HACE UNOS años (cuando uno peina canas suele referirse a cualquier lapso de tiempo comprendido entre cinco y veinte años como hace unos años) el mundo del fútbol hizo un descubrimiento: las escuelas deportivas.
Lo que era práctica habitual en modalidades como tenis, artes marciales o equitación, se hizo popular en el mundillo del fútbol. Incluso hubo clubes de primera división (hoy llevan años en segunda) que presentaron su oferta como “algo novedoso”.
En realidad el cambio afectaba al bolsillo de los padres. Hasta entonces los niños jugaban en el equipo del barrio o del pueblo de forma gratuita. El club corría con los gastos de indumentaria, equipamientos, arbitrajes, desplazamientos… Hacían una excelente labor social.
El sistema no estaba mal pensado; el hijo del contratista y el hijo del peón tenían las mismas oportunidades de destacar en el equipo local y, con el tiempo, de llegar a promocionar hacia otras categorías de mayor relumbrón que el subsuelo regional ofrecido por el club de casa.
Al final era el contratista, quien mediante patrocinio, pagaba las equipaciones de los chavales. Y los directivos vendían papeletas, lotería, pedían la voluntad en los partidos, y se inventaban fórmulas de financiación. Cualquier peseta era bienvenida.
Desde que el mundo del fútbol descubrió —que no inventó— el sistema de escuelas deportivas, los padres han de cargar con el coste de los gastos que ocasionan sus retoños.
Lo cual tampoco está nada mal —cada padre se convierte en el patrocinador de su futuro crack doméstico— si no fuera porque hay padres que no pueden hacer frente al gasto que supone que su hijo juegue en un club de cierto renombre.
Pero en general los padres se lo toman como una inversión de futuro. Si su hijo lograra destacar en el fútbol nacional, las bolsas familiares comenzarían a llenarse y él podría dejar de trabajar (el sueño de cualquier currito) y dedicarse a administrar las finanzas domésticas.
Los clubes lo saben y tensan la cuerda. Y los padres se dejan ir tras ella temerosos de que sus vástagos, que prometen —a un padre no se le puede quitar la ilusión de que su hijo lo hace bien—, se queden por el camino cuando pudieron haber llegado a lo más alto del escalafón futbolero.
Así que se rascan el bolsillo para cada cosa que les piden los clubes en los que militan sus hijos. Pondré un ejemplo que me ha llegado recientemente y que ha dado origen a esta serie de artículos.
Un hábil empresario consiguió la franquicia de una marca de botas de fútbol de postín en la ciudad-barrio de la que he hablado en los primeros artículos de la serie. Eso suponía que en cien kilómetros a la redonda no habría una tienda despachando esa misma marca de botas.
El club pidió, so pretexto de la uniformidad, que todos los críos calzaran el mismo modelo de bota (de no hacerlo así no hace falta explicar que el niño no sería convocado a ningún partido). Se trataba de un modelo concreto de la marca franquiciada en la ciudad. El coste de las botas en esa tienda, según me cuentan, era de ciento veinte euros. No está mal, ¿eh?
Pero no todo aquel que se deja llevar al redil es un borrego —¿o sí…?—. El caso es que alguien, a través de un familiar, averiguó que ese modelo de esa marca costaba sesenta euros en otra comunidad autónoma.
Los escasos e inteligentes lectores de esta bitácora no necesitan más datos para sacar sus propias conclusiones: sobreprecios, comisiones… Algunos dirían que es un timo o incluso una estafa. Lo cierto es que los niños estaban la mar de guapos, todos bien uniformados con los mismos botines.
Continuaron explicándome que uno de los equipos infantiles se desplazaba a un torneo de fútbol-7 durante un fin de semana. Los directivos dispusieron que todos los jugadores llevaran dos pares de botas iguales, por si llovía, que diera tiempo a secar las botas recién usadas.
Curiosa explicación cuando hay jugadores que saltan al campo con las botas mojadas en la creencia (y quizá certeza) de que así el calzado cederá y no oprimirá tanto el pie.
Tres cuartos de lo mismo ocurre con el chándal del equipo. Perdón, quiero decir los chándales. Porque los críos deben tener un par de ellos para entrenamiento (cualquier madre conoce por qué hay que tener duplicada la indumentaria deportiva) y otro chándal que llaman “de paseo”, para acudir a las convocatorias y concentraciones.
Y lo mismo rige para la camiseta y el pantalón de entrenamiento y de competición. Quedó en el pasado aquello de que el club facilitaba el uniforme de competición —y lo enviaba a lavar— y que cada cual entrenaba con la ropa que dios le daba a entender. ¿Chándal de paseo…? Esas frivolidades no existían.
Los clubes cabecera de provincia tienen estas cosas, más si tienen suscritos convenios con una de las SAD grande entre las grandes.
Y así, amables lectores, se les saca el dinero a los padres. Eso sí, con su consentimiento y alegría.
29 de abril de 2008
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Cómo sacar dinero a los padres (y 3)




(Jean Dolent)

















¡Por fin llegamos al final de la serie, Aguja! Y, la verdad, que bien triste. Porque imaginaba que las cosas han cambiado bastante respecto a lo que uno vivió, pero que hubiera tanto negocio y mandanga por medio, llenando el bolsillo de tanto chilicuatre “benefactor”, no creía que llegase a darse en un mundillo donde se supone que los chaveas están para pasarlo bien y… punto.
Veo que no, pero bueno, mientras las ovejas acudan al redil, aún con la remota posibilidad de que les toque el gordo de Navidad en la piel de un hijo “figurilla” en lo de darle puntapiés a un balón, pues que se aguanten en la inversión y el timo.
Para los que tenemos ya nuestros añitos, no todo lo nuevo y actual es mejor que lo antiguo o pasado. En mis tiempos de chavea, allá por los 60, todas estas chorradas no existían (la pobreza era mayor y el disfrute más provechoso, por eso mismo). Ya existía el fútbol como comedura de coco, pero no llegaba a los niveles esperpénticos de hoy. Muchos chavales jugábamos al fútbol todos los días, en campos naturales (quiero decir, algún prado, una era, un descampado…) y solíamos hacerlo solos. Sin chandals, ni botas chulis ni gaitas ni miedos. Simplemente por placer. El único miedo era al cachete de nuestra madre porque los pantalones regresaban con rotos en las rodillas, pero aquellas mujeres sabían manejar muy bien la aguja (ahora, simplemente se tira el pantalón y a por otro) y los remendaban, les ponían protectores y a repetir la jugada.
No era una infancia maravillosa pero probablemente éramos -en nuestra inocencia- mucho más felices y, sobre todo, libres, que los nenes de ahora. Sí, luego llegabas al cole y había algunos maestros salvajes que te atizaban con un vergajo si no sabías cuántas eran dos y cinco, pero gracias a ellos valorábamos a los que eran buenos y comprendíamos que no todo el monte es orégano. Cosa, por cierto, que se creen hoy día todos los que no han pasado las dificultades económicas y morales de aquella época. Ahora, hasta darles un cachete cariñoso te puede llevar a ser acusado de acoso sexual o de abuso de menores, aunque seas el padre, la madre o el abuelo.
En fin, ni aquello era Jauja ni ésto es el Dorado. Bueno, el Dorado sí lo es para algunos listillos, como esos de algunas escuelas de fútbol y otros deportes de hoy en día. Mientras se lo consientan…
Ya dije en el primero de la serie que la avaricia del timado es parte indispensable para que funcione un timo. Éste no es el timo de la estampita, sino el del “si se cuida puede llegar lejos” que les dicen a los padres.
Ante tan simple condicional, la mente y la codicia de los padres pone el resto.
La serie está escrita yendo de lo general a lo particular. Me escribe un lector diciéndome que la serie arroja otro prisma leyéndola al revés, es decir, del tres al uno. Y quizá tenga razón.
¡Jo!, me estoy volviendo un poco satánico, como esos discos en los que oídos al revés se hacen invocaciones o/e imprecaciones.