HOY TOCA un artículo dedicado a los chicos de la prensa escrita, que se tragan lo que les cuenten. Bueno, o que tragan lo que les paguen por poner gamberradas en los titulares. He escrito no hace mucho sobre la independencia de los medias: “La Prensa es libre; el escritor esclavo. Cójame usted esa mosca por el rabo”, reza el archiconocido epigrama atribuido al P. Cobos.

Desconozco por qué en las redacciones no colocan a personas que tengan sentido común. Bueno, quizá es que no sea ese el perfil que se busca en un redactor… Si contratan a quien tiene ideas propias no pueden esperar que obedezca a pies juntillas cuanto se le indique. Pero vayamos al grano.

Acabo de leer en un diario asturiano el siguiente titular: «Javier Villa concentra a más de 250.000 personas en Oviedo».

Javier Villa es un joven piloto que por esas cosas del deporte de competición no ha tenido tiempo de completar su educación académica. El dinero de la familia es más importante que la educación de los hijos. He pregonado aquí mi parecer al respecto en otras ocasiones.

Al chiquillo, que debe tener 20 añitos escasos, la canallesca le ha comparado ya con Fernando Alonso. Tremenda presión y flaco favor que hacen al chaval.

Quizá sea cierto que acabe debutando en la fórmula uno y que llegue a campeón del mundo. Pero el vicio hispano de vender la piel del oso antes de cazarlo suele producir un efecto inverso al deseado, verbigracia la selección de la Federación Española de Baloncesto o la de la Federación Española de Balonmano, que cuando la prensa deportivesca española no se ocupaba de ellos cosecharon sus mayores éxitos.

El caso es que alguien ha trasladado a la prensa unos datos exagerados, como convendrá cualquiera que lea estas líneas. También en un diario de tirada nacional se hacen eco de la noticia, y se responsabiliza a la Policía Local de Oviedo de haber dado esa cifra, cosa que me van a permitir ustedes ponga en tela de juicio, dada la complejidad de hacer esas mediciones in situ y puesto que la Policía Local de Oviedo conoce perfectamente el dato que a continuación voy a facilitar.

Según la sede web institucional del Ayuntamiento de Oviedo, en el municipio residen 220.074 habitantes, unos cuantos más de los que el Instituto Nacional de Estadística (INE) tiene registrados: 214.883 habitantes, como se comprobará accediendo al formulario y consultando la selección referente a ese municipio (datos consultados en el día de la fecha).

Así pues, dicen en los diarios que la práctica totalidad, no de la ciudad, sino del municipio, se agolpó en la media docena de calles por las que se desarrolló la exhibición, y aún hizo falta que llegaran 30.000 personas más hasta completar la cifra que ofrecen.

¡Qué fácil es sumar personas! Deberían preguntárselo a los responsables de El Manifestómetro

Otro dato a considerar es que en Asturias reside, poco más o menos, un millón de habitantes, como reflejan los datos del INE que pueden ser extraídos del formulario anteriormente propuesto. Luego están asegurando que la cuarta parte de la población asturiana se fue a Oviedo a ver la exhibición automovilista.

Debe haber mucho ocioso o/y mucho parado en Asturias para que semejante porcentaje de población acudiera a la cita.

Y por último, una cifra comparativa. Fernando Alonso, en olor de multitud, congregó en esa misma ciudad 50.000 personas siendo ya campeón del mundo de fórmula uno en una exhibición idéntica. De este niño, sin tener ningún título aún bajo el brazo digno de ser paseado ni haberse siquiera subido a un fórmula uno, nos dicen que ha quintuplicado el poder de convocatoria del bicampeón del mundo, ¡y se quedan tan frescos!

Debe haber mucha prisa por recuperar la inversión que se está haciendo en el chaval. Quizá sea que entre sus filas estén viendo ya que la vaca no va a dar mucha más leche.

Se dice en los mentideros de la capital asturiana que el piloto, o sus señores padres, han cobrado cien millones de las aún válidas pesetas por un paseíllo que a algunos aficionados ha dejado insatisfechos (supongo más bien que ese pueda haber sido el coste del evento, que hay mucha mano ávida por esas escuderías de dios como para dejar escapar tajada tan suculenta).

En fin, que ni se puede dar crédito a todo lo que se lee, ni se debe permitir que las instituciones metan en los bolsillos privados —sea cual sea la cantidad pagada— el dinero público con una escusa fácil (¿dónde queda aquella máxima de sobriedad en el gasto?).

Al final del ejercicio nos hablarán de que no tienen un duro y de que invierten millonadas en deportes. Esto, señores míos, no es deporte, sino espectáculo. Y es triste que se dilapide así el dinero del presupuesto de deportes (o de festejos).

21 de septiembre de 2007