CUANDO AL Presidente Zapatero le patinó la lengua (diría que hasta el cerebro) y claudicó ante las “presiones” de un personaje de la pírrica talla de Emilio Sánchez Vicario, y anunció para sorpresa de propios y extraños que crearía un ministerio para el deporte, se dio el pistoletazo de salida para una carrera de la que sólo hemos sido conscientes de unos pocos ramalazos.
Jaime Lissavetzky, el protagonista de jaimitadas como la Operación Puerto o el revolcón administrativo que le dio la RFEF con motivo de las elecciones federativas, o el viaje in extremis a Japón —con parienta incluida— di que para “animar” a la selección de profesionales de la federación de baloncesto, se postuló como futuro ministro.
Aunque lo justo es decir que lo postularon personalidades del mundejo deportivo, desde el carca de Samaranch —que mejor haría en cerrar la boca y aceptar que su tiempo ha pasado—, hasta los chicos de deportes de la FEMP (ver editorial en pág. 5), pasando por el insufrible Alejandro Blanco (ver confidencial en pág. 40), el gallego del COE que quiso cambiar el himno de todos los españoles por capricho personal.
Muy mediáticos todos ellos, cada cual buscaba ubicarse en la pole de esta carrera. Incluso se llegaron a repartir ascensos en el CSD. Tú allí y yo acullá. Todos se felicitaban porque el pastel, inmenso, daba para muchas familias de allegados. Todos mejoraban su estatus y su sueldo, las dos únicas cosas que permiten ir por la vida de magnificente, aunque no aseguran llevar la cerviz erguida y las caderas empacadas.
En el baile que siguió a las manifestaciones extemporáneas del presidente todos movieron sus culos pompeados porque sabido era que quienes promocionarían dejarían huecos que rellenar en sus gabinetes.
La ecuación la entiende cualquier chaval avispado. Si don Jaime asciende a los cielos de un ministerio y el CSD deja de ser una Secretaría de Estado, las actuales Direcciones Generales del CSD serían unívocamente encumbradas a Secretarías de Estado y así se jalaría del hilo del organigrama como que de una ristra de chorizos se trata.
No sólo de trepar en el escalafón se trataba, sino que se dio por sentado que se precisarían nuevos departamentos, representaciones y comisiones que en el actual tejido administrativo no pueden darse por estar los ejecutivos del deporte encajados en un ministerio.
Quien más quien menos tiene algún pariente próximo, como es el caso de Samaranch padre, que seguro que no hubiera hecho asquitos a que Samaranch hijo heredara uno de esos puestitos cuasi-vitalicios en el malogrado ministerio del deporte. De ahí las lisonjas, la coba y el jabón al bonito, que no atún, de Lissavetzky.
Algunos alcaldes y concejales de deportes de municipios del cinturón metropolitano de Madrid, dada su proximidad a la teta madre, se contentaban con ser aupados aunque sólo fuera a las escalinatas del que fue por un tiempo futurible ministerio.
Y todos enviaron plácemes y parabienes a Jaime rey, digoooo ministrable, para que supiera que estaban ahí y contara con ellos. Todos tenían su proyectito con el que apuntalar la innecesaria necesidad de un ministerio del deporte. Algunos —cuentan— incluso enviaron su currículo como cooperantes en la comisión de deportes de la FEMP.
Algo tan trivial y tan banal como el deporte —juego y ejercicio físico— adquiría así el rango máximo en la Administración del Estado: un ministerio. Y todos se felicitaban por ello.
Pero a Zapatero, que ha perdido muchas neuronas desde que accedió al cargo, y con ellas también se ha ido dejando los reflejos por esos despachos de dios, debió llegarle el reproche de alguna musa.
Y ha salido del lance con cierta majestuosidad. Ha evitado quedar como un canalla que empeña su palabra y no la cumple, y no ha decepcionado a quienes bebían de las fuentes de la felicidad. Es un peldaño más —se dijeron—, pues estamos a un paso de conseguir el máximo gallardón, digoooo, galardón.
Pero, ¿y ahora qué, Pepeluí? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que toda esta blasfemia administrativa se mantiene en pie a la manera en que lo hacen los castillos de naipes?
Apostilla.—
¿Un ministerio del deporte en un país en el que los equipamientos deportivos móviles (principalmente porterías y canastas, pero también banquillos) siguen matando niños, por poner uno de tantos ejemplos que ilustran la palmaria incongruencia entre los éxitos de los ídolos deportivos y el día a día en la escuela y en el deporte base?
El niño del enlace de aquí arriba murió a los pocos días, como todos sabemos. Pero leemos en la noticia que uno de los responsables deportivos se apresuraba a decir tras el accidente: “Son banquillos móviles totalmente homologados”. ¿Pero homologados por quién y para qué? Solamente por el hecho de ser móviles ya son un peligro.
26 de mayo de 2009