EN NUESTRA sociedad actual hemos olvidado la máxima aquella de que el fin no justifica los medios
(¿Vassily Grossman?). Nuestra falta de memoria nos hace testigos de todo tipo de atropellos al buen gusto y a las buenas formas en las relaciones con los demás. Estamos más próximos a conceder que todos los medios son buenos cuando son eficaces
(Jean-Paul Sartre). Es la ley del todo vale con tal de salirme con la mía.
Así, vemos en la televisión —que solamente por el hecho de estar presente en todas las casas debería oficiar de transmisor de la cultura y la educación— esperpénticas discusiones en las que quien más grita acapara más segundos de cámara y consecuentemente más atención del público, lo que hace aparecer al chillón como quien lleva razón.
Si somos sinceros debemos admitir que lo que cuenta no es tener razón, sino parecer que la tenemos ante la audiencia, sea en un programa de televisión, en un hemiciclo, o en el café.
La cortesía y la elegancia se han perdido, y así hemos visto en televisión —con el eco sempiterno que proporciona Internet— como en un foro de participación y diálogo internacional un Jefe de Estado mandaba callar a otro tan Jefe de Estado como él con una pregunta retórica, erigiéndose así en rey de verduleras.
Se ha perdido el diálogo, sólo existe el vocerío. Se ha perdido el razonamiento, tan sólo existe la imposición de ideas. No tratamos siquiera de argumentar falazmente, obligando con ello al oponente a emplearse a fondo para desmontar nuestros sofismas.
Esta falta de educación y talento se ha instalado en todos los ámbitos de la sociedad. Tal vez política y deporte, por el exceso de minutaje que ocupan en la programación, sean los sectores que más han influido en el conjunto de la población con esta falta de saber estar, de saber comportarse.
Dentro del mal gusto imperante quizá la mayor falta de respeto sea la proferta de amenazas por parte de quienes deberían dar ejemplo de empatía y cordialidad, de saber debatir cualquier asunto por espinoso que sea con educación y elegancia, de aceptar el debate y la contraposición de ideas, de escuchar…
Es en esta arrogancia e irrespetuosidad en la que ha caído el COI con la IHF, amenazando con excluir el balonmano del programa de los JJOO si no se cumplían sus deseos, por mucho que persigan un fin honesto.
¿Dónde está la capacidad de negociación, el carisma para convencer y reconducir un asunto escabroso, el tacto, la diplomacia, la mano izquierda, la facultad de dialogar, el amonestar para que el otro desista de su obstinación?
El equilibrio de fuerzas entre los organismos deportivos internacionales pende del hilo de los personalismos. Algunas federaciones internacionales acataron al COI por voluntad propia, habiéndole dado con ello fuerza y poder, pero hoy por hoy no necesitan al organismo olímpico para ser grandes y fuertes y seguir creciendo. En realidad han perdido cierta independencia.
30 de noviembre de 2007
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(Goethe)

















