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EXPLICABA EL último día que en esta bitácora presto atención a aquellas actuaciones en la esfera del deporte de las que al menos puedo extraer alguna conclusión que me sirva para escudriñar hacia donde camina ese entramado que se da en llamar “el movimiento deportivo”.
Movimiento deportivo al que pertenecen también aquellos aficionados que vierten día a día sus opiniones, pero que no son más que ovejas pastoreadas hacia un redil.
En el Valencia C.F. parece que ha habido algo de marejada estas últimas semanas del año. Tan sólo porque el nuevo entrenador ha decidido prescindir de tres jugadores considerados históricos en esa entidad.
Criterios técnicos, entre otros, avalan la decisión del míster. Pero el aviso ha sido mal acogido por los aficionados. La prensa deportivesca, atenta a cualquier fricción que levante polémicas, ha metido sus pezuñas en el terreno de las decisiones de la entidad privada y ha exaltado conscientemente el lado emotivo del asunto como estrategia de mercado, jaleando a esa masa ingente que responde al nombre de “la afición”.
Me he preguntado en otras ocasiones qué coño pinta “la afición” en las decisiones de una entidad privada. La mayoría de ese rebaño llamado “la afición” no son accionistas de la sociedad anónima, por lo que ni siquiera tienen derecho a pedir que se preste atención a sus reclamaciones.
En una empresa o en un banco los clientes no tienen derecho a reclamar sobre las decisiones internas que tome la entidad. Eso sí, tienen todo el derecho del mundo a cambiar de bando, digo de banco. Son los accionistas quienes deciden las actuaciones más importantes que conciernen al gobierno de la entidad.
En Asamblea se toman, entre otras, decisiones estratégicas y se otorga la confianza al presidente y al consejo de administración hasta la próxima asamblea. Otra cosa será que no se goce de la confianza de la Asamblea por unanimidad, y los cuatro o cuarenta y nueve que no están de acuerdo con las decisiones de los directivos intenten desestabilizar el gobierno de la entidad por cualquier medio a su alcance.
Uno de los más recurridos es la agitación de las masas aborregadas. En el contexto deportivo esa masa ya he dicho que responde al nombre de “la afición”.
Pero gobernar según el parecer cambiante de la masa/afición es un error que sólo pueden permitirse los políticos. Días atrás el presidente del Valencia C.F. ha adoptado una postura ecléctica sobre el particular que como era de esperar no ha contentado a nadie. Ni al cuerpo técnico, que esperaba una ratificación contundente de su decisión, ni a “la afición”, ni a la prensa, que ahora ha hecho presa en la falta de claridad de tales declaraciones.
El dislate se ha visto sobredimensionado por la actitud de los profesionales afectados, que convocaron una rueda de prensa para trasladar a “la afición” su pensar —y su pesar— de manera lacrimosa (en el sentido más literal).
Con lloros impropios de un carácter fuerte, uno de estos chavales se presentaba ante los medios de comunicación. ¡Qué pena me dio! Pero no él, sino el espectáculo patético que ofreció por no saber encajar su nueva situación deportiva.
Que no se quedan sin trabajo, hombre. Se quedan sin unos ingresos sustanciosos con los que contaban. Los tebeos de información en que se han convertido los diarios deportivos los ha tratado de trabajadores acentuando así el dramatismo. ¡Que se dejaba en la calle a unos trabajadores! Qué facilidad para aplicar el término trabajadores dando una falsa impresión; ¡pero si no quedan en la indigencia!
Esos mismos periodistas no enarbolan banderas de solidaridad cuando una reconversión industrial deja en la calle a cien padres de familia que ni tienen la cuenta del banco saneada ni poseen activos en paraísos fiscales producto de los derechos de imagen.
No me extrañaría que entre esos cien padres de familia que van a quedar en la calle cualquiera de estos días estuvieran quienes han pintarrajeado las paredes que pertenecen a la SAD para defender a estos millonarios del balón.
Esto de las pintadas no es un cabreo de un momento, sino una acción premeditada. Hay que comprar aerosoles, aguardar a una hora intempestiva (en la que habría que estar en la cama para mejor rendir al día siguiente en el puesto laboral), hasta organizar un grupo, pues no es tarea que deba realizarse en solitario.
Y finalmente arriesgarse a ser sorprendidos en plena faena, lo que indefectiblemente llevará aparejada una sanción administrativa, pues no se puede ir por ahí ensuciando las propiedades privadas, ni tampoco las públicas.
Si escarbamos un poco más en la realidad que se nos oculta veremos que todos estos futbolistas del millón son nuevos ricos que cuentan con asesores fiscales e inversores que hacen realidad el dicho “dinero llama a dinero”.
Ganan mucho dinero con el fútbol, pero no lo arriesgan en el fútbol, y no tienen miramientos con los clubes que les han hecho triunfar si llega una oferta más cuantiosa en el momento oportuno.
Estos jugadores del nuevo fútbol-circo sólo tienen popularidad, pero no cortan el bacalao. Mientras los flashes apuntan hacia ellos, todo va bien. Pero cuando se les deja claro que sólo son marionetas —muy bien pagadas— no saben asumirlo.
Para quien sepa leer entre líneas quedan aquí una ristra de paradojas y sinsentidos. Permítanme destacar una: en el circo del fútbol profesional, donde se manipulan los sentimientos y pasiones de los aficionados para mayor gloria del espectáculo, los sentimientos y las pasiones de los jugadores no tienen cabida. Vales tanto como lo que has hecho ayer.
día de los santos inocentes de 2007
Postdata: no quiero dejar sin relacionar la siguiente noticia que avala mi teoría de que estos niñatos se creen ideólogos del humanismo: «Maxi Rodríguez se solidarizó con los jugadores del Valencia que fueron despedidos». ¿Y éste, qué gana metiendo las narices en casa ajena?
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DESDE EL principio me impuse no entrar a valorar en El Espectador aquellos asuntos que competen a la esfera de las decisiones de las entidades privadas. Me trae sin cuidado si el R.Madrid ficha a fulano y no a mengano, o si en el Barça zutano se va de fiesta con perengano.
Son situaciones circunstanciales en la vida de las entidades deportivas, ya sean clubes o SAD. Que citano rinda más por la banda derecha o que robiñano no entre en juego porque encuentra taponado su espacio natural son cosas de índole técnica que no estoy dispuesto a analizar (más que nada para no perder el tiempo).
Esos “análisis conceptuales” los dejo para los periodistas que viven de la polémica y necesitan sembrarla cuando no existe. Aunque de un tiempo a esta parte han entrado al trapo los típicos “proyecto de entrenador” que siempre han aleteado por las barras de los bares y que ahora triscan por la blogosfera, llenando ésta de retroanálisis y contra-análisis a cual más fútil.
Es como si se hubiera dado un pistoletazo de salida y todos corrieran en pos de la idea más feliz o de la solución más rocambolesca, como si dispusieran de una piedra filosofal que remedia los males de la gestión deportiva en cualquiera de sus ámbitos. Desde mi perspectiva, son trabajos estériles que carecen de sentido.
Primero porque ese esfuerzo no lleva a ningún puerto. La persona que ha de tomar las decisiones en la entidad deportiva, ya sea presidente o entrenador (cada uno en su parcela de gobierno), no son gente pusilánime, pues para llegar donde están han debido transitar un espinoso camino que a modo de criba remueve de él a los pobres de espíritu. Además, me consta, están rodeados de un grupo de personas de su entera confianza que saben lo que se traen entre manos, y en consecuencia sólo prestan atención a sus consejos.
Cierto que comenten errores —el que esté libre de este pecado que tire la primera piedra, como dijo aquél—, pero no hasta el punto que trata de mostrarse con el escarnio de que les hacen objeto quienes creen estar en posesión de la verdad.
Y en segundo lugar esos trabajos carecen de sentido porque nunca se sabrá si de haber aplicado el bálsamo propuesto, el club objeto de estudio se libraría de los achaques que padece. Se trata de una entidad privada y la opinión de estos abnegados infelices no tiene valor alguno.
Es el “sabiondismo” inherente al pueblo español elevado a la categoría de ciencia (de la información). Por más que me he afanado en entender el sentido de todas esas críticas al sistema de juego que dispone el entrenador o a la gestión administrativa que promueve la directiva, no acabo de encontrarle el gustillo a la cosa. La encuentro insípida.
Es por ello que en esta bitácora me ocupo de temas deportivos cuyas conclusiones me pueden hacer crecer como persona, como entrenador, como directivo, como organizador… Ya he dicho en las presentaciones que en su día hice de esta bitácora que prácticamente he pasado por todos los estamentos que pueden darse en el deporte de base y de competición, e incluso en el de alta competición (sí, por qué no decirlo).
A veces he tocado asuntos próximos a esa vida privada de las entidades deportivas. Lo he hecho (y lo seguiré haciendo) cuando he creído que se podían extraer enseñanzas válidas para el resto de los mortales: los que no debutaremos nunca en primera división o los que ya no volveremos a hacerlo aunque nos lo propusiéramos de nuevo…
Otra serie de artículos de El Espectador, quizá los más numerosos, han sido críticos con las actuaciones de todos aquellos que se desenvuelven en la esfera de lo público. Desde los ayuntamientos y su deporte municipal hasta el CSD y su deporte de elite, llegando incluso a criticar al COI como entidad privada que gusta de coquetear (obteniendo más que jugosos réditos) con los organismos públicos.
Todo este prolegómeno era para decir que me disponía a criticar lo que está acaeciendo en el seno de una de esas SAD tan punteras. Pero como escribiendo los cuartetos he terminado con los tercetos, no es cosa ahora de alargarlo innecesariamente con un estrambote.
Queda pues para el viernes mi crítica ácida sobre un particular que a buen seguro no será del gusto de los seguidistas y aplaudidores ni de los ávidos de revueltas y mascaradas.
día de navidad de 2007
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VOLVÍA TRAS el verano mostrando las extorsiones que pueden llegar a padecer ciertos directivos de clubes modestos cuando se oponen a las voluntades de mandatarios locales.
Para quien vaya con prisa diré que en aquel artículo se exponía la situación de un grupo de entusiastas que dirigían el club local de fútbol. Sus aspiraciones habían llegado a un punto en el que entraban en conflicto con los intereses de una fuerte empresa implantada en la localidad, y habían acudido al alcalde para que intercediera en favor de los intereses del club, que en principio son los intereses del pueblo, puesto que del pueblo surge el asociacionismo deportivo.
Pero se dieron cuenta de que al mandatario local le encartaba más la defensa de los intereses empresariales —desprovistos de razón, dicho sea de paso— que la defensa de los intereses del deporte local.
Decidieron acudir al gobierno regional, y encontraron allí que recelaban de mediar en el asunto dado que el propio ayuntamiento no iba a mover un dedo en favor de sus administrados.
Así las cosas, este grupo de directivos —todos ellos empresarios locales— se veían maniatados para acometer otro tipo de reivindicación. Descartaban cualquier movilización social pues presentían que sus negocios pagarían la osadía de desafiar al primer edil.
La empresa grande, conocedora del statu quo local, decidió plantear un pulso a estos empresarios locales que rigen el club. La empresa se había ganado de antemano la voluntad del alcalde —cada cual que elucubre cómo—, y no existía ningún escrúpulo por su parte para enfrentarse al pueblo.
Éste podría ser un resumen de aquel artículo, aunque creo que los matices son los que dan la salsa a este asunto.
El artículo fue escrito con toda la intención para solidarizar al lector con los directivos del club local, que veían como las fuerzas fácticas del pueblo, esas que existen pero que ni se ven ni se pueden denunciar, campan a su antojo.
Pero hay socios del club que hacen una lectura del asunto nada favorable a los directivos, aunque nadie en el pueblo duda de que a la entidad deportiva le asista la razón en sus reivindicaciones.
Como en todas las entidades deportivas legalmente constituidas en España, es menester que cada cuatro años haya elecciones a la presidencia de un club deportivo (son regímenes presidencialistas, y la junta directiva es nombrada por el presidente electo).
El actual presidente —don Manuel, el del hotel—, empresario local, había pugnado por hacerse con el control del club. Después, colocó a sus camaradas en los puestos de gobierno de la entidad. He de decir ahora que este club no es de los más modestos de la comarca, precisamente, sino que tiene serias aspiraciones de ejercer como cabecera de zona.
Esto de cabeza de zona en el fútbol tiene su importancia. La natural evolución deportiva tiende a conformar un sistema piramidal, de manera que los mejores jugadores de la comarca aspiran a jugar en el equipo que participa en la categoría más alta. En un sistema ideal, si los primera serie de la zona son absorbidos, los demás equipos son incapaces de incomodar al gallito.
Una vez en la cima de esta pirámide trófica, sólo hay que procurar mantenerse. A los clubes de primera y segunda división les es más fácil tratar con un único club en una comarca que andar ojeando jugadores por diferentes campos.
Es también más sencillo para ellos establecer convenios de colaboración con una sola entidad por comarca que con varias de ellas (que le pregunten a la Real Sociedad por el revolú que tiene encima al querer tratar a todos los equipos guipuzcoanos por igual —aunque en esta polémica se trata de deporte base—).
Así es el club objeto del artículo; bien situado y con contactos serios. De ahí que don Manuel pujara por hacerse con la presidencia, apoyado por otros empresarios que ahora se sientan con él en la junta directiva. Ya colegirán ustedes que del gobierno y representación del club acabarán derivándose ventajas y oportunidades para los empresarios más hábiles del pueblo, que ahora dirigen el club.
Y eso es lo que se les echa en cara: su falta de independencia y su falta de arrestos. Esta tropa de aprovechados eliminó a otros candidatos que ahora hubieran sido mucho más válidos para movilizar al pueblo.
Me temo que en las coplillas del próximo carnaval se va a reeditar aquello de: ¡Ay, Manolete, si no puedes torear ‘pa’ que te metes!
21 de diciembre de 2007
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