los estadios aunque sí parece ser el camino más corto —sobre todo para acceder a un reconocimiento internacional…

Un camino más largo pasa por educar a la próxima generación, que está a la vuelta de la esquina. Y éste quizá sí sea un buen camino.

Pero la educación ni se ve ni se puede fotografiar; la educación tampoco son unos panfletos antirracistas olvidados en la sala de profesores de un instituto cualquiera. La educación, para el asunto que nos ha traído hasta este último párrafo, empieza por los jugadores que están en el campo. Y ser millonario no implica ser educado.

(·1) Jaime Lissavetzky Díez es el Presidente del Consejo Superior de Deportes, Secretaría de Estado para el Deporte en España.

31 de marzo de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 El intervenir del Estado: [las consecuencias]

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La vocación del político de carrera
es hacer de cada solución un problema

Woody Allen

Argumentaba en los dos artículos anteriores en contra de la intromisión del Estado, o de los poderes públicos, que tanto monta, en la esfera privada del deporte en relación con el tema del dopaje.

El Estado se ha propuesto también intervenir en el asunto del supuesto racismo que se está viviendo en los estadios últimamente. Y digo “supuesto racismo” porque no tengo nada claro que el tema de los grititos simiescos con que se acoge a los jugadores negros sean motivados por el racismo.

De acuerdo que son de mal gusto; de acuerdo que dice muy poco del grado de civilización y de cultura de un país. Pero me parece que el CSD ha tomado el rábano por las hojas en este asunto. Y lo ha hecho por comodidad. Como ya he dicho en otra ocasión, es más fácil enfrentarse a un problema conocido que ponerse a diagnosticar un efecto que puede abrir un debate más de fondo, cual es el grado de educación de un país del… ¿primer mundo?

En el mundo bitacoril, después del amago de espantá de Eto’o hace un par de semanas, hubo acuerdo tácito entre todos en que esos gritos provienen más de una grada que trata de desestabilizar anímicamente a un jugador rival, de una grada que trata de hacer una fiesta (de mal gusto, eso no lo niega nadie), que de un público volcado en actitudes racistas.

Es más fácil arremeter contra el racismo que contra la falta de educación y de buen gusto del respetable, como otrora se conocía al público que ovacionaba una buena jugada viniese de quien viniese.

Ya he hablado sobre este tema a raíz del expediente abierto a Javier Clemente que al final ha quedado en agua de borrajas. No le es posible a un juez sancionar la intencionalidad; y menos aún debería serlo el legislar esa intencionalidad, como pretende el amigo Lissavetzky.

Que yo llame mono a un negro no creo que pueda ser considerado un insulto racista, porque se lo digo también a mi hijo, a mi hermano, a un amigo: “no hagas el mono”, “deja de hacer el mono”, “no seas mono”, “¡calla!, mono”.

Son frases que todos hemos pronunciado en diferentes contextos, y nunca se las hemos dicho a nadie con un sentimiento racista —porque se lo decimos a gente de nuestra misma raza—, aunque sí hayamos usado la palabra mono como insulto: “eres un mono”. Incluso lo habremos dicho con cierto aire de desdén. Pero nunca como insulto racista.

A mí me da la sensación de que el racismo está instalado en la mente del que interpreta ese término como racista. ¿Qué pasaría si el jugador negro le llama mono a un jugador blanco que está en el suelo fingiendo una falta? Al fin y al cabo, negros, blancos, amarillos y pieles rojas descendemos del mismo antepasado, que sí tenía —o tenemos— parentesco antropológico con los monos.

Me pregunto si el árbitro, si el Comité de Competición, si el CSD o si el mismísimo Lissavetzky se atreverían a multar por racismo al negro que llama mono al blanco que finge un dolor para ganar tiempo. Y seguro que se lo ha llamado como insulto, pero, ¿le aplicarían el código antirracista éste que se están sacando de la manga?

Bueno, esperen, que me está llamando alguien y me dice que estoy sacando las cosas de quicio. Pues ya ha habido una sanción por llamar “mono” a un rival (a un jugador negro):

BRASIL | LLAMÓ ‘’MONO'’ A UN JUGADOR RIVAL
Un futbolista brasileño, sancionado con cuatro partidos por insultos racistas

La educación en el respeto a los demás es una tarea que compete al Estado, pero no debe ceñirse en exclusiva al racismo en el fútbol o en el deporte; el Estado debe ampliar su campaña —que respaldo— a todos los ámbitos de la vida social, y si quieren hacer mayor hincapié en el deporte pueden hacerlo, pero no de forma finalista, no sacarse de la chistera una ley ad hoc.

¿Por qué separar el racismo como insulto de cualquier otro insulto? ¿Por qué no tratarlos de igual modo? ¿Por qué va a tener el negro la posibilidad de insultar al blanco con la misma palabra —mono— y salirse de rositas? Pero puesto que no van a tratar al racismo como al insulto y le van a dar mayor trascendencia, ¿por qué no tratar el insulto como se trata al racismo y castigar con las mismas sanciones al que llama hijo de puta a un juez o a un rival?

Otro punto que no se sostiene desde el punto de vista del Estado es que se vaya a invertir dinero público en el circo deportivo profesional. Deben ser ellos mismos los que solventen sus problemas con su dinero, que por lo que sabemos corre a espuertas. No hay más que ver los contratos multimillonarios en eurodólares que se manejan. Que paguen menos a los maniquíes de los futbolistos y que utilicen más el dinero en cumplir con las normativas que el Estado imponga.

En realidad esto —que el Estado corra con los gastos de una liga profesional— sólo ocurre en una España de paletos, una España donde la juventud se manifiesta para beber hasta emborracharse en la calle mientras que en la vecina Francia esos mismos jóvenes se manifiestan para que se respeten sus derechos laborales.

A mí me da la sensación de que algún político ha llegado al CSD con afán de protagonismo y ansias de medranza. ¿Dónde están las fotos en la prensa deportiva? ¿En el fútbol profesional? Pues ahí se han metido. Pero al tiempo; saldrán malparados, y será entonces cuando quieran desvincularse. Escrito queda.

Con todo este asunto de la protección antirracista se corre el riesgo de acabar favoreciendo el victimismo de los negros que juegan al fútbol, cuando muchos de ellos tienen tan mala baba en el juego como el más blanco de todos. Y es que el mal café no es potestativo de ninguna raza —puede ser buena señal de que todos somos iguales.

Seguiré pidiendo que me dejen llamar “mono” a un negro igual que se lo llamo a un ruso, a un portugués o a un español; no estaría de más que alguien le diera una vuelta al diccionario de la RAE y vea las acepciones de la palabra “mono”; curiosamente la quinta y la sexta son nada racistas aunque sí insultantes.

Me parece que como alguien tire de la manta, como alguien lleve un caso a los tribunales, entraremos una vez más en el terreno de las intenciones indemostrables, en el terreno de la subjetividad y de las interpretaciones, terreno que los jueces tienen muy asumido que no deben pisar por ser excesivamente resbaladizo.

¿Que hay que acabar con esa pantomima de los grititos? Totalmente de acuerdo, señor Lissavetzky, pero por la vía de la educación, la información, la prevención, la disuasión, la formación…

Usted, con sus ansias de protagonismo, le ha dado más trascendencia de la que debería haber tenido nunca, porque tal vez no hubiera sido más que una moda si nadie hubiese hecho énfasis en ello; sólo hacía falta que alguien, quizá dirigido desde ciertas instancias, introdujera otra moda diferente en el momento adecuado —al final de temporada no sería efectivo— y aguardar a que el tiempo obre. ¿Quién se acuerda ya de la moda de la ola mexicana en los estadios?

Mientras tanto, educación, información, prevención, disuasión, formación… Señor Lissavetzky, que no parece usted socialista, ¡caramba!, con tanto agitar el látigo de las sanciones y las penas de prisión. Déjese de leyes intervencionistas —más parece usted de esos otros que la Historia está digiriendo y eliminando— que el deporte es capaz de purgarse a sí mismo. Tiempo tendrá de meritar para su ingreso en el COI, ¡hombre!. No sea usted tan impaciente.

Yo era un moreno en una ciudad de rubios,
pero, caballeros, no me arredré

Jack Johnson (Heavyweight Champion)

28 de marzo de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 El intervenir del Estado: [la crítica]

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La política es el arte de buscar problemas,
encontrarlos, hacer un diagnóstico falso
y aplicar después los remedios equivocados

Groucho Marx

En el artículo anterior avanzaba mi opinión de que se está cometiendo un error de base, que son los menos fáciles de detectar, en el asunto de la legislación antidopaje con la que nos va a regalar nuestro Gobierno español. Allí encontrará el lector recién llegado un enlace que le facilitará entrar en materia.

Todo este tinglado de la ley orgánica contra el dopaje me parece en sí una farsa; una gran farsa. Convinimos en el anterior artículo que la competición se desarrolla en la esfera privada. Alguien con dinero suficiente organiza un macroevento deportivo con el fin de que los mejores del mundo compitan en el campeonato por él organizado.

Si en esa competición no existen controles antidopaje, yo me podré dopar. Si el organizador del superevento decide que haya controles antidopaje, por la cuenta que me tiene no me doparé, porque ello supondría verme apartado del premio final.

En el ámbito internacional la sociedad comienza a rechazar las competiciones en las que el dopaje no está vigilado. La pésima imagen que crea la duda acabará haciendo que los organizadores del megaevento (llámese Tour de Francia o NBA o Fórmula 1) lleven a cabo sus propios controles antidopaje en un efecto similar al que se ha conseguido con el tabaco; hoy en día no se ve al conductor de un debate televisivo humeando por boca y fosas nasales —¡qué asco de imagen!

Decía que el Gobierno español es cómplice de una farsa porque se ha propuesto sancionar civilmente a los competidores en un evento deportivo de índole privada sin esperar a que el mundo del deporte tome sus medidas.

Sin embargo en las pruebas físicas que el propio Estado realiza, ni impone controles antidopaje ni sancionará especialmente al infractor. Me estoy refiriendo a todas esas pruebas físicas para acceder a un puesto de trabajo de la Administración: bomberos, policía, ejército, Guardia Civil, funcionarios de prisiones, policía local, socorristas, guardamontes… Tampoco analizan a los estudiantes que se “meten” todo tipo de drogas que potencian la asimilación y la memoria para comparecer a exámenes fin de carrera, doctorados, oposiciones, cursos de postgrado y másteres, etc., etc.

Es decir, el Estado se entromete en la esfera privada del ámbito deportivo, mientras está dando trabajo a los “tramposos”, como se ha comenzado a llamar a quienes dan positivo en un control antidopaje.

Señor Lissavetzky, señores y señoras del Gobierno; están ustedes cometiendo un error cuando pretenden abanderar la lucha mundial contra el dopaje. Que seamos quijotes no quiere decir que renunciemos a aprender de nuestros errores para no hacer más ridículos.

Con este asunto del dopaje están ustedes cometiendo el mismo error que cometieron en su día con el asunto de la Constitución Europea. Todos ustedes, gobierno y oposición, nos llevaron a abanderar las votaciones para la Constitución Europea. En mi opinión hicimos un ridículo internacional. Tanta prisa, tanta prisa —¡seremos los primeros!, nos arengaban ustedes—, y los listos prefirieron votar en último lugar. Además de la dignidad, perdimos un montón de dinero que espero nos haya sido reintegrado por la Unión Europea. Conejillos de Indias que fuimos, ¡vaya!

Con el tema del dopaje puede ocurrir tres cuartos de lo mismo. Jaime I “Azote de dopados” parece haberse propuesto ganar un puesto en el COI cuando acabe su estadía en el CSD aunque para ello deba convertirnos a todos los deportistas españoles en cobayas de una legislación “avanzada”.

Pero si no hace falta amenazar con penas de cárcel, señor mío; el mundo del deporte se sobra y se basta él solito para acabar con el dopaje; eso sí, convendría regular las percepciones económicas estratosféricas de algunos deportistas; legislen ustedes en esa vía y dejen que las federaciones regulen por la vía privada.

Con la exclusión de la competición por dos y por cuatro años en las dos primeras ocasiones que alguien dé positivo en un control antidopaje ya casi se finaliza la vida deportiva del atleta. A la tercera vez, una exclusión de por vida. Para lo que se ha dado en llamar el entorno del deportista cabrían menos miramientos; cuatro años en la primera ocasión y exclusión de por vida en la segunda vez que alguien sea sorprendido “envenenando” a un deportista.

Para el caso de los médicos, a los que el juramento hipocrático ya les debería inhibir de prestarse a dopar a nadie, hace un tiempo que dejé en esta Aguja de Bitácora mi propuesta para atajar sus manipulaciones.

Una acción interesante a emprender es la colaboración de todas las federaciones deportivas mediante una base de datos de excluidos en la competición deportiva de forma que durante la vigencia de la sanción el castigado no pueda tomar parte en ninguna competición federada. Ni siquiera en una competición regional de ningún deporte; sin rebajas ni fisuras.

La federación internacional que no respete y aplique la normativa internacional será apartada por diez años de debates, cumbres, Juegos Olímpicos, subvenciones de los Estados a las federaciones nacionales de la modalidad para su participación en competición internacional; y lo más importante, la negativa a acudir con las selecciones nacionales a competiciones internacionales de la modalidad y no facilitar la organización de eventos internacionales dentro de las fronteras de los países firmantes del acuerdo. Aquí sí que haría falta el apoyo de los Estados al mundo del deporte. Apoyo, que no intromisión.

El mundo del deporte es capaz de purgarse a sí mismo sin necesidad de padecer el intervencionismo del Estado; el peligro es que el Estado no es solamente un ente impersonal, sino que lo integran personas físicas con sus intereses particulares, entre ellos la promoción y la proyección personal.

En el próximo artículo concluiré estas notas sobre la intromisión del Estado en otro feo asunto, como es el de las actitudes racistas en el ámbito deportivo.

24 de marzo de 2006

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 El intervenir del Estado: [la protesta]

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Donde comienza el Estado, allí termina el hombre
Nietzche

El Gobierno español ha aprobado estos días el proyecto de ley orgánica contra el dopaje. Nos han venido avisando —Lissavetzky más parecía que amenazando— de que esta ley que vela por la salud del ciudadano propondría un resultado de cárcel para los instigadores al dopaje.

Igualmente se ha aprobado el anteproyecto de ley contra la violencia y el racismo. Como ya es costumbre en este foro, dejaré un enlace a la noticia comentada; en este caso a la que aparecía en El Mundo Deporte.

No podré evitar dar mi impresión sobre tan estruendosos preceptos, pero no lo haré sobre la ley que se nos viene encima, sino sobre su necesidad, su conveniencia, su oportunidad y su “legalidad”.

Pero antes de que alguien se llame a engaño, déjenme decirles que ambas acciones deben ser aplaudidas por la Aguja de Bitácora ya que en numerosas ocasiones me he pronunciado alto y claro en contra del dopaje, del racismo, de la violencia y en contra de todo aquello que atenta contra el saber hacer, el saber estar y el saber ser en el deporte.

Soy de la opinión de que en todo este ir y venir de proyectos y anteproyectos hay algo que los poderes públicos no nos han explicado. Y es precisamente la autoridad con la que han irrumpido en el mundo del deporte.

El deporte de competición en España se canaliza a través de las federaciones, y las federaciones son asociaciones privadas. Eso al menos reza en la Ley del Deporte (Capítulo III del Título III) y en el Real Decreto que regula las federaciones (artículo 1.1).

No voy a ir más allá, porque entraríamos en barrena en el sentido que puede adquirir el asociacionismo privado en el mundo del deporte, y eso implica un debate más extenso. Quedémonos con que son asociaciones privadas constituidas por personas jurídicas —los clubes— y por federaciones de ámbito regional en el caso de las federaciones nacionales.

La regulación de la competición, pues, está en manos de las federaciones. Eso sí, la legislación sobre el particular nos dice también que la organización de los campeonatos de España es una tarea administrativa delegada en las federaciones (artículo 3.1.a. del Real Decreto enlazado más arriba).

O sea, que al Estado corresponde determinar quienes son los campeones nacionales, aunque confía —delega— esa función a las federaciones españolas. Pero yo no sé muy bien para qué.

Para la participación en competiciones internacionales de los campeones de España se precisa que las federaciones nacionales estén inscritas en las correspondientes federaciones internacionales —que son también entidades privadas—; y, obviamente, las federaciones internacionales están constituidas por federaciones nacionales y no por países. Es evidente que una federación internacional reconocerá a una federación nacional y que la integrará, pero nunca reconocerá a un país, pues ello sería el colmo del despropósito.

Dejemos aquí esta disertación sobre la privacidad de las federaciones deportivas (regionales, nacionales e internacionales) porque ya ha sido tratada en otro momento con anterioridad en esta Aguja de Bitácora.

Vamos viendo ya cómo el Estado se ha inmiscuido desde el principio en el asunto deportivo. Esta intromisión ha sido trocada muy hábilmente por tutela, y para facilitar la tarea de aceptación por parte del tejido deportivo se ha hecho acompañar la treta con la acción de subvención. Pero ya sabemos que la subvención domestica al individuo y al colectivo.

El caso es que los políticos, que son quienes conforman el Estado, se han asegurado desde el principio de poder tener las manos en un entramado —el deportivo— que en principio quedaba fuera de su alcance. Entre los intereses del profesionalismo por un lado y las tramas y presiones políticas por otro, el deporte está como está. Y está, entre otras cosas, dopado —si no fuera así no estaríamos hablando de lo que estamos hablando en este momento.

Al fin y al cabo el patrocinador pone el dinero para el sustento del deportista profesional. Pero el Estado, que no pone más que trabas, ahora se erige en adalid y paladín de la lucha contra el dopaje, después de exigir resultados a las federaciones; éstas a su vez exprimen a los deportistas hasta el punto de llevarlos a buscar mejoras a su rendimiento en los fármacos.

Pero los Estados, y más concretamente el Estado español en este caso, en vez de legislar de forma tan draconiana bien podría cejar en su empeño de exigir puestos en el medallero internacional.

No deja de ser paradójico que el Estado español me diga que si quiero una beca para poder seguir practicando mi deporte favorito en un nivel de elite, debo obtener unas marcas mínimas, pero que me podrá sancionar civilmente si me dopo (y no con drogas prohibidas precisamente).

A nada que rebajaran su nivel de exigencia, seguro que mis opciones no pasarían nunca por doparme. Tal vez sea el mismo Estado español que me avisa con sancionarme quien me esté impulsando a doparme ya que mis rivales consiguen mejores marcas que las mías simplemente porque sí aceptan el riesgo de tener ayudas extras y no son sorprendidos haciéndolo. Como ya digo, no deja de ser paradójico.

Pero de esto les hablaré en el siguiente artículo, si ustedes desean seguirme.

21 de marzo de 2006

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 Exceso de celo

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La semana pasada me desayunaba con la más que preocupante noticia de que un padre se había excedido un tanto en su preocupación por los éxitos deportivos de sus hijos.

Es ley natural que los padres —y madres, que no quiero que me tachen de lenguaje sexista— velemos y nos desvelemos por el futuro de nuestros hijos y nuestras hijas —dejaré aquí el tal lenguaje no-sexista por comodidad propia y para alivio del sufrido lector de mis anotaciones. Los hijos son nuestra sangre y son nuestra proyección en el futuro. Serán nuestro legado para la posteridad.

Además de dejar encaminado el futuro de nuestros hijos, es lícito que lleguemos a intervenir, hasta el punto de inmiscuirnos más allá de lo recomendable, en asegurar el éxito de los nuestros en todas aquellas tareas que emprendan.

Es ya un poco menos ético el manipular las circunstancias y los acontecimientos para que el éxito de nuestros hijos sea un hecho. Pero todos conocemos algún puñado de padrazos de dudosa moralidad.

Y ya, si el leitmotiv de las acciones del padre es el enriquecimiento propio, la indulgencia para aceptar tal conducta llega a su fin.

Supongo y espero que el lector prudente esté conmigo en lo expuesto hasta este momento.

Pero, ¿qué dirá mi confiado lector si le informo de que el celo de este padre en el éxito deportivo de sus hijos le ha llevado no sólo a manipular el desarrollo de los acontecimientos con un fin de lucro personal sino a ocasionar la muerte de un monitor?

La ética y la condescendencia con las acciones del progenitor, obviamente, aquí no tienen nada que ver. Se trata de un vulgar homicida del que debe ocuparse todo el peso de la justica.

Y así ha sido, como pueden comprobar en la siguiente noticia:

Causó la muerte accidental de un monitor
Condenado a ocho años de prisión el padre que drogaba a los rivales de sus hijos

Este individuo, porque cualquier otra forma de referirme a él supondría otorgarle un título que no le corresponde y que está lejos de mi ánimo concederle, ha tenido la cachaza de decir que sólo le movía el deseo de ver triunfar a sus hijos.

Desconozco si el juez ha dado por válida esta explicación y la haya aceptado como atenuante de la pena. Para mí no es sino una mentira más que sumar a la infame vida del necio éste.

Es curioso que sus hijos se dedicaran a jugar al tenis… No jugaban a la petanca, al tenis de mesa o a mi querido curling, deportes todos ellos más que dignos pero que no proporcionan ingresos económicos como los que se pueden llegar a ingresar jugando al tenis.

En el tenis se da una circunstancia favorable para esta inimaginable treta —imaginable para una mente retorcida—, y es el enfrentamiento directo. Dejando fuera de combate ilícitamente al rival que ha tocado en suerte queda expedito el camino para el éxito.

Esta vergonzosa acción me ha dado una malévola idea. Me imagino el papelón que harían los Lissavetzky-boys del CSD español con su doctrina draconiana para erradicar el dopaje si alguien decide drogar con sustancias prohibidas a los rivales para que en el control pertinente sean eliminados. ¿Vamos viendo como todo el que da positivo en un control antidopaje no es culpable? Pero ellos seguirán obstinados en sancionar, penalizar y culpabilizar.

Volviendo al triste tema que nos ocupa, es lamentable que la codicia haya llevado a un padre a actuar de esta manera. Me parece que la justicia ha sido, en este caso, algo blanda. Debería haberse aplicado una sanción ejemplar, porque por mucha preterintencionalidad que se le pueda aplicar al ya convicto, la premeditación no se le puede negar. Y con el agravante de buscar el lucro personal, hipótesis que ya he defendido y argumentado más arriba.

Casualmente esta semana mi amigo, y maestro de bitácora, Juan Puñetas en su siempre magnífico “Por el Arco del Triunfo” hace un llamamiento a la cordura en el ámbito del deporte a raíz de las exigencias a las que están sometidos los atletas de elite («Reflexión tras la muerte de Rollán»). Y no solamente los que salen en la pequeña pantalla a diario, sino como dice él, los que practican deportes “que ni son reconocidos mínimamente”. Me atrevo a añadir que esa presión para mejorar el propio rendimiento recae también en deportistas de modalidades de las que jamás se oirá hablar en la teletonta.

Amplío, con su permiso, este llamamiento a la cordura a esos padres y madres —aquí sí que ellas no se van a librar de mi denuncia, por mucho ninguneo que un servidor quiera hacerle a ese casposo lenguaje no-sexista— que ven un sus hijos deportistas su retiro anticipado del mundo laboral y su futura dedicación al mundo de las finanzas. A algunos “se les va la pinza mogollón”… Lamentablemente para los padres del monitor de tenis fallecido no hay vuelta atrás ni una segunda oportunidad de volver a ver a su hijo riendo entre ellos.

Y todo gracias a la codicia que el mundo del deporte —medios de comunicación, patrocinadores e instituciones entre otros agentes— ha despertado en algunas mentes endebles.

17 de marzo de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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