CUALQUIER SISTEMA democrático alberga reductos donde no sólo se permite un absolutismo voraz sino que en ellos esa es la única forma de triunfar. Sólo puede primar una opinión, siendo lícito que quien ejerce la autoridad se rija por criterios personales.

Uno de estos reductos es el militar. Otro es el deportivo en su apartado técnico. Si el mister ordena a alguien jugar por la banda, ese individuo tiene que jugar por la banda. Luego ya tendrá opción de no volver por los entrenamientos gracias al sistema democrático en el que se halla instalado el minimundo deportivo. En el ámbito militar existe lo que se llama “obediencia debida”, un eximente de la propia responsabilidad.

En un mundo marginal al deportivo, imbuido de un cierto aire militarón y de una unción a medio camino entre lo espiritual y lo anímico y emocional se cobija un mundillo que trataré de dibujar: son legión las personas que acuden a los gimnasios de esas artes marciales autodenominadas tradicionales.

Es habitual encontrarse solo en una de nuestras ciudades a pesar de la superpoblación que las envuelve. Existe un vacío que algunos tratan de llenar participando en un abanico de actividades (no sólo deportivas). Como dictan el manual del buen urbanita y la biblia del paleto rural —habitantes del siglo XXI— la mayor parte de estas personas tienen una vida vacía.

En estas artes marciales tradicionales (me he movido en el submundo del karate) es común encontrarse un entrenador omnisciente: su sabiduría marcial es indiscutible, sus postulados marciales son incuestionables.

Este entrenador es tratado como “maestro”, sobre el que pende un cierto aura de infalibilidad. Se rodea este maestro santón de una guardia de corps que son los alumnos más antiguos, primeros kyus y cintos negros.

Entre ellos encontramos la figurilla del senpai, que es el hombre de confianza del maestro santón. Suele este senpai saber tanto o más que el santón. Tiene con los seguidores del estilo o escuela marcial un trato directo y a veces intermediador. También puede ocurrir que el maestro sea maestrillo y aún no disponga de esa cohorte. Pero la irá creando, pues esta escrito que todo proyecto de maestro aspire a ser santón.

Entre esta elite de elegidos y los novatos que se incorporan en masa con cada nueva temporada está el grueso de los alumnos (que no deportistas, nótese la diferencia), conformado como decía por gentes vacías de espíritu que han decidido seguir las enseñanzas (marciales) del maestro, sin reflexionar que éste es humano y puede equivocarse.

No es usual que de este nutrido grupo de seguidores formen parte personas con criterio personal, que tienen clara su función en la vida. Si alguna de estas personas cayera en una de estas redes huirá del gimnasio (dojo) en cualquier momento. Pero la capacidad de discernir adecuadamente cada vez abunda menos en nuestra sociedad, cortada por un mismo patrón ovinizado, manso y dócil.

Ahora bien, si por cualquier motivo alguien con dignidad propia decidiera permanecer el suficiente tiempo entre estas gentes plegadizas y acartonadas no hay duda de que acabará siendo un zombi-ka más. Y es que la presión que ejerce el grupo no es nada desdeñable. Uno puede acabar claudicando simplemente por no llevar la contraria y guardar sintonía con el resto de condiscípulos.

Centrándonos en la figura del maestro santón veremos a un tipo que ha interiorizado las enseñanzas del sensei gurú, quien le transmitió a él las enseñanzas sobre las artes marciales. Es el caso del karate (y de otras) que, desprovisto de su componente marcial original, ha quedado reducido a una suerte de ejercicios gimnásticos vigorosos que se repiten hasta el aburrimiento con los que se le saca el dinero a la gente.

Quien se inicia debe pagar una matrícula, el primer mes, una licencia federativa, un seguro deportivo, comprar un atuendo diferente para cada arte marcial —muchas veces es inducido para comprárselo al sensei o/y en la tienda del dojo—, y además ha de comportarse como si de un idiota se tratara.

Anda por el dojo dispensando más saludos que un soldado en el cuartel del alto mando: cada vez que entra a la sala de entrenamiento (tatami), cada vez que se dirige al santón, cuando practica con un compañero, cuando sale del tatami a hacer un pis no sin antes pedir permiso… Sólo que aquí debe doblarse por la cintura en un gesto que en el contexto de la sociedad japonesa podrá tener un significado, pero que en nuestra sociedad occidental (democrática e igualitaria) es un gesto de sumisión.

Cómo será la fuerza que ejerce el grupo que le dicen al neófito que debe mirarse sus propios pies cuando saluda al santón del gimnasio y que nunca debe mirarle a los ojos, y consiguen que esto lo haga incluso quien se niega a inclinarse ante una bandera o un altar. Y encima le hacen sentir orgulloso de su disciplina oriental al muy memo.

De ahí a la idolatría y a una suerte de obediencia debida —aceptando incluso que te reprendan en público sin asomo de indignación— se pasa tras haber perdido el sentido del ridículo. Se ve todo muy normal: es cuestión de tiempo y dejar que el entorno te condicione.

Luego llega algo que llaman los derechos de examen y que hay que abonar aparte. Tras estar pagando religiosamente todos los meses, el santón examina a los novatos y deben apoquinar otro montante por un examen que todos sabemos que van a aprobar. Es una de las reglas de oro de las artes marciales: todos los alumnos aprueban los primeros cinturones para que no abandonen esta red de hacer dinero desanimados por su fracaso.

En el caso de los niños la cosa es aún más sangrante, pues pueden tirarse todo un año para al final de la temporada examinarles de ¡medio cinturón!. Entre el blanco y el amarillo estos semidioses del tatami han institucionalizado el cinturón blanco-amarillo o el amarillo-naranja, y ya hay quienes van dando rayitas entre cinturones y medios cinturones.

Todo forma parte del negocio del karate (y otras artes marciales), actividad que además tiene escasa utilidad práctica en la vida real. Existen otras artes marciales que si forman al individuo en los secretos de la autodefensa.

Cuando los exámenes son para cinturones más avanzados entonces aparece el sensei gurú a realizarlos, y no cuestan poco dinero precisamente. Aquí los acólitos ya están enganchados, y se les puede suspender por mover un pie en mitad de un kata (que es una suerte de coreografía con gestos que simulan ataques y defensas inexistentes).

A pesar de ser cateados por una nimiedad seguirán entrenando y volverán a pagar por los próximos derechos de examen. El pedigrí del siguiente cinturón les abduce. Ganarán un rango más en el escalafón del dojo. Y siempre es agradable estar un peldaño más arriba en la pirámide. De hecho ganan puestos en la fila que forman, cual párvulos, al comienzo y al final de los entrenamientos. Y cuando viene el gurú hasta les permiten ir a cenar con él… pagándose su propia cena y escotando para pagar la del gurú, por supuesto.

Otro día hablaré de este sensei gurú, que se ha rodeado de una cohorte de discípulos avanzados, regentes de sus propios dojos que engrandecen al patriarca.

19 de junio de 2009
¡¡Felicidades, Txiki!!