DEBO COMENZAR pidiendo disculpas por no asistir a la palabra dada a Juan Puñetas. Habíamos quedado en hacer sendos artículos y subirlos al alimón sobre el tema propuesto a modo de fin de fiesta bitacorera. Motivos personales y familiares han dado al traste con mis intenciones y he faltado a mi compromiso, cosa a la que no estoy acostumbrado.

Espero que mi colega sepa disculpar una falta de calibre tal, que me avergüenzo de haber cometido.

Entremos al trapo, que el toro me ha sido brindado por mi amigo en inmejorable posición.

Habíamos quedado de escribir sobre la iniciativa de nuestra flamante Ministra Bibiana Aído, de la que se dice que ha-ido a la Facultad pero no se conoce si tiene facultad para afrontar un ministerio sin historia, solera y ni siquiera materia.

La chica es joven, lo que a buen seguro la habrá abierto más puertas y alguna bragueta sonriente porque la chavala tiene su aquel.

Su pretensión, o más bien error del que no acierta más que a huir hacia delante, es que en el hablar y en el escribir diferenciemos los sexos diferenciando los géneros gramaticales. Pero quiere que adoptemos ese lenguaje hortera y rebuscado por imposición, lo cual, además de un dislate, es típico de mentes débiles y calenturientas.

Confirma el dicho general que a un tonto le das un gorra y se cree un general. Así pues, a una joven le das un ministerio y ya se cree catedrática de cosa tan propia y ajena como es la lengua de muchos millones de hispanohablantes.

No parece que a la Bibi (la Aído, no el transexual o transexuala o transexualo) sus años de Facultad le hayan facultado para discernir que en cosas del lenguaje prima la evolución natural sobre las mutaciones a golpe de decretazo, por mucha sonrisa y golpe de melena con que se aderece.

Si el neutro tiene la misma terminación que el masculino, ¡pues qué le vamos a hacer! Todos lo entendemos o debo decir entendíamos, porque con este hablar panoli y achocholinado en el que hay que decir vecinos y vecinas, ciudadanos y ciudadanas para ir con los tiempos que la Aído quiere imponer, uno se pierde el discurso.

Pero lo que nuestra Ministra de Igualdad, que confunde sexualidad y género gramatical, no ha tenido en cuenta es que los hombres, además de bárbaros y crueles, algunos, también tenemos nuestro corazoncito, y nos sentimos relegados cuando no estamos presentes en el lenguaje. Tenemos el mismo derecho que las congéneres de la Aído a reivindicar a estar presentes en el lenguaje cuando el neutro coincide con el femenino.

Así ocurre con quienes juegan al tenis. El reciente campeón de Wimbledon, Rafael Nadal, debería reivindicar ser calificado como “tenisto” y no tenista.

¿Por qué Aído nos dice que vecinos supone una falta de consideración y un oprobio para las vecinas y tenistas no lo es para los jugadores de tenis? ¿No se ha creado el término modisto a partir del de modista?

Lo mismo ocurre para los ciclistas. Ellas estarán contentas, pero los hombres se sentirán discriminados y un tanto violentados, y deberían ser llamados ciclistos.

Los piragüistos también se sumarán a esta reivindicación, así como los baloncestistos, futbolistos, balonmanistos, waterpolistos, y los manomanistos, kayakistos y motoristos. Y nuestros mejores atletos solicitarán ser reconocidos como deportistos de elite.

De los árbitros no tengo nada que decir. Eso sí, cuando algún plumilla o plumillo quiera buscar sinónimos evitando la cansina reiteración y decida llamarles trencillas, deberá modificar su jerga para ellos y llamarles trencillos. Mismamente habrá periodistos y periodistas deportivos y deportivas.

Pero la lista de modificaciones prevista en el deporte parece interminable. A los medallistos y plusmarquistos habrá que sumarle todos los seguidores de los equipos deportivos. Desde racinguistos a sportinguistos sin olvidar a madridistos y barcelonistos.

Igual para oviedistos y cadistos, o sevillistos, rayistos y valencianistos, pasando por osasunistos, deportivistos, españolistos y celtistos. Y supongo que getafistos.

Y si ellas gustan de ser alonsistas, nadalistas y gasolistas, ellos reivindicarán ser llamados alonsistos, nadalistos y gasolistos.

Y quienes celebren los éxitos de su equipo deberán ser catalogados como juerguistas y juerguistos, que para eso la igualdad debe llegar a todas partes y a todas las condiciones.

Quien quiera que haya visto uno de esos escritos desdoblados con el repelente “ciudadanos y ciudadanas” se habrá apercibido de que esta jeringonza se convierte en un galimatías de complicada lectura y nula comprensibilidad.

Señá Ministra, su cruzada está como usted: muy bonita pero sin cabeza. Póngase usted la miembra donde le corresponde, y déjenos a los ciudadanos (todos y todas) con nuestro lenguaje milenario, que hasta ahora no nos ha ido mal y nos vamos entendiendo.

Cuando le asalten las calores del sensacionalismo feminista en el lenguaje (hay feministos y antisexistos, por supuesto), párese usted a pensar por qué cuando algo le gusta usted misma dice que eso está “COJONUDO” y cuando le disgusta usted misma dice que eso es un “COÑAZO”.

Eso sí es discriminación sexista y subliminal en el lenguaje. Pero para verlo hay que ser lista y no haberse aído.

Finalizo mí, más que dardo, flechazo amoroso hacia la Ministra, echando un capote al proponente y futurista artículo de mi buen amigo Juan Puñetas: a lo mejor soy pedante sin proponérmelo por la autocita, pero el artículo que aquí rescato viene muy a cuento.

Ahí, señá Ministra zapateril es donde debe usted meter su tijera sexista. Pero me temo que la interrelación e interdisciplinariedad entre Ministerios es tema tabú y utópico a la par, por lo que se va usted a quedar fuera de juego, que es por donde pasa usted el rato (o rata).