((Viene de la semana anterior…))

GUSTAN ESTOS elementos (el ciclista dominguero) de recrearse en aquella ajada metáfora de la serpiente multicolor por lo que en ocasiones se estiran y hacen carreras entre ellos, tratando de poner en práctica eso que llaman relevarse, como en las contrarrelojes por equipos. Van echando el bofe por la boca, expuestos cuando menos a una galopante taquicardia. Pero lo que es peor, cuando van a sobrepasarse ninguno se toma la molestia de señalizar la maniobra con el brazo. El que venga detrás que lo adivine y que frene, que para eso las carreteras se hicieron para los bicicleteros de los domingos.

¿Alguien ha visto alguna vez a estos panolis deteniéndose en una rotonda para dejar paso a los vehículos que ya están en ella? ¿Alguien les ha visto alguna vez sacando el brazo para girar a la izquierda? Como mucho miran para atrás y calculan el momento del cruce… eso sí, sin tener que echar el pie a tierra, no vaya a ser que la demora les rompa la media cronometrada.

El caso es que estos tipos no van a ninguna parte ni tienen prisa por llegar allí, ni siquiera están preparando su organismo para rendir en esfuerzo físico alguno. Se declaran amantes del ciclismo, que no de la bicicleta, pero le meten a la cerveza refrescante en los día de calor lo mismo que al kalimotxo.

Todos no, no señor, pero yo los he visto en los meses de verano consumir bebidas alcohólicas de ese calibre y luego subirse a la bicicleta tan panchos. Si no hay más desgracias es porque los que vamos en coche nos esperamos cualquier cosa de estos remedo de ciclistas. No se escandalicen, que en los partidillos semanales sobre el campo de fútbol a lo ancho también hay muchos que emulan la Champions.

Luego tenemos a “el cabra”, ese idiota que va haciendo cabriolas por la ciudad con su maquina de dos ruedas. Sus caballitos duran cincuenta metros como poco, frena de golpe sobre la rueda delantera para quedarse en vilo sobre ella y girar bruscamente la parte trasera sin mirar si le sopla un coletazo a un viandante. Gustan estos idiotas de aproximarse en silencio a una persona y clavar los frenos con gran estrépito, cuando no adornarse con una derrapadita, con el objetivo de sobresaltar al incauto.

Son capaces de circular entre la puesta y la salida del sol sin luz ninguna que los señalice. Total, ¡ellos ven perfectamente con el alumbrado público! Los hay que circulan por parques y jardines, medianas y aceras, y atraviesan raudos por los pasos de peatones. ¿Creerán que el conductor de un automóvil puede calcular que un cabra de estos va a atravesar la calle saltando como una centella desde la acera?

Si no fuera porque ya no hay circos éste anormal sería un candidato a mostrar sus habilidades en la pista… Aunque ahora que lo pienso, quizá los circos hayan desaparecido porque vemos payasos como estos a todas horas en cualquier esquina. Lo raro y difícil se nos ha hecho cotidiano —no hay más que ver esos parques de skateboarding— aunque justo es reconocer que se precisan atléticas dosis de equilibrio y habilidad para hacer el indio por las calles de la ciudad.

¿Acabará siendo xenófobo decir “hacer el indio” o “te engañaron como a un chino” ? Si dices “ese negro” o aludes a “Santiago Matamoros” te cae encima la hipocresía de moda.

A renglón seguido de estos ignorantes clasificamos a los que hacen rutas de montaña… domingueros también —¡vaya por dios!—. Es el ciclista de ocio que al fin y al cabo cuando transitan por caminos forestales no interfieren en el deseable fluir del tráfico. Sí acostumbran el domingo temprano a ir en grupito por las aceras llamando al timbre de los colegas que se han rezagado. Se les da una higa si van molestando a los peatones. Pero ya digo, van en grupo y sabido es que uno en manada adquiere derechos de los que en solitario carece.

Una vez increpé a tres de estos mentecatos pues faltó un tris para llevarse por delante a una anciana —sí, algunos también usamos las aceras los domingos por la mañana—: “¿no estáis ya bastante creciditos para andar por las aceras con la bici?”, se me ocurrió preguntarles con toda la candidez de que fui capaz…

De no haberles echo frente me hubieran comido pues ya sabemos que los cobardes se crecen cuando van en grupo. Pero algo en mi mirada y en mi 1′90m debió de avisarles de que este horno de bollos no se iba a abrir. ¡Cómo lo disfrutó aquella buena mujer! Diría que se dio por satisfecha tras el susto que se llevó.

Pues la semana que viene acabamos…, jolín.

28 de enero de 2010