LA SEMANA que viene, el lunes, estaremos a día 28 de diciembre y con él vuelve (en España) la tradición de gastar inocentadas. Algunas se convierten en bromas clásicas y otras acaban siendo verdaderas bromas pesadas. Valorar esto último es cuestión de medida, de puntos de vista y de capacidad de aguante.

Complicada tarea habida cuenta de que no es fácil medir una broma en los límites que en los que la gracia puede pasar de castaño oscuro. Lo más curioso (e insensato) es que la prensa deportivesca se ha sumado a esta costumbre popular.

Hace años —la mayoría de los que hoy puedan leer estas líneas no habían nacido— algún diario hizo una gracia intercalando una broma noticiada en tan nefando día (no olvidemos que en tal fecha —y según la tradición— se conmemora la hecatombe por la que se pasaron a degüello todos los bebés y niños menores de dos años de una determinada población).

En aquella primera ocasión la broma no era la noticia falsa en sí, sino utilizar un medio de comunicación de masas para hacer eco a una costumbre popular.

La falsedad de aquella noticia era claramente manifiesta, y provocaba la hilaridad de los lectores. No pasaba de ser una forma de recordarles que estaban en el día que en España llamamos de los santos inocentes (no en todos los países esto de las bromas se corresponde con el 28 de diciembre).

Tras una exagerada y contranatural sofisticación se ha llegado al hábito actual donde hasta la prensa más seria inserta una noticia falsa el citado día (el próximo lunes). Y se quedan tan anchos, sin tan siquiera advertir en la portada de que una de las noticias es falsa, y en muchos casos sin dar el desmentido al día siguiente como mal menor, a modo de fe de erratas. En cuanto a la frívola prensa deportiva la broma alcanza niveles de confusión entre los aficionados.

En el momento actual, plagado de publicaciones diarias en papel y online, esta costumbre se me antoja cuando menos contraria a lo que la prensa y los periodistas se afanan en defender y demostrar día a día, a saber, que su trabajo de informadores es “sagrado” (al menos en boca de algunos).

Invocan ufanos cinco años de carrera como si ello les convirtiera en autoridad. Otras veces enarbolan derechos tales que el derecho a la información y el derecho a la libre expresión. Pero no dudan en tirar tan sacratísimos derechos a la basura en un día tan anodino como el 28 de diciembre.

Se ha perdido el objetivo de la broma franca y se busca dar la campanada tratando de engañar de la manera más rebuscada a los incautos (que somos todos). Utilizan para esta falsa noticia el mejor estilo periodístico de que puedan ser capaces, incluso recurren a complejos montajes fotográficos a fin de camuflar y disipar cualquier ápice de inconexión.

Obvia decir a estas alturas que no comparto semejante gusto por este engaño público rayano en el fraude aunque sólo sea por el empeño que se pone en ello. Entre la prensa deportivesca da la sensación de haberse establecido una espiral ascendente por ver quien engaña a mayor número de (sus) lectores haciendo la bufonada más creíble.

Quizá dentro de 50 ó 100 años alguien podría investigar en las hemerotecas y toparse con una de estas elaboradas inocentadas y dar credibilidad a lo leído. Máxime si con el paso de esos años se ha perdido la perspectiva de qué era qué y quién era quién, posiblemente porque ese sea el objeto de la futura investigación.

Pensemos a la inversa, en que hoy se investigara en las hemerotecas de los años veinte del siglo pasado o incluso en años anteriores y alguien se “comiera” una de estas inocentadas impresas. Pero tranquilos, en aquella época sí tenían un acertado concepto sacral del periodismo.

24 de diciembre de 2009