De enanos y gigantes

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Hace ya más de año y medio, en octubre de 2004, escribía el artículo Made in China en el que hacía ciertas consideraciones sobre lo inconveniente de que la capital del gigante asiático fuera sede de los Juegos Olímpicos en 2008.

En los veintiún meses transcurridos desde aquel escrito he ido dejando por esta bitácora mi más que clara postura sobre algunos aspectos del todopoderoso COI, organización privada promovida arteramente al estatus de Gobierno desde el momento en que los Estados se sientan a parlamentar con ella.

Desde multinacional del deporte hasta asilo de la carcunda y parasitaria nobleza, el COI levanta pocas adhesiones por mi parte. En su última vuelta de tuerca se presentan como abogados de la paz mundial con propuestas tan faraónicas como utópicas, más en busca del parabién de las genuinas organizaciones internacionales —como Naciones Unidas— que de la plasmación de su verborrea infecunda.

El lunes pasado me almorzaba con la desagradable noticia que aquí les dejo: “Ejecuta China a narcotraficantes en ocasión de día contra las drogas”.

Dentro de dos años tendremos Juegos Olímpicos en Pekín. Y es de justicia reconocer que la cita olímpica se ha convertido por derecho propio en referencia obligada para el deporte mundial.

Sin embargo las mentes preclaras del COI autorizaron con pleno conocimiento de causa que China fuera anfitrión del magno evento deportivo. Desde el mundo del deporte se levantaron voces en su momento en contra del Apartheid.

Aunque personalmente pienso que el mundo del deporte fue utilizado para levantar voces en contra del Apartheid. Una vez más, la política manejó los hilos ocultos del deporte mundial.

Ahora el mundo del deporte está callado, o mejor dicho, permanece amordazado, y no se alza ninguna voz desde el estadio en contra de un gobierno chino que se pasa los Derechos Humanos por el forro de sus caprichos.

Parece que las ejecuciones tras juicios sumarísimos no son tan grave afrenta como la discriminación racial…

Pero quizá ahora alguien pueda contestarme a la pregunta que hice en su momento —en los días en que escribí aquel artículo esta bitácora era una web hecha a mano en código html, alojada en un dominio amigo—, y que no es en modo alguno una cuestión retórica.

¿Qué ocurrirá si la policía de Pekín sorprende a los camellos de los deportistas olímpicos o a éstos mismos con sus dosis particulares de resistencia en las maletas? Digamos que se lleva a cabo una “Operación Puerto” a la china.

¿Serán igualmente ejecutados los delincuentes? ¿Se levantarán las voces hoy silenciadas pidiendo clemencia y reconocimiento de los Derechos Humanos? ¿El gobierno chino se lo pensará dos veces y sentará precedente retractándose ante sus súbditos?

Me da la sensación de que la pólvora que supone la administración de los Juegos Olímpicos está en manos de pirotécnicos y artificieros sin titulación ni experiencia.

Ya va siendo hora de que las auténticas organizaciones internacionales, las que realmente representan a los ciudadanos del mundo —las que están constituidas por Estados y no por megalómanos aristócratas con delirios de poder y enanez mental, más preocupados por el curso de sus finanzas urbi et orbi que del rol mundial que se han arrogado— asuman el papel internacional que les compete en materia deportiva e inhabiliten a tan rancio organismo para gestionar tamaña empresa antes de que se organice tan descomunal despropósito que precise de una complicada resolución diplomática.

Porque llegado ese momento, los leguleyos del COI se lavarán las manos.

Nota: como habrán observado los ocasionales lectores de estos párrafos, no me he hecho eco en ningún momento de la noticia. Pero no puedo firmar el escrito sin llamar la atención sobre las cantidades de droga que se incautaron a los ejecutados. Si consideramos el monto de las cantidades aprehendidas —no de las imputadas— obtenemos una ridícula cifra por la que estos traficantes han perdido la vida.

Me atrevo a apuntar también que la pena de muerte no es la solución al problema de la droga. Los reos sabían del destino que podía correr su suerte y aún así delinquieron. Quién sabe si movidos por la necesidad… (porque me cuesta creer que alguien se juegue la vida por puro vicio).

30 de junio de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Para casa, oee

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Escribiéndole un comentario a mi amigo Juan Puñetas en su grandísima bitácora Por el Arco del Triunfo me ha venido a la mente una fábula más que ilustrativa de cómo he visto yo a la selección de la Real Federación Española de Fútbol en este mundial.

Le decía a Juan Puñetas que me ha dado la sensación de que estos chicos mentalmente se han preparado únicamente para el primer partido.

Salieron pletóricos y con el partido que hilaron consiguieron que la afición olvidara que se habían clasificado en la repesca.

La verdad es que el partido fue soberbio. Incluso recibí alguna llamada socarrona de algún amiguete que sabe de mi causticidad con esto del fútbol de los millonarios.

Lo único que pude decirle es que si jugaban así después de la fase clasificatoria serían campeones del mundo. El hombre parecía que esperaba que yo me disculpara por mi animadversión hacia todo lo que sea perder la compostura por un juego banal como es el fútbol.

Pero eso fue todo lo grande que hicieron. Los muchachitos y el sabioncete se han ido desinflando como un globito de feria. Tras la goleada a Ucrania vino un 3-1 maquillado a Túnez, después de varios minutos de ir perdiendo sin encontrar el norte. Y eso que era Túnez, equipo con poco peso en la historia de los campeonatos del mundo.

Vale que el 1-0 a los árabes saudíes fue con los reservas. Pero reservas de lujo, ¡coño!, que cobran un pastón cada uno de ellos en sus respectivos clubes. No sé a cuántos petrodólares tocan en la liga saudí, pero entiendo que los españolitos cobran más.

En cualquier caso el globito se quedó sin aire contra los chocheantes galos. Eran viejos, decrépitos y a punto de jubilarse.

Pero el sabioncete olvidó que estos galos tienen la poción mágica, y con Astérix Zidane, jugó Obélix Ribery, Abraracúrcix Henry, y toda la aldea gala bien dispuestos por Panorámix Domenech.

Para mí el titular sería: “Se desinflaron… como siempre”. Y como siempre, en la prensa vendimos la piel del oso antes de cazarlo.

Vergonzosa la actitud de la prensa estos días (gracias Bar Deportes). De la prensa de los de siempre. Y de vergüenza también la actitud de nuestros compatriotas. La actitud de los de siempre.

Pero bueno, no es más que un partido de fútbol, eso sí, jugado en el entorno de un campeonato del mundo.

Y yo me pregunto: en caso de haber ganado a los galos, ¿habría alcanzado España una posición de fuerza para negociar esos caladeros que siempre nos cierran los pescadores franceses? ¿Dejarían de quemarnos en La Jonquera los camiones de tomates y de verdura los transportistas franceses cuando surja la próxima revuelta? ¿Habría adquirido España un mayor peso específico en Bruselas, en Estrasburgo o en La Haya?

Pues entonces no era tan importante el partido.

En fin, aquí les dejo la fábula que me vino a la mente escribiendo un comentario a mi amigo Juan Puñetas.

El Águila y la Bala

   Dicen que apostó una bala
Con un águila a volar,
Y ésta dijo sin tardar:
- Vete, plomo, noramala.
¿Quién a estas plumas iguala
Con que hasta los vientos domo?
Mi cuerpo de tomo y lomo
Verás donde tú no subes,
Que esto de andar por las nubes
No es para un ave de plomo.

   Despreció la bobería,
Siempre la bala en sus trece,
Diciendo: -¿A quién se le ofrece
Negarme la primacía?
En mal camino resbalas,
Ave infeliz, porque, en suma,
Si son tus alas de pluma,
De pólvora son mis alas-.
Ni el ave la lucha esquiva
Ni la bala se convence.

   -¿Probamos a ver quién vence?
- Arriba. Vamos arriba-.
Subió la bala tan viva,
Que dio a su rival antojos,
Pues fue para darle enojos
Y centuplicar sus quejas,
Un estruendo a sus orejas
Y un relámpago a sus ojos.

   Subió el águila con calma
Cuando la bala caía,
Y le dijo: -Amiga mía,
¿Quién se llevará la palma?
Si te hundes en cuerpo y alma
Paciencia, yo no desmayo,
Harás de tu capa un sayo,
Pero que sepas es bueno
Que el que sube como un trueno
Suele bajar como un rayo.

J. Martínez Villergas

Y ahora, a disfrutar del mundial. Sin sufrimientos, sin sobresaltos. Sin hacer cuentas de la lechera: 4-0; 3-1; 1-0; 1-3; ¡pfffffffff!

29 de junio de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Ciclismo en ruta

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En 1818 se organizó en París, en los jardines de Luxemburgo, la que se considera la primera carrera ciclista de la historia. Desde entonces el ciclismo se fue extendiendo por las ciudades francesas.

En 1869 se corrió la París-Rouen, en un esfuerzo por demostrar que la bicicleta podía cubrir distancias más largas. Después, en la última década del siglo XIX, llegarían la Burdeos-Paris y la París-Brest-París.

Todas estas carreras discurrían por caminos y carreteras que eran poco transitadas por vehículos habida cuenta del incipiente parque móvil.

Durante el siglo XX el ciclismo en ruta se ha popularizado a la par que lo hacía Le Tour de France. Pero el crecimiento de este deporte ha sido paralelo al aumento del tráfico en las mismas carreteras que ocupan las grandes y pequeñas vueltas ciclistas, carreteras que han alcanzado la trascendencia que hoy día tiene la red viaria en cualquier Estado industrializado.

Anteponiéndome estas premisas, un conocido que sabe de mi interés por el deporte me ha planteado lo que sigue.

Hace unas semanas un hombre viajaba por la Cornisa Cantábrica en dirección este-oeste. Debía presentarse ante cierto juzgado con una escritura. Había sido requerido por vía de apremio para hacerlo en el plazo de diez días hábiles.

Sus quehaceres diarios le habían impedido presentarse ante el juez durante los nueve primeros días, por lo que había aplazado para el último día el cumplir con su obligación de ciudadano.

Había planificado cuidadosamente el día. El desplazamiento le suponía más de una hora de viaje. Se disponía a dejar su domicilio con antelación suficiente cuando un imprevisto inaplazable le retrasaría por espacio de dos horas más. Hizo sus cálculos y aún disponía de tiempo para llegar antes del cierre de las oficinas del juzgado.

El trayecto lo conocía de sobra. Lo habría recorrido cien veces en los últimos años. Si todo transcurría con normalidad, conduciendo con prudencia todavía llegaría con media hora de antelación.

Hacia la mitad del recorrido, estando en la circunvalación de una localidad, se encontró con una caravana inesperada. Los vehículos estaban detenidos en la carretera. ¿Un accidente? Tal vez, pues no recordaba haber leído que esa vía estuviera en obras.

Desde donde estaba alcanzaba a ver un kilómetro de caravana. La vista se le perdía en un cambio de rasante, justo en el lugar desde donde partía el desvío para el pueblo que la carretera evitaba atravesar. Pero desde aquel punto hasta el siguiente pueblo la carretera era sólo una.

Tras veinte minutos de espera averiguó el motivo de la detención. Una carrera ciclista. El pelotón iba estirado y fracturado, por lo que la eufemística serpiente multicolor todavía tardó quince minutos en entrar al pueblo.

Ni qué decir tiene que nuestro hombre no llegó a tiempo a los juzgados. En la retención había camiones y autobuses a los que le fue muy dificultoso adelantar. Es complicado que tras un parón en la carretera la circulación recobre la normalidad en pocos minutos.

El resultado fue que además de perder la mañana a este señor el juzgado le impuso una multa por no comparecer. Pero también la no presentación de la escritura en tiempo y forma supuso la apertura de un juicio al que tiene que hacer frente, con los consiguientes gastos.

¿A quién debe reclamar este buen hombre por el perjuicio que una carrera ciclista le ha ocasionado?

Mi amigo piensa que las vías públicas son para el uso de todos los ciudadanos, sin que se pueda hacer de ellas un uso privativo para que unos deportistas satisfagan sus delirios de heroicidad a la vez que unos magnates —mangantes en algunos casos— hagan su agosto publicitario con la connivencia de los poderes públicos —la Dirección Provincial de Tráfico correspondiente a la cabeza.

Mi interlocutor me informó igualmente de que en esa retención se encontraba también un padre de familia en paro que llegó quince minutos tarde a una oposición para una plaza de personal laboral en determinado ayuntamiento de la zona, lo que le acarreó la exclusión de la misma y la imposibilidad de optar a un puesto de trabajo para el que se había preparado a conciencia.

Por toda respuesta guardé silencio, aunque fui consciente de que enarqué las cejas y apreté los labios.

27 de junio de 2006
¡Felicidades, Koldo!

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Dopaje: to be or not to be

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Colaboración especial para Voz Editorial

Los poderes públicos han unido actuaciones contra el dopaje. Por toda información nos dicen que han emprendido una “lucha contra el dopaje”, aclarando que lo hacen en nombre de nuestra salud. Por de pronto han conseguido que cuando alguien habla de ser más permisivos en este tema, la sociedad reaccione en contra. Pero, curiosamente, no existe un diálogo entre las partes implicadas para acercar posturas.

En la Aguja nunca se ha dicho sí al dopaje, pero empezamos a pensar que debería abrirse el diálogo por el bien de todos. Algunas voces están amordazadas, mientras hay quienes han asumido la lucha contra el dopaje como una cruzada personal, intentando arrastrar —desde su situación de privilegio— a la opinión pública en contra de las prácticas dopantes.

Parece que para subirse al carro de la popularidad evitan indagar en el nivel de penetración y arraigo del dopaje en el deporte profesional actual. No se han parado a pensar que quizá la lucha contra el dopaje llegue treinta años tarde, dada la más que presunta extensión de este fenómeno.

Oyendo hablar a los mandamases, un neófito puede llegar a creer que el dopaje en el deporte es algo reciente y, aceptando la venda que le colocan en los ojos —sin comprobar la realidad que le rodea—, estimar que los profesionales del deporte que se dopan son escasos. La sociedad se niega a admitir que las prácticas dopantes sean una rutina para muchos profesionales —no sólo del deporte…

Sin embargo para erradicar el uso extendido de otra droga tan dañina como el tabaco los poderes públicos sí se han parado a establecer etapas. La diferencia estriba en el conocimiento cierto que existe sobre el abuso del tabaco.

En realidad no conocemos la verdadera implantación de las prácticas dopantes en el mundo del deporte profesional. Simplemente no hay datos. Y difícilmente podrá haberlos mientras no se levante su prohibición.

Me van a permitir que traiga a su consideración tres planteamientos que se dieron en otras tantas luchas que acabaron perdiéndose.

Hace unos cuantos años se originó un movimiento en la sociedad española en contra del deporte del boxeo. Incluso hubo alcaldes que prohibieron el boxeo en sus ciudades —alguno hoy es eurodiputado.

Resultado de aquellos días críticos puede ser el estado actual en el que se encuentra el boxeo español, con títulos profesionales desvalorizados por no existir más que dos púgiles en la categoría y un patente desinterés del público.

El error lo cometieron quienes trataron de defender el boxeo. En un exceso de pasión hubo personajes que llegaron a afirmar públicamente que los golpes en la cabeza no eran nocivos. El escaso rigor de tales afirmaciones comenzó a decantar a la opinión pública hacia quienes llegaron a plantear la prohibición total del boxeo profesional.

Encuentro un paralelismo entre aquella situación y quienes hoy niegan la implicación del dopaje en su deporte. Negar la evidencia no suele reportar el apoyo de la mayoría, ni ventaja alguna.

Les recordaré a continuación la represión que se vivió en los USA con motivo de la prohibición de la fabricación, elaboración, transporte, importación, exportación y venta de alcohol. Al final, después de más de diez años de lucha contra el consumo de bebidas alcohólicas, la solución pasó por la legalización de estas sustancias tan dañinas para el organismo.

Encuentro paralelismo con la situación actual de represión en contra del dopaje. Tal vez la Historia reciente nos enseñe que puede ser más efectiva una permisividad que facilitará el control que una prohibición que generará la aparición de mercados negros.

Por último dejen que les traiga a la memoria las primeras décadas del siglo XX, cuando el COI luchó abiertamente contra lo que se consideraba una lacra en el deporte: el profesionalismo.

Hoy nos puede parecer que fue algo anecdótico, pero leyendo las crónicas de la época encontramos que se organizó toda una campaña en contra de esos amorales que eran los deportistas profesionales.

A finales del siglo XX el COI ha abrazado el profesionalismo, y se ha visto necesitado de restituir las medallas y títulos de los que fueron desposeídos grandísimos deportistas como Jim Thorpe. Entre la persecución y la aceptación pasaron —tan sólo— poco más de cincuenta años.

Encuentro paralelismo con el presente y el futuro que podría aguardar al dopaje. Después del denuesto que sufrieron los deportistas profesionales han terminado teniendo cabida en los Juegos Olímpicos.

Sirvan estos tres ejemplos a modo de reflexión y no como materia probatoria de nada. Muy bien pudiera ser que el mejor futuro pase por un recrudecimiento de la lucha contra el dopaje. Pero bien pudiera ser también que una cierta permisividad facilite el control del consumo encubierto que se da de hecho y que a buen seguro se seguirá dando.

Que se abra el debate nunca puede ser negativo: poderes públicos, organizadores, patrocinadores, deportistas y el consumidor final del espectáculo.

23 de junio de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 El deporte está alienado

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Un acontecimiento como el mundial de fútbol permite hacer gran variedad de lecturas. Algunos de esos nuevos enfoques son en realidad pequeños cambios en la forma de ver las cosas. Hay opiniones que, andando el tiempo, llegan a promover un verdadero cambio de paradigma.

Me gusta prestar atención a este tipo de nimiedades. Un cambio de tendencia que pasa inadvertido puede convertirse en todo un fenómeno revolucionario en el futuro. El efecto mariposa, parece que le llaman.

La semana pasada me encontraba visionando un partido del mundial del que ahora no voy a hacer memoria por no venir a cuento, cuando uno de los jugadores cayó lesionado fuera del terreno de juego. El otro equipo siguió jugando y el público acogió la acción con una estruendosa pita. Llegado un momento los jugadores pararon, con el balón a los pies, y miraron al árbitro. Éste evidenció con un gesto que el juego debía proseguir.

Se estableció una breve discusión entre dos de los comentaristas, Julio Salinas y Andrés Montes, sobre si los cánones de la deportividad exigían enviar la pelota fuera.

Julio Salinas matizó que no era preciso enviar el balón fuera de los límites del terreno de juego puesto que el jugador ya se encontraba fuera del campo y podía ser atendido.

Andrés Montes fue un bárbaro. No compartía esta visión de echar la pelota a la banda, alegando que si un equipo quedaba con diez jugadores tenía que asumir esa circunstancia. Dijo literalmente: “hay que acabar con esas prácticas” refiriéndose a la actitud deportiva. No explicó los motivos de este parecer, pero parecía como si le preocupase más el espectáculo y el juego.

Salinas trató de explicar que lanzando el balón fuera se permitía que las asistencias atendieran al jugador lesionado, ya que podría tratarse de un percance grave.

Y efectivamente, no sólo pueden ocurrir lesiones musculares, ni tampoco producirse éstas únicamente como consecuencia de un golpe. Bien puede tratarse de una lesión medular, cerebral, cardiaca…

Andrés Montes se obstinó en defender su planteamiento.

Me parece grave, muy grave, que el señor Montes, un locutor que arrastra cierto prestigio, dijera por televisión que había que acabar con esas prácticas de deportividad. El ejemplo que ha dado a la juventud es pésimo, muy pésimo. Desconozco si en posteriores retransmisiones el señor Montes, tras haber meditado, ha sabido rectificar —lo que volvería a elevarle un tanto en mi estima particular.

Este asunto me ha llevado a hacer una reflexión personal. Lo que Julio Salinas no atinó a decir es que en el caso de haber un jugador tendido en el suelo dentro del terreno de juego, echar el balón fuera para que pueda ser atendido es cuestión de HUMANIDAD; mi estimado Julio, con el que comparto patria chica, confundió deportividad con humanidad. Estos conceptos se han mezclado en algún punto de la historia reciente del deporte, y a día de hoy ya nadie diferencia uno de otro.

DEPORTIVIDAD sería renunciar a continuar el encuentro mientras el otro equipo se viera obligado a jugar con diez, y aguardar a proseguir el choque once contra once, en igualdad de condiciones. Antaño, si un jugador se lesionaba y tenía que abandonar el juego —no existían los cambios— el otro equipo, voluntariamente, prescindía de uno de los suyos.

Deportividad es echar el balón fuera al lanzar un penalti que te han señalado a favor injustamente. Quizá para el lector joven con esta afirmación me convierta en un heresiarca, pero lo cierto es que durante las primeras décadas del siglo XX era algo corriente. Pero claro, en aquella época tampoco nadie se tiraba en el área fingiendo una falta.

Deportividad sería dejarse marcar un gol cuando tu equipo acaba de conseguir un tanto de forma antirreglamentaria, y que ha sido validado en un error del árbitro. Sí, supongo que para los jóvenes a estas alturas seré ya una especie de anticristo deportivo.

El caso es que hace tres o cuatro años en la División de Honor del fútbol sala español se dio esta circunstancia. El entrenador mandó a su equipo no moverse tras la consecución del gol y los rivales anotaron fácilmente. Estas acciones existen también en el fútbol de hoy día, y en la Copa de Holanda se dio un caso similar el año pasado.

Gestos así —así de deportivos— ya no abundan. En el circo deportivo profesional ya no manda el deporte, sino que ahora manda el dinero. Mientras se permita que los condicionantes crematísticos sean los que impongan sus criterios, el fútbol y el deporte en general seguirán siendo víctimas de esta alienación.

Y entre tanto, a estos estirados de la FIFA se les llena la boca con palabras como “fair play“ sin que conozcan su verdadero significado.

20 de junio de 2006
¡Felicidades, Irene!

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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