EXISTE UN aforismo en el mundo del deporte que muchos dan por cierto (como corresponde a cualquier aforismo): “de la cantidad sale la calidad, y la calidad llama a la cantidad”. Sin ser falso no es completo, por lo que tampoco puede ser considerado cierto.
Yo lo he pulido un poco y lo he dejado así:
“de la cantidad sale la calidad; de la calidad sale la elite, y la elite llama a la cantidad”
Ahora es más certero, porque la calidad, por sí misma, no tiene suficiente tirón como para arrastrar a las masas, al menos en un mundo tan mediático en lo deportivo como el actual.
Este sistema, no sé por qué algunos ven en él una pirámide, es sobre el que se sostiene el entramado deportivo.

¿Y los poderes públicos? ¿Cuál es su función en este sistema recurrente?
Es evidente que su función es apostar por la base (la base del deporte, no la de esa inexistente pirámide). Su misión debe centrarse en fomentar el deporte base, el deporte escolar, el deporte para todos… En definitiva, incentivar la participación de “la cantidad” en la práctica deportiva.
¿A quién corresponde, pues, las atribuciones en lo que hemos llamado “la calidad”? Pues es evidente también que a las federaciones deportivas.
Cual selección natural, la competición funciona a modo de criba, encumbrando a los más talentosos en los puestos de mérito. Y es a las federaciones deportivas a quienes corresponde la organización de las competiciones. Es más, ése es el motivo que originó su existencia.
En España esas atribuciones vienen conferidas por Ley, pues los poderes públicos se han arrogado [!!] la competencia de organizar los campeonatos de España. Ya he dicho en múltiples ocasiones que eso es un craso error. Uno no es campeón de España, sino campeón de la federación española de su modalidad. Que exista una sola federación española reconocida por la Secretaría de Estado competente para el deporte (el archiconocido CSD) no es más que una singularidad.
Vale que el CSD no reconozca más que una federación española por modalidad, pero en este mismo país existen, en determinadas modalidades, más de una federación española. Y todas legales, aunque sólo una ostente el ansiado reconocimiento institucional (ansiado por las pingües subvenciones de Papá Estado).
Vale que en el habla coloquial nos refiramos al campeón de España cuando deberíamos decir el campeón de tal o cual federación española, pero los poderes públicos nunca debieron confundir y dar validez a lo que no es más que una metonimia, acabando por creérsela.
Pero como la legalidad vigente es la que hay, tenemos que la organización de los campeonatos de España de cada especialidad es una competencia administrativa delegada en las federaciones. A todo este sistema confuso e intrincado ha contribuido grandemente el dinero vía subvenciones con que el Estado sostiene el entramado federativo que han dado en llamar “oficial”; han domesticado al deporte (o a sus dirigentes) en vez de liberarlo.
Resumiendo, es a las federaciones, entidades privadas sin ánimo de lucro (es decir, que a final del ejercicio no pueden repartir beneficios entre sus asociados), a quienes corresponde invertir tiempo, dinero y esfuerzos en la calidad del deporte.
¿Y a quién correspondería entonces la dirección de la elite deportiva? Pues ni más ni menos que a la iniciativa privada.
Ocurre que las federaciones deportivas no han querido ceder esta parte suculenta y sustanciosa del pastel. En primer lugar porque parecía consecuente que las asociaciones deportivas de aquellos primeros años (comienzos del siglo XX) rigieran el profesionalismo. En segundo lugar por los intereses crematísticos que ello conlleva. Pero debemos recordar que en los albores del movimiento deportivo organizado hubo quienes cuestionaron la regulación del deporte profesional por las federaciones del deporte amateur.
Son empresas privadas quienes deberían hacerse cargo del deporte de elite, del deporte de alto nivel, del deporte espectáculo, donde se mueven grandes sumas. Todo no es fútbol, evidentemente, pero en cada modalidad deportiva el dinero se mueve en mayor medida en los circuitos de su deporte profesional.
Alguien podría argüirme que con estos predicamentos se vicia el sistema deportivo, puesto que los poderes públicos estarían incentivando con dinero público (algo por lo que siempre he postulado que exista transparencia) desde la base las fortunas y fortunones que se mueven en la elite de muchos deportes (no todo es fútbol; tómense como ejemplos la vela, el automovilismo, el tenis o el golf sin ir más lejos).
Dejaré para el siguiente artículo el sano ejercicio de auto-rebatirme…, o quizá deba decir auto-afirmarme.
3 de junio de 2008
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(Goethe)
















