SALGO DEL parón semanasantiego retomando la crítica a la utilización del dinero de todos para solucionar los problemas personales y particulares de deportistas que han gozado de algún relumbrón.

Se parte de una premisa falsa —cual es la representación internacional de su país— para justificar el pago de subsidios a deportistas de cierto prestigio venidos a menos, algunos incluso por su mala cabeza.

En su momento más álgido eran dioses en su deporte. No repararon en que como mortales están sujetos a los mismos padecimientos que el resto de la Humanidad: enfermedades, miserias, desgracias personales, mala suerte… Me viene a la memoria aquella fábula de la cigarra y la hormiga.

Existe filmografía sobre este tipo de casos: la mítica “Juguetes rotos” del genial Manuel Summers, o la obra maestra “Más dura será la caída”, de Mark Robson, y la magistral “El ídolo de barro”, del mismo director. En la bitacorosfera tenemos también un buen trabajo en “Héroes de barro”.

La problemática, pues, no es de ahora. El boxeo se lleva la palma por la abundancia de ejemplos; no en balde ha sido el primer deporte profesional seguido por las masas que se convirtió en negocio organizado.

Lo que no sabía este Espectador es que en España se subsidia a los deportistas caídos en desgracia. Eso sí, no a todos, que aquí también existen las clases: sólo a los medallistas. Lo hemos sabido a raíz de la muerte de Jesús Rollán.

En la magnífica bitácora Vale chumbar ha salido a colación el mismo tema a raíz del conocimiento que se tuvo de la situación por la que pasa el “Cholo” Sotil, que compartiera alineaciones con Johann Cruyff en el Barça de mediados de los setenta.

La cuestión en Perú —y en Sudamérica en general— parecen tenerla clara; allá ellos, es su problema. A mí me preocupa y me molesta que la idea de subsidiar a los deportistas necesitados acabe recalando en España, donde tenemos la mala costumbre de aclamar cualquier medida que venga precedida de cierto populismo.

Pues con mi dinero no quiero que se subsidie a ningún deportista de elite que lo necesite. Y ello por varios motivos de los que argumentaré alguno.

Ya he dicho en múltiples ocasiones que los deportistas no representan a su país, sino a su federación deportiva, a su deporte, y a ellos mismos. A mí sólo me representan las personas que he tenido ocasión de elegir, bien sea directa o indirectamente.

Una federación española es una entidad privada en la que no tengo posibilidad de elegir a su presidente porque el sufragio no es universal, sino restringido a los interesados en formar parte del organigrama federativo. El presidente designa al seleccionador nacional, que a su vez es quien escoge a los deportistas que irán a un campeonato internacional. Entendido el funcionamiento de la pirámide federativa, no es que no me sienta representado por ellos, es que no me representan en absoluto como ciudadano de este país.

El Estado español sí prevé en su ordenamiento jurídico un subsidio para aquellos presidentes de gobierno que estén necesitados y lo soliciten. Pero la responsabilidad y la representación del país que ha ostentado un presidente de gobierno dista años luz de la que ha podido tener un deportista. ¿O es que vamos a parangonarlos ahora?

Hasta donde conozco, no se contempla ningún tipo de subsidio ni para diputados, ni para senadores, ni para diplomáticos. No sé por qué lo ha de haber para deportistas que se creyeron por encima del bien y del mal. Algunos encendían cigarros habanos con billetes de cien dólares, como se cuenta del “Cholo” Sotil. Otros incluso tiraron al público la cantidad de 5.000 dólares en billetes de 20, 50 y 100 dólares, como ha hecho recientemente Floyd Mayweather Jr. en su campaña de promoción de un combate-ficción en el catch americano.

Después de criticar el hecho me voy a dignar proponer una solución, costumbre que he abandonado en esta bitácora haciendo propia la visión de un buen amigo: “las ideas valen dinero”.

Propongo que la propia federación deportiva cuyos intereses defendió el afectado abra una suscripción popular. Seguro que todos los ex-compañeros —los más agraciados que el infortunado— y muchos aficionados se rascan el bolsillo en pago por las alegrías que el ex-campeón les propició en el pasado. Pero nunca recurrir al dinero público para sostener a quien ha dilapidado una fortuna, fuera grande o pequeña (no conozco fortunas pequeñas).

Quien vea acertado que se subsidie con su dinero —vía dinero público— a un deportista de elite, no tendrá reparos en aportar su dinero vía suscripción popular. Lo que no puede exigir es que se utilice mi parte del dinero público cuando el Erario debe ir destinado a acciones de interés general.

Permítanme recordar que no es ético investir de carácter privado el dinero público vía subvenciones, como ocurrió con el viaje de Lissavetzky y señora a Japón con motivo de la final mundial que acabó ganando la selección de la Federación Española de Baloncesto.

Un deportista o una selección no nos representa como país, como tampoco lo hace un cantante en el festival de Eurovisión, quien acude representando a la Corporación RTVE.

¿Por qué a Jesús Rollán sí se le pagaba un costoso tratamiento y —por ejemplo— a Poli Díaz, el “Potro de Vallecas”, no se le paga un tratamiento para rehabilitarlo del submundo marginal en el que parece que se encuentra sumido? Aquí, o todos calvos o todos melenudos. Y si por mí fuera, todos calvos.

28 de marzo de 2008