SABOREÁBAMOS NUESTRAS cervezas en El Abrevadero, cada cual enfrascado en sus lecturas —unos hojeaban la prensa deportivesca, otros (a través del wi-fi) navegaban por blogs deportivescos, algunos ojeaban alguna revista (deportivesca también), y el resto visionábamos una cadena deportivesca, de esas cuyos comentaristas deberían trabajar amordazados— cuando Pancho alzó la voz.

—¿¡Pero este tío de qué va!?

—¿Qué te pasa, hijo, que nos sobresaltas a toos de aquela manera? —era el tío Pachu que reprendía así la salida extemporánea y estentórea del chaval.

—Este político represor… Sólo busca fama pidiendo que le bajen la prima a ‘la roja’.

—En mi opinión, tanto que se les llena la boca diciendo que se sienten orgullosos de representar a España (cosa que no hacen), deberían pagar por ir al campeonato del mundo.

—Ya…, claro. Son profesionales, tío Pachu. Tienen que cobrar.

—Humm… Pa’ mí que eso de mezclar pasión y profesión lo haicen pa’ sacar más tajada.

—¿Qué quiere usted decir?

—Pues que alegan una representación que no tienen, y en este país de oveyas, donde cualquier chiquilicuatre puede acabar de ministra con tal que siga al castrón que va delante sin desmarcarse, eso acaba tomando cuerpo.

—Mira Pancho —era Francisco quien hablaba ahora— ni siquiera el Príncipe de Asturias representa a España. Cada vez que acude a la toma de posesión de un presidente en el extranjero, el Congreso de los Diputados ha de promulgar un real decreto por el cual se le habilita a ir allí “en representación de España”. Así se hizo recientemente para las tomas de posesión de los presidentes electos de Uruguay y Chile.

—No entiendo qué me quieres decir…

—Pues muy sencillo. Que en un estado democrático, para representar al país, hay que haber pasado por las urnas. Y a estos millonarios en pantaloncitos nadie les ha elegido.

—¡Hombre, sí! Les ha elegido el seleccionador nacional.

—Ya…, pero es que a ese señor nadie le ha elegido, y no me digas que lo ha elegido el presidente de la federación, porque ese no ha sido elegido por sufragio universal, sino por los miembros de la federación con derecho a voto. Esto es así porque se trata de una entidad privada.

—¿Y qué pasa porque sea una entidad privada? Ellos representan a España porque son los mejores que tiene España.

—Ni siquiera representan a la federación, que quien la representa es su presidente. Pero ya deberías saber la diferencia entre lo público y lo privado.

—Pues sí… —pero Pancho pareció dudar—, es evidente, ¿no?

—No para ti, zagal —volvió a intervenir el tío Pachu—. Lo distingues como haces con una pera y una manzana, pero no distinguirías un manzano de un peral.

Pancho quedó callado, mirando con los ojos abiertos como si aguardara la intervención de una fuerza superior que le sacara de la que le estaba cayendo.

—Mira, Pancho, lo privado somos cada uno de nosotros, individualmente o agrupados en partidos políticos, clubes, federaciones, asociaciones, sindicatos, fundaciones… o cooperativas o empresas.

—Hasta ahí llego. No soy tonto.

—Lo público somos todos: ayuntamientos con sus concejalías, gobiernos autonómicos con sus consejerías, y gobierno de la nación con sus ministerios, además de otros entes de gestión. Y el país entero como nación, donde una serie de personas privadas asumen la representación de todos. Esas personas se organizan en partidos políticos para optar a ostentar la representación pública, ya sea del municipio, de la región o del país.

—Pero, Pancho, muchacho, esas personas deben pasar por un sufragio universal, igual, libre y directo. ¿Me dejo algo, Francisco?

—No creo, tío Pachu. Sólo que el sufragio es secreto.

Pancho se revolvió inquieto. Le estaban dando gratis una clase magistral de Principios de Gestión Administrativa Pública.

—El deporte es una iniciativa privada, y así debe seguir, sin intromisión de los poderes públicos. Tan sólo les competen labores de tutela y promoción, pero en lo que se ha venido a llamar deporte para todos. No en el deporte profesional, que debería regirse a través de empresas y no de federaciones cuya finalidad siempre fue gestionar el deporte aficionado.

—La constitución española viene a decir que la representación del país no la hace ninguna familia o persona, sino los cargos públicos. Y por lo tanto ninguna entidad privada, aunque sea una federación deportiva.

—Pero la mayoría entiende y acepta que ‘la roja’ representa a España y a todos los españoles.

—De algo que diga o acepte la mayoría sólo podemos saber que lo dice la mayoría, no que sea verdad. Es falso aquel adagio de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad; a lo más que puede aspirar es a convertirse en opinión pública. Nada garantiza que lo que dice la mayoría es verdad.

Pancho callaba, como pensando pero sin entender aún el alcance del repaso que estaba recibiendo.

—Si lo que dices fuera formalmente válido, cualquiera puede crear un torneíllo de tres al cuarto, organizar los equipos por jugadores empadronados en cada municipio, y con éstas obligar a un ayuntamiento a colaborar económicamente enarbolando el sofisma de que los participantes “representan” al municipio.

—¿Ves, Panchito, cómo sí diferencias entre lo público y lo privado, pero no entre lo político y lo deportivo? Es lo que te decía de las manzanas y las peras.

10 de junio de 2010