POR FIN es viernes, y tal como prometí concretaré mis impresiones sobre los motivos por los que la violencia se da en grado superlativo en el fútbol y no en el rugby y el fútbol americano, donde se produce en menor medida a pesar de que son propicias las ocasiones para hacer pagar al rival las frustraciones propias aparentando un lance del juego.
Supongo que a más de uno le dará un soponcio tras leer lo que me dispongo a escribir. No se tomen mis argumentos al pie de la letra, sino más bien como una propuesta que tal vez mereciera ser estudiada, a fin de implementar estrategias válidas en el mundo de la sandía al objeto de conseguir un entorno más civilizado.
El propio concepto del juego merece ser analizado. El oval es siempre controlado con las manos. Es evidente que con los pies no se puede controlar el esférico. Cierto que se hacen acrobacias circenses como las que vemos a los profesionales de la sandía. Pero no es posible un control como el que se ejerce con las manos.
Utilizar las manos confiere una dimensión diferente al juego. Sabemos lo que el uso de la mano ha supuesto en el proceso de hominización. Utilizar las manos, no para golpear un balón, quizá induzca un proceso mental más profundo que el necesario para golpear un objeto.
Esto que digo, si se piensa detenidamente, puede parecer una barbaridad (y de hecho puede que lo sea). Pero por algún motivo esa idea subyace entre la mayor parte de los educadores deportivos. La coordinación ojo-mano y la coordinación fina implican procesos cerebrales más reflexivos que la coordinación gruesa y la coordinación ojo-pie.
Es indiscutible que el público que acude a presenciar encuentros deportivos son en gran medida ex-practicantes, que aprendieron los rudimentos de su deporte en la juventud, o bien practicantes aficionados en activo; todos ellos siguen las evoluciones de los ases de sus respectivas disciplinas.
¿A dónde quiero llegar? Pues en mi opinión se establece una suerte de complicidad entre los espectadores y los practicantes profesionales, de tal forma que ciertas actitudes se trasladan tanto de la cancha a la grada como de la grada a la cancha. Algunas actitudes muy concretas lo hacen con una facilidad pasmosa y a una velocidad instantánea.
Se crea pues un círculo difícil de romper en el que la educación y ciertos comportamientos quedan institucionalizados en la modalidad en cuestión. Sabemos cómo pueden enervar al graderío de la sandía los aspavientos de un jugador que ha recibido una patada fortuita, o como un abucheo generalizado puede amilanar al más pintado.
Me estoy introduciendo en el terreno de la Psicología social, por lo que no voy a avanzar por una senda en la que soy un aficionado indocumentado. Pero es claro que el deporte supone terreno abonado para esta nueva ciencia.
El reglamento de juego de la sandía tampoco ayuda a mantener comportamientos cívicos dentro y fuera del campo. Los reglamentos del rugby y del fútbol americano están diseñados para aumentar el espectáculo —de eso se trata básicamente— y para no dar pie a la violencia.
El uso de la repetición televisiva en determinados lances del juego (tanto en rugby como en fútbol americano) confiere a la faceta profesional de estos deportes una dimensión superior al arcaico concepto del fútbol.
Pretender que se pueda arbitrar de igual forma una final internacional que un encuentro de tercera división es, además de un error, un contrasentido.
El espíritu que anima las sanciones del juego camina también en la misma dirección. En rugby una tarjeta amarilla supone la exclusión del amonestado durante diez minutos, tiempo más que suficiente como para que se enfríen los ánimos y se reflexione.
En fútbol americano ni siquiera existe el concepto de tarjeta. Un jugador será advertido personalmente por el árbitro principal en un caso grave. Si persiste en su comportamiento o si directamente su actitud es considerada muy grave, será expulsado del encuentro pero su equipo seguirá con once jugadores sobre el terreno de juego.
La tarjeta roja del fútbol supone una ventaja tan grande para el otro equipo que no es raro que haya jugadores que buscan cargar esa sanción sobre un adversario en lugar de dedicarse a crear juego —y por ende, espectáculo—. Enorme ventaja supone también el penalti, lo que ha originado los cómicos piscinazos, pero que soliviantan —¡y de qué manera!— a las gradas.
Los sistemas de competición de los juegos de melón están concebidos para no saturar ni a los participantes ni a los espectadores, con liguillas a una sola vuelta (este año aquí y el que viene allí). Se trata de dejar buen sabor de boca sin llegar a empalagar. En fútbol directamente te embotan los sentidos con cantidades exageradas de partidos (haciendo caja, por supuesto).
Cualquier gestor sabe que cuando se aumenta la cantidad por regla general disminuye la calidad.
8 de febrero de 2008
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Civilizar el entorno del fútbol




(Jean Dolent)
















Muy atinadas tus referencias a la diferente coordinación que se da entre el fútbol y los otros deportes, así como al feed-back que se establece entre los jugadores y los espectadores. Habría que profundizar más por esta vía porque ahí está la madre del cordero, si bien distintos cambios en los reglamentos podrían aliviar la problemática. (Yo también creo que el penalty, en la actualidad, es una norma excesiva, así como la expulsión definitiva de un jugador, dejando al equipo diezmado. Ahora bien, ¿por qué no se cambian? Pretenden mantener las mismas normas para un partidillo de colegio que para uno de Champion donde se juegan auténticas millonadas. Es un disparate…).
Seguro que te has dejado en el tintero más razones para justificar la diferencia entre los deportes de sandía y melón. No sé si el hecho de darle tantas veces al balón con la cabeza, como pasa en el fútbol, provoca un reblandecimiento de las meninges, que luego se ve trasladado a conductas excesivamente inapropiadas e incivilizadas en los campos de juego (y fuera de ellos). Quizás alguna tesis médico-doctoral al respecto podría iluminarnos sobre el tema.
En cualquier caso, el final que se avecina es previsible pues la avaricia (hacer “caja” al precio que sea) suele romper el saco. Tanto partido provoca el hartazgo hasta al más fiel seguidor. Tanto aburrimiento (cuestión de un reglamento antiguo y de una concepción del fútbol absolutamente resultadista y rácana) hará que al final la gente acabe quedándose en casa con el televisor enfrente. Luego, encima, pretenderán que los ciudadanos -vía impuestos- costeemos la crisis de los clubes, que llegará inexorablemente como siga la cosa como va. (¿Somos catastrofistas, cenizos o simplemente no tenemos los ojos vendados por la pasión, la fe y la religiosidad futbolística?)
En lo que a la religión del futbolismo se refiere, tú y yo somos herejes. Las conductas heréticas son condenadas al olvido y al silencio, vía apagón y mordaza.
Como la hoguera ya no se estila, el ninguneo de que somos objeto creo que viene a ser la sentencia y la condena. Pero nos leen, amigo Juan, nos leen.
Recuerdo aquella novela, “Farenheit 451″. Guy guardaba algo prohibido. Pues eso son nuestras bitácoras.
No me cabe duda de que el bombero pirómano que cae por el Arco y El Espectador guarda en algún rinconcito de su mente alguna frase leída con desgana, como deseando que se acabe el artículo pero sin poder dejar de leer aquello que le está escandalizando.
Supongo que el futbolismo no desaparecerá de la noche a la mañana, y que simplemente se transformará. Pero estas cosas generalemente nunca van a mejor por sí solas.
Saludos, hereje del futbolismo.