HE DE RECONOCER que de fútbol entiendo poco. Y cuando digo “entender de fútbol” me refiero a entender del juego, no del circo que se monta alrededor. Ahí entiendo tanto o más que los miles de blogueros y millones de comentaristas que han dejado en Internet opiniones a cual más absurda sobre la Copa del Mundo de fútbol celebrada en Sudáfrica, sobre la final y sobre el campeón.

Son legión quienes han confundido el éxito de la selección de la RFEF con el éxito del país. Lo más irónico es que quienes pretendían zanjar polémicas políticas ajenas al deporte utilizaban el propio hecho deportivo para despacharlas. El comentarista de la final en Canal Pus cayó en el mismo error cuando los jugadores se disponían a saltar al terreno de juego.

La selección, eso que el populacho llama la roja (me niego a usar la mayúscula hasta que la RAE obligue a ello), no es de todos: es de la RFEF. Es algo indiscutible: el movimiento deportivo es un hecho de índole privada.

Los países del Tercer Mundo, necesitados de proclamas que cohesionen al pueblo a fin de olvidar sus penurias diarias, siempre han utilizado la bandera del país para envolver a un campeón. También arroparon a sus compatriotas con el trapo nacional las potencias mundiales durante la Guerra Fría, utilizando el deporte como escaparate y altavoz por motivos sobradamente conocidos.

Durante esta sexta temporada de El espectador (antes Aguja de Bitácora) lo he dicho en múltiples ocasiones: las fronteras del deporte, las fronteras que circunscriben a las federaciones deportivas (nacionales, regionales, provinciales) son fronteras administrativas, no fronteras políticas. Ocurre que en el 98% de los casos ambas fronteras coinciden, pero estos números no alteran la realidad.

He observado estos días que cuando al forofo se le patentiza este veraz argumento desvía su disertación hacia aspectos tan intangibles como la alegría y el entusiasmo generados en la población o los vínculos entre españoles que ha creado la supuesta victoria nacional.

El lenguaje coloquial que utiliza ese aficionado, utilizando continuamente el tropo “España” por “selección de la RFEF”, incita al error, y se encuentran comentarios en Internet que han devenido en piques. Hubo quien ha criticado el juego reservón de la selección de la RFEF utilizando la palabra “España” para referirse a ella, y no hizo falta más para que saltaran los nacionalismos entre hispanoamericanos y los regionalismos entre españoles.

La selección de la RFEF no representa a España como la selección de la AFA no representa a Argentina ni la selección de la KNVB representa a Holanda. La FIFA reconoce 208 federaciones y el mundo tiene algún país menos reconocido por Naciones Unidas. Como queda dicho, la FIFA aglutina federaciones circunscritas por fronteras administrativas, que no políticas.

Por idénticos motivos (mensaje para los regionalistas españoles), ni la selección de la federación catalana de fútbol representa a Cataluña ni la selección de la federación vasca de fútbol representa al País Vasco ni la selección de la federación gallega de fútbol representa a Galicia por muchos manifiestos que los dirigentes políticos suscriban por la ya cansina oficialidad. Quien pretenda que esas selecciones sean reconocidas por la UEFA y por ende por la FIFA harían bien en repasar con detalle este artículo dialogado.

Alcanzado este punto, lo obvio y los aspectos legales, dejando aparte sentimentalismos nostálgicos, patrioterismos baratos y furibundos debates nacionalistas, daré mi opinión sobre este éxito deportivo de un grupito de millonarios.

De la Copa del Mundo futbolera sólo he visto la final. Sobre los demás partidos he seguido las crónicas interneteras de los diarios más prestigiosos del país (la prensa deportivesca de este país, por forofa, interesada y sensacionalista, está lejos de gozar de prestigio). Ya he dejado constancia en un post de lo que me ha parecido el partido de la final: fue preciso que expulsaran a un holandés para que los chicos de Vicente y de Ángel Mari metieran un gol.

Con el forofo, con el que sigue a la roja con tres rayas pintadas en la cara, con el que confunde patriotismo y patrioterismo (o que simplemente no conoce la diferencia entre ambos conceptos), con el apasionado, con el talibán futbolero, declino razonar porque esta gente, en su fundamentalismo, niega la razón.

Pero al aficionado al fútbol, al fútbol espectáculo, sea de donde sea, el juego de la roja no le ha entusiasmado. La selección de la RFEF no ha logrado convertirse en el segundo equipo que tiene todo buen aficionado.

Permítaseme un símil sin salir del ámbito del deporte profesional. En boxeo hay grandes campeones que levantan pasiones y concitan adeptos por su estilo, por su escenificación, por ser aguerridos, por vaciarse en su labor… Y hay otros buenos campeones que no hacen ni fu ni fa.

Se reconoce el mérito de estos últimos, pero no encandilan al aficionado, salvo a sus allegados (familiares, paisanos, compatriotas). Los hay que incluso limpian la categoría y han de subir de peso, pero que nunca cotizarán grandes bolsas porque su estilo no atrae al aficionado, su boxeo no entusiasma. Esto suele ocurrir con quienes mantienen un estilo reservón, que no dan juego, que no brillan al borde del abismo, ese que separa la victoria de la derrota. Sencillamente se limitan a ser correctos.

Existe en el mundo anglosajón un concepto poco desarrollado en el mundo latino: el campeón cenicienta . Aquél que llega a una final contra pronóstico y se va a enfrentar al gran campeón, ese contra el que nadie apuesta. Es un perdedor, un loser, pero se encuentra en una posición en la que no tiene nada que perder y sí mucho que ganar. Esa noche se vacía, lucha contra molinos de viento, agoniza, y gana.

El cine ha sabido encarnar esta realidad:

  • “Campeón” (la obra maestra original The Champ de 1931 y su remake de 1979), donde el protagonista es un loser, un perdedor
  • la saga de “Rocky”, donde Balboa, a pesar de alcanzar el campeonato, se nos presenta en cada película como una cenicienta enfrentándose a seres superiores a él
  • y un filme biográfico, precisamente titulado “Cinderella Man”, la vida de Jim Braddock

Para completar el proceso la cenicenta debe ganar, superarse a sí mismo y sobreponerse a las adversidades. Su victoria supondrá un hito épico, habrá un antes y un después de ese día, y el público reconocerá los méritos del nuevo campeón.

A la selección de la RFEF no le ha ocurrido nada de esto. Cierto que tradicionalmente era una selección loser, pero acudió al mundial con la vitola de favorita y en el momento de consagrar su gesta épica lo hizo ante un rival de menor entidad. Habría sido diferente que la final les hubiera enfrentado a uno de los finalistas clásicos: Alemania, Argentina, Brasil, Francia, Italia… Sin embargo en este campeonato los clásicos dieron, desde el principio, la sensación de estar por debajo de su rendimiento habitual.

Cierto que los chicos de la roja no tienen culpa de que estas escuadras no llegaran a Sudáfrica en óptimas condiciones, pero el juego que desplegaron tampoco ha sido brillante, arrollador… Sus victorias tras la fase de grupos se saldaron todas por la mínima… Un único y lastimero gol les ha dado cuatro victorias consecutivas. Su juego horizontal aburre a quien pretenda descubrir el fútbol. Si quisiéramos aficionar a un amigo al rugby no le mostraríamos un partido táctico sin alternativas en el marcador y en el que la victoria se consigue por 3 a 0 tras un tiro a palos. Sin emoción no hay espectáculo y sin espectáculo el deporte profesional se convierte en una mera actividad económica.

Vuelvo y repito: no quiero hablar con el talibán futbolero. Quizá a él le palpitara la almeja cada vez que uno de los millonarios de la roja daba un pase hacia delante, o quizá estuviera al borde del colapso cada vez que los rivales se internaban en dirección al área patria, pero el resultado ha sido pobre, aburrido, aunque los “rojos” dominaran a la perfección los rudimentos de su deporte.

Resumiendo: ni los muchachitos de la RFEF protagonizaron un momento épico enfrentándose a un rival superior (en realidad los holandeses eran el underdog ), ni su juego plano ha encandilado al aficionado al fútbol. Ganar sí que han ganado. Y puede que sigan haciéndolo varios años. Pero espectáculo no han dado salvo para quien ha decidido ponerse la venda de la pasión delante de los ojos de la razón.

15 de julio de 2010