Grandeza de espíritu

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El fulgor de la Federación Española de Baloncesto y de su selección absoluta masculina decrece rápidamente, tal y como era de esperar. Aunque aún se mantendrá en candelero por mor de la concesión de los Premios Príncipe de Asturias.

Unos premios, ya lo he dicho en otras ocasiones, que faltan a su compromiso de reconocer la trayectoria deportiva y humana del homenajeado, buscando la primera página al laurear el éxito del momento.

Si el año pasado agasajaban al novísimo campeón mundial Fernando Alonso, este año vuelven a las andadas y premian a la selección de la federación de baloncesto en su momento de máximo esplendor.

Así se aseguran la presencia en los medios de comunicación, no fuera a ser que por premiar a deportistas que ya no concitan la atención, a pesar de mantener un palmarés deportivo y humano impoluto, los premios comenzaran a devaluárseles.

Otro engañabobos más, con la realeza española como epicentro de la fiesta, aunque aún no sabemos qué cantidad pone la Casa Real en un invento que les sirve de promoción mundial para sus múltiples negocios.

Eso sí, el contribuyente asturiano —y el español también— apoquina sin ser consciente sus buenos euros mientras unos espabilaos que han acallado el gusanillo de su conciencia hace tiempo alardean de figurar entre lo más granado de la sociedad.

Y en este ir y venir de intereses que tiene a Asturias como teatro de operaciones, una Asturias antes roja y republicana, subyugada hoy al boato y al abolengo de la realeza —si nuestros abuelos levantaran la cabeza de la fosa en la que fueron enterrados…—, aparece un hombre sencillo y humilde en apariencia que atiende al hipocorístico poco extendido de “Pepu”.

Un hombrecillo —sin afán peyorativo— entre gigantes de dos metros al que poco más que conocían sus íntimos y al que hoy todos tratan como si ayer mismo hubieran cenado con él.

El seleccionador nacional de baloncesto agradece las muestras de cariño y de admiración desde detrás de unos ojillos siempre acuosos y una barbita que le hace parecer intelectual y distante, y se presta a comparecer en actos públicos de marcado tinte autopromocional, como su reciente presencia en un foro asociado a uno de los grupos empresariales mediáticos con mayor implantación nacional.

Me gustará ver si ese foro dedica el mismo despliegue de medios a Domingo Díaz, el seleccionador del combinado nacional femenino de baloncesto, con el buen juego desplegado y el discreto puesto obtenido. Las enseñanzas que se pueden extraer del paso por un mundial han de ser necesariamente interesantes, independientemente del resultado.

En el mismo diario que promocionó el referido foro aparecía esta noticia: “Un polideportivo de Madrid llevará el nombre de Pepu Hernández”.

Avisé de que los políticos querrían su parte del pastel. Lo mismo que han hecho los de la Fundación Príncipe de Asturias y lo mismo que ha conseguido la parte empresarial del foro. La diferencia es que los del Ayuntamiento van a cometer un craso error de forma en lo público.

Ya expuse en los primeros artículos de esta Aguja, y lo hice extensamente, lo inconveniente de dar a los sitios públicos el nombre de personas vivas. Ahora el homenaje es para este hombre sencillo que, según parece, huye de las multitudes.

Pues no sé yo si será fingida tanta humildad del tal Pepu. En mi opinión debería renunciar, como han hecho otros antes que él en diferentes ámbitos, a semejante despropósito. Pero cada cual es dueño de dejarse halagar su vanidad.

Al menos a mis ojos tal renuncia le haría más grande.

29 de septiembre de 2006

Postdata: en los mentideros políticos de la capital se cuenta que José Vicente Hernández, Pepu, fue tentado por el actual alcalde de Madrid para ir con él en la lista municipal de las elecciones de 2003. ¿Inaugurará el seleccionador el futuro polideportivo Pepu Hernández en calidad de concejal de deportes? Sería la repanocha.

Actualización del 12 de octubre de 2006 a las 12:00

He recibido alguna llamada de atención sobre lo escrito más arriba en relación con el boato y abolengo de la realeza y la opinión que despertaría en nuestros abuelos la actual situación.

Debo aclarar al respecto, pues parece que mi mensaje debía ser más explícito, que opino que mi abuelo, que murió defendiendo un sistema de gobierno republicano y democrático en un país que había decidido prescindir de la realeza y de la nobleza del medievo, si se levantara de la fosa en la que está enterrado se llevaría un tremendo disgusto. Una cosa es asistir a la procesión y otra muy distinta cargar con el santo. Y tengo claro que nos rige un oxímoron.

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Las tribulaciones de un contribuyente

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¿Quién dicta lo que es noticia en las redacciones de deportes? ¿Algún gurú de las Ciencias de la Información o tal vez un mancebo a medio madurar, enchufado y aterciopelado, que debe el éxito en su profesión a ser plegadizo y acartonado ante las demandas nada deontológicas de quien le ha colocado en el piso de encima de la piramidal redacción?

¿Cuáles son los criterios que se siguen para entresacar de la actualidad deportiva lo que es importante de lo que es intrascendente?

¿Son las aficiones particulares de este mediático gurú engreído las que se ven retratadas en las páginas o minutos deportivos que dirige?

¿Es imprescindible que el sabioncete gurú deportivo entienda de fútbol, hablando con soltura de fichajes en el deporte rey, aunque toda su experiencia con el esférico se base en una memoria enciclopédica al estilo Maldini?

Por cierto, que este chico padece mitomanía; aunque estará orgulloso de ello, ya que son las dos únicas cosas que le han popularizado, porque de lo demás roza el dos cuartos. Lo preocupante es que van saliendo imitadores igual de pedantes.

¿Cuántos tenemos la sensación de que los diarios deportivos, la radio deportiva y la televisión deportiva es todo ello la misma morralla informativa cortada por los mismos patrones viciados?

¿A dónde nos lleva el estado actual en el que se está sumiendo el periodismo en general, y cierto tipo de prensa en particular? ¿Ha perdido definitivamente la prensa su tan cacareada independencia?

¿Conjuga la prensa deportiva los males de la prensa rosa y de la prensa amarilla, es decir, cotilleos y menudencias elevados al sensacionalismo?

¿La labor de la prensa es informar al público con veracidad, honestidad e imparcialidad, o es mantenerle ausente de la realidad mediante una criba de lo noticiable?

¿Merece ser destacada la tartamudez ausente de cualquier nuevo rico de los que hoy en día juegan al fútbol y no lo es la flamante medalla de bronce conseguida en el mundial por la selección masculina de la Real Federación Española de Hockey, la labor en el reciente mundial de baloncesto femenino de la selección de la federación española, o el actual mundial de bádminton que se ha estado celebrando en Madrid?

¿La mayoría pide fútbol y más fútbol, o es fútbol y más fútbol lo que se le da a la mayoría? ¿Es así como se establecen los criterios de interés público?

¿Está satisfecho este público mayoritario con lo que le dan, y dejaría de estarlo si se le diera una información deportiva más plural?

¿Se adocena a la población española con información sesgada e interesada en lo referente a deportes? ¿No se estará dando también un sesgo sutil en otras áreas de la información que nos llega a diario?

¿Qué relación guarda la información periodística que se nos brinda desde los medios de comunicación de masas con la cultura y la formación de los ciudadanos de este país?

¿Tiene el Estado competencias para exigir a las empresas mediáticas criterios de pluralidad en sus contenidos deportivos?

¿Es el nivel que tiene la prensa deportiva de nuestro país el que se merecen los miles y miles de aficionados a las decenas y decenas de deportes y sus distintas especialidades?

Y finalmente, ¿representa mayor valor una medalla de bronce del mundial de fútbol que una medalla de oro del mundial de baloncesto?

No dudo de la veracidad de la información deportiva que aparece en los medios de comunicación españoles, pero sí pongo en tela de juicio que los criterios de selección sean leales con la actualidad.

Quienes sientan curiosidad pueden leer los códigos deontológicos periodísticos que atañen a España:

• europeo (año 1993) —me han parecido especialmente curiosos los artículos 15 y 30—

• español (año 1993) —del artículo 4.a no he podido pasar; ¿no es ello arrogarse una patente de corso?—

26 de septiembre de 2006

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Traición a la tradición

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Colaboración especial para Voz Editorial

El texto encierra al final una grave denuncia, pero te invito a leerlo entero.

¡Qué gratos recuerdos me traen las traineras! Guardo frescos en la memoria aquellos viajes en el tren, ría abajo, para ver desde la margen izquierda —como no podía ser de otra manera— aquellos duelos entre los sestaotarras de Kaiku y los santurtzitarras que bogaban con la Sotera.

Las traineras son esas frágiles embarcaciones de madera con las que en siglos pasados los arrantzales (pescadores) se batían el cobre en el Mar Cantábrico, y que servían en las embocaduras de las rías de nuestras costas, en el norte de esa reunión de tribus que es España, para atoar por la buena senda marina a las embarcaciones que pretendían arribar a los puertos fluviales.

Hoy en día, y gracias al impulso que tuvo el deporte rural vasco a raíz del entierro de nuestro reciente e imperfecto pasado, se han transformado en embarcaciones deportivas de fibra de carbono en las que fornidos mozalbetes forjan brazos de coloso en su lucha contra el incesante oleaje de las pleamares.

Sano deporte este del remo. La trainera, embarcación orgullosa de su pasado que ha encontrado su vertiente deportiva más moderna dentro de las federaciones de remo, ha sido, antes que pasatiempo, el pan de nuestros abuelos.

Salir a mar abierta en pleno temporal cantábrico para embocar una embarcación en peligro no es actividad para pusilánimes. Nuestros antepasados no llevaban GPS para que en caso de vuelco o/y caída al mar se les pudiera localizar, como lleva hoy en día el aburrido esnob de turno en esas regatas de viento y vela.

Y las tripulaciones, celosas de su trabajo y seguras de su poderío, se retaban y apostaban ciertas sumas de reales para en los días de fiesta bogar hasta dar la ciaboga en mar abierta y enfilar ría arriba, para luego virar y volver a remar ría abajo y volver a subir hasta cubrir las millas que se hubieran acordado.

Pero ese pasado de gentes marineras —no hay quien pueda con la gente marinera, repite la canción— ha quedado en los rincones de algunos museos marinos para dar paso a una nueva estirpe, la del deportista moderno.

Ni buena ni mala esta transmutación; tal vez simplemente lógica, a tenor de los tiempos que corren. Desde “A Costa da Morte” en lo más genuino de nuestra céltica Galicia, hasta Hondarribia, en los límites con la vecina Galia —y en todo el Golfo de Vizcaya—, se ha extendido el deporte de la trainera entre las bravas gentes de la Cornisa Cantábrica.


Con la mar brava,
Ama Guadalupekoa de Hondarribia con la proa en el aire
(ver más fotos)

No goza este hercúleo deporte de tradición televisiva salvo en sus lugares de origen, por lo que en el corazón de la celtiberia hispana, y más allá, es probable que no puedan apreciar en su justa medida el orgullo de ser arraunlari (remero).

El origen de estos retos marineros —y de todo el deporte rural vasco en general—, que está en las apuestas, sigue vigente, y aunque pudiera no parecerlo se llegan a mover buenas sumas en las estropadas (regatas de traineras). Amén de las cantidades que ponen con agrado las Corporaciones locales orgullosas —una vez más elijo esta palabra a sabiendas de que me repito— de su pasado y de sus tradiciones.

La Asociación de Clubes de Traineras (ACT) organiza una liga de regatas anual. Además se celebran por toda la costa cantábrica prestigiosas “Banderas” o “Ikurriñak” —torneos de un día— a las que se accede por invitación, siempre tratando los anfitriones de traerse las mejores tripulaciones del momento, lo que garantiza la circulación de las apuestas y que se viva un gran espectáculo deportivo, festivo y folclórico, pleno de sonido y colorido, en el que se mantienen ciertas tradiciones como tomar la salida tras rezar el Ángelus.

(Lo cierto es que hace tiempo que no me acerco a vivir estropadak y dudo que este asunto en particular siga estando vigente, jaja).

Quien se haya aventurado a leer estos párrafos seguro que ya se ha dado cuenta de que trato de glosar torpemente tan bello y vigoroso deporte como es el de las traineras, que tiene la peculiaridad dentro de los deportes de remo de realizarse en lucha contra el oleaje.

Pero en este siglo XXI —en unos años de desapego a la cultura, a la educación y a las conductas éticas— donde hay dinero de por medio no puede reinar la honradez. Y menos aún en un deporte cíclico y rítmico, donde lo que impera es el músculo y el corazón, y la estrategia que rige es la del más fuerte. ¿Encuentran similitudes con el ciclismo, atletismo…?

Y resulta que unos muchachotes —cuyo gentilicio es lo de menos, vaya esto por delante— se han tomado muy a pecho eso de ganar Banderas y dinero. Y han encontrado el método con la ayuda de su entrenador…, y del médico.

Tras ganar la Ikurriña de Hondarribia ninguno pasa el control antidopaje porque todos, los catorce tripulantes, tenían autorización de uso terapéutico (AUT) para tomar productos prohibidos. ¡Por lo visto estaban todos enfermos! Las solicitudes, argumentadas por el médico del club, se centraban en la misma sustancia prohibida y se justificaban en todos los casos por dolencias similares.

¿Comprenden ahora por qué he insistido en asociar la palabra orgullo al deporte de la trainera? Esto ocurrió hace ahora un año, y el asunto ha cobrado virulencia a finales del pasado mes de agosto. Pero por hoy creo que han tenido ustedes más que suficiente —conviene dosificar las emociones fuertes—. Próximamente les aportaré más información.

Aunque me es imposible despedirme sin lanzar dos preguntas maliciosas:

  1. ¿Qué ocurriría si todo un equipo ciclista tuviera esta bula médica? Al fin y al cabo se trata sólo de nueve deportistas y no de catorce.
  2. ¿No tendrá nada que decir el señor Lissavetzky ni su CSD, y dejará el asunto en manos de otra Administración? Estoy convencido de que si hubiera fotos de sonrisas y de palmadas en la espalda ya habría terciado.

22 de septiembre de 2006

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 Alquimia

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Leo la siguiente nota entre divertido y consternado: “Futbolistas británicos almacenan células madre de sus hijos en previsión de lesiones”.

Tener dinero fresco no salvaguarda de caer en bulos y mitos urbanos —por supuesto muy costosos—. Según se nos dice en el cuerpo de la noticia, nada garantiza que esas células madre puedan servir para la finalidad perseguida.

Llama también la atención la actitud un tanto egoísta de los afamados deportistas —nuevos ricos en cualquier caso— que han optado por esta fórmula. Tan sólo uno dice haberlo hecho por su hijo. ¿Actitud honrosa la de este último o declaraciones sinceras las de los primeros?

Pero parece que los chicos del fútbol no iban muy desencaminados, puesto que en el corazón de España, en la mismísima Andalucía, se invierte dinero público en experimentos de este tipo.

El motivo de la investigación no es curar enfermedades hereditarias, degenerativas, o esas otras de las que raramente oímos hablar y que, verbi gratia, dicen las estadísticas que afectan a uno de cada diez millones de habitantes. El fin que se busca no es otro que “emplear células madre para la recuperación de lesiones en deportistas” (pero sólo para los de elite, no se vaya mi buen lector a hacer ilusiones).

¿Y quiénes piensan ustedes que están utilizando dineros públicos para conseguir que nuestros sanos chavalotes puedan correr más? Pues cuatro universidades andaluzas y el CSD. Les dejo el texto de la noticia en esta página de la web Segunda Modernización, editada por la Junta de Andalucía.

Y no es que uno se oponga a que el dinero público financie los proyectos de un grupito de estudiosos que pretenden engrosar su ego y su currículo —que digo yo que cómo quedarán estos chicos al lado del científico colombiano Manuel Patarroyo y de su gran gesto hacia la Humanidad—, porque entiendo el sistema de partidas presupuestarias y el principio de administración del Estado, pero me hace una gracia particular todo este asunto.

Consideraciones metafísicas aparte sobre el destino de las células madre embrionarias utilizadas en el proyecto del CSD, que según nos dicen en el primer enlace requieren la destrucción de embriones humanos, no acaba uno de entender la diferencia entre lo dopante y lo no dopante.

En la web de la Junta de Andalucía se habla de extracción de sangre de los lesionados para posteriormente, y aislando las células madre, aumentar artificialmente —en cultivo— el número de éstas y recuperar un cartílago dañado.

Es decir, que un ciclista no puede extraerse sangre para aumentar su número de hematíes artificialmente y sí es posible recuperar a un deportista con alquimias.

En todo este asunto del dopaje existe una fina línea trazada convencionalmente que separa la investigación legal de la fraudulenta. Y en el filo se sitúan la corriente oficialista y la iniciativa privada.

Y como todas las finas líneas convencionales que separan lo legal de lo ilegal, podría ser traspasada con cierta impunidad por quien tenga de su parte la ley y las instituciones.

Si se considera dopaje todo aquello que altera artificialmente el rendimiento del deportista, ¿por qué no considerar dopaje aquello que altera artificialmente la recuperación del deportista?

Me puedo dopar para recuperarme “milagrosamente” de una lesión en un tiempo récord, y sin embargo no puedo competir consumiendo esas mismas sustancias. ¿Es ésta una doble moral?

Cierto que un atleta puede ingerir medicamentos prohibidos en deporte para reponerse de una gripe. Pero de la recuperación de una lesión están saliendo más fuertes que antes, lo que no ocurre tras padecer la gripe.

Y estamos viendo que los deportistas “enfermos”, como los ciclistas Armstrong y Landis, obtienen un mayor rendimiento que un individuo sano.

Expondré el alcance de esta afirmación en mi próximo artículo.

19 de septiembre de 2006

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 Nuevas estrategias

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Que la actividad deportiva atrae espectadores es una evidencia que no voy a descubrir ahora. Pero sí me sorprende que este fenómeno no esté más y mejor aprovechado.

Cierto que existen cadenas dedicadas veinticuatro horas al deporte. Hasta el —para mí— insulso golf tiene un canal temático para él solito en esa plataforma digital.

Está claro: el ver a otros congéneres realizando algún tipo de actividad tiene gancho. No hay más que pararse a mirar unas obras en un barrio de cualquier ciudad. O mejor dicho, examinar sus alrededores. Descubriremos mirones observando y comentando cualquier acción de los trabajadores.

Es un binomio que no falla: observar la actividad humana y mirar a través de una pantalla (o una ventana).

Por este motivo no alcanzo a entender a estos magnates de la televisión deportiva.

En lugar de limitarse a recoger lo que ya está sembrado —el fútbol— bien podrían apadrinar otras modalidades deportivas para recoger provechosas cosechas futuras.

Pero de continuar por esta senda ya trillada acabarán agotando el filón que supone el fútbol al igual que acabaron con el filón que fueron las telenovelas.

Los más jóvenes quizá no tengan memoria de ello, pero en este país llegó a retrasarse la salida de una etapa de la Vuelta Ciclista a España porque la llegada prevista coincidía con la telenovela.

De hecho, las audiencias futboleras han bajado, como nos cuenta este titular: La Liga ha perdido casi dos millones de telespectadores en la última década.

Lo abundante aburre, auque sea deseado. Creo recordar que en España pueden seguirse partidos de hasta seis ligas europeas y una o dos ligas sudamericanas. A mí me saldrían eccemas si me ofrecieran tal promiscuidad de mi deporte favorito.

Decía que esas supercadenas televisivas bien podrían ir sembrando por sí mismas la necesidad de consumir otros eventos deportivos en el espectador.

Y es que la vida funciona así, primero te creas una necesidad y después tienes que satisfacerla. El espectador deportivo, si le educan a consumir otro tipo de deportes, acabará consumiéndolos.

El domingo estuve viendo el partido que enfrentaba a España y Pakistán —uno se deja seducir por el medio ambiente que le rodea ;-) — en el mundial de hockey hierba que se está disputando en Alemania.

Mis conocimientos de hockey hierba son más bien a nivel de usuario, que se dice ahora mucho en el mundo de la informática. Es decir, enchufo la tele y sé cuando la jugada acaba en gol.

Pero me resultó atractivo seguir una dinámica distinta, diferentes estrategias, nuevos argumentos tácticos, y el reto de comprender algunos aspectos del reglamento. Y me gustó lo que vi.

El apoyo de los medios de comunicación a diferentes modalidades deportivas generaría demanda entre la audiencia y los anunciantes pugnarían por estar presentes en las retransmisiones. Esto haría que el dinero se repartiese mejor y llegara a mayor número de deportes.

Pero a las federaciones de fútbol esto no les interesa. Quizá por eso haya interés en adquirir acciones de cadenas dedicadas a la retransmisión de eventos deportivos. ¿Hablaríamos entonces de control y manipulación del mercado del ocio?

15 de septiembre de 2006

Postdata: hoy viernes nuestros compatriotas se enfrentan en semifinales a la selección anfitriona en el mundial de hockey hierba. Me alegraría que se proclamaran campeones, para mayor escarnio de gente tan pagada de sí misma como son los millonarios del fútbol.

(15.09.2006): los jugadores españoles no pudieron con los jugadores alemanes tras la prórroga, después de haber empatado a dos. El domingo se jugarán el bronce contra los coreanos.

(17.09.2006): al final medalla de bronce para nuestros compatriotas que sabe a poco habida cuenta de que llegan al final del campeonato con la vitola de imbatidos puesto que la semifinal concluyó en un empate que hubo de resolverse con lanzamientos desde el punto de penalti. El resultado ante los coreanos fue de 3-2 en la prórroga con “gol de oro” de Amat.

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