Más historias de El Abrevadero

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EL ÚLTIMO artículo del Puñetas ha llevado (otra vez) el debate a mi pub favorito. En su comentario al maridaje artificial entre deporte y turismo, el Puñetas ha sido meridiano. Acostumbra a no esconderse y aquí ha vuelto a dar muestra del temple que dirige sus dedos sobre las teclas.

Su escrito ha levantado alguna que otra voz discrepante en El Abrevadero. Quico ha sido quien abrió el debate. He de decir que Quico quizá no sea del todo imparcial cuando da su opinión a este respecto.

Quico es comercial; uno de esos cuyo coche traga más kilómetros al cabo del año que un cohete espacial. Quico se dedica a la venta de menaje y maquinaria de hostelería. Y el turismo, directa e indirectamente, le ofrece más posibilidades de ventas. Es habitual verle con un clarete junto a la barra, dicharachero él, departiendo con todos y explicando su visión particular del acontecer diario. Aquí lo tenemos…

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“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Historias de El Abrevadero

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SON VARIOS los artículos en los que he hablado de El Abrevadero. Hay un lector entre el puñadito de fieles que siguen estas disquisiciones mías que me pide que cuente más historias de lo que ocurre en ese pub del pueblo. Y esta temporada como que me cuesta…

Allí también me leen —ya he dicho que Mari, el dueño, ha puesto wi-fi en todo el local— y cuando asomo por la puerta me recriminan, con razón, que me apropie de aquellos debates y conclusiones. Muchas aparecen como chascarrillos en el miniblog de esta bitácora.

Para satisfacer a ese lector fan de las historias de El Abrevadero, y para evitar que me lapiden allí cualquiera de estas tardes, iré introduciendo en este blog a sus parroquianos con nombre, foto y oficio a fin de representar algunas de aquellas tertulias.

Lo primero será mostrarles el lugar. Lo he hecho en artículos anteriores y a buen seguro más de uno aún guarda ciertos detalles en la memoria. Hoy les traigo una foto de la puerta para que vayan abriendo boca…

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“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Selecciones lingüísticas

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EN LOS miniposts de esta semana he criticado a Rafaelillo Nadal por unas declaraciones extemporáneas: «La religión es la mayor causa de mortalidad de la historia». Sus reflexiones llegan unos mil años tarde si a guerras se refiere el tenista.

Las últimas acciones bélicas en Oriente Medio no pueden considerarse motivadas por la religión. Sí quizá por intereses económicos, como se han ocupado de ocultar quienes la desencadenaron. De los tres lagartos que la promovieron otro lo hizo por recuperar un prestigio nacional perdido internacionalmente, y el tercero, el que nos representaba como españoles, por la vanidad de un prestigio personal.

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“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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 Apoteosis (fallida) final

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CUANDO AL Presidente Zapatero le patinó la lengua (diría que hasta el cerebro) y claudicó ante las “presiones” de un personaje de la pírrica talla de Emilio Sánchez Vicario, y anunció para sorpresa de propios y extraños que crearía un ministerio para el deporte, se dio el pistoletazo de salida para una carrera de la que sólo hemos sido conscientes de unos pocos ramalazos.

Jaime Lissavetzky, el protagonista de jaimitadas como la Operación Puerto o el revolcón administrativo que le dio la RFEF con motivo de las elecciones federativas, o el viaje in extremis a Japón —con parienta incluida— di que para “animar” a la selección de profesionales de la federación de baloncesto, se postuló como futuro ministro.

Aunque lo justo es decir que lo postularon personalidades del mundejo deportivo, desde el carca de Samaranch —que mejor haría en cerrar la boca y aceptar que su tiempo ha pasado—, hasta los chicos de deportes de la FEMP (ver editorial en pág. 5), pasando por el insufrible Alejandro Blanco (ver confidencial en pág. 40), el gallego del COE que quiso cambiar el himno de todos los españoles por capricho personal.

Muy mediáticos todos ellos, cada cual buscaba ubicarse en la pole de esta carrera. Incluso se llegaron a repartir ascensos en el CSD. Tú allí y yo acullá. Todos se felicitaban porque el pastel, inmenso, daba para muchas familias de allegados. Todos mejoraban su estatus y su sueldo, las dos únicas cosas que permiten ir por la vida de magnificente, aunque no aseguran llevar la cerviz erguida y las caderas empacadas.

En el baile que siguió a las manifestaciones extemporáneas del presidente todos movieron sus culos pompeados porque sabido era que quienes promocionarían dejarían huecos que rellenar en sus gabinetes.

La ecuación la entiende cualquier chaval avispado. Si don Jaime asciende a los cielos de un ministerio y el CSD deja de ser una Secretaría de Estado, las actuales Direcciones Generales del CSD serían unívocamente encumbradas a Secretarías de Estado y así se jalaría del hilo del organigrama como que de una ristra de chorizos se trata.

No sólo de trepar en el escalafón se trataba, sino que se dio por sentado que se precisarían nuevos departamentos, representaciones y comisiones que en el actual tejido administrativo no pueden darse por estar los ejecutivos del deporte encajados en un ministerio.

Quien más quien menos tiene algún pariente próximo, como es el caso de Samaranch padre, que seguro que no hubiera hecho asquitos a que Samaranch hijo heredara uno de esos puestitos cuasi-vitalicios en el malogrado ministerio del deporte. De ahí las lisonjas, la coba y el jabón al bonito, que no atún, de Lissavetzky.

Algunos alcaldes y concejales de deportes de municipios del cinturón metropolitano de Madrid, dada su proximidad a la teta madre, se contentaban con ser aupados aunque sólo fuera a las escalinatas del que fue por un tiempo futurible ministerio.

Y todos enviaron plácemes y parabienes a Jaime rey, digoooo ministrable, para que supiera que estaban ahí y contara con ellos. Todos tenían su proyectito con el que apuntalar la innecesaria necesidad de un ministerio del deporte. Algunos —cuentan— incluso enviaron su currículo como cooperantes en la comisión de deportes de la FEMP.

Algo tan trivial y tan banal como el deporte —juego y ejercicio físico— adquiría así el rango máximo en la Administración del Estado: un ministerio. Y todos se felicitaban por ello.

Pero a Zapatero, que ha perdido muchas neuronas desde que accedió al cargo, y con ellas también se ha ido dejando los reflejos por esos despachos de dios, debió llegarle el reproche de alguna musa.

Y ha salido del lance con cierta majestuosidad. Ha evitado quedar como un canalla que empeña su palabra y no la cumple, y no ha decepcionado a quienes bebían de las fuentes de la felicidad. Es un peldaño más —se dijeron—, pues estamos a un paso de conseguir el máximo gallardón, digoooo, galardón.

Pero, ¿y ahora qué, Pepeluí? ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que toda esta blasfemia administrativa se mantiene en pie a la manera en que lo hacen los castillos de naipes?

Apostilla.—

¿Un ministerio del deporte en un país en el que los equipamientos deportivos móviles (principalmente porterías y canastas, pero también banquillos) siguen matando niños, por poner uno de tantos ejemplos que ilustran la palmaria incongruencia entre los éxitos de los ídolos deportivos y el día a día en la escuela y en el deporte base?

El niño del enlace de aquí arriba murió a los pocos días, como todos sabemos. Pero leemos en la noticia que uno de los responsables deportivos se apresuraba a decir tras el accidente: “Son banquillos móviles totalmente homologados”. ¿Pero homologados por quién y para qué? Solamente por el hecho de ser móviles ya son un peligro.

26 de mayo de 2009

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 Quid pro quo deportivo

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EN EL último artículo hablaba de la anunciada retirada de Óscar de la Hoya. Haré referencia hoy a un latiguillo que se repite en el mundejo del deporte y que se recoge en el cuerpo de la noticia. Uno de los promotores de boxeo profesional, el multimillonario Bob Arum —uno de esos que se llevan la pasta mientras los púgiles se reparten las bofetadas—, ha dicho refiriéndose al autodenominado “Golden Boy” (extracto íntegro un párrafo de la noticia):

“Si esta es la última pelea de Oscar, entonces tenemos que recordar lo que hizo por el boxeo, por el deporte todos estos años”, subrayó Bob Arum en la conferencia de prensa posterior a la pelea frente a Pacquiao. “Si se retira, que Dios lo bendiga y deberíamos darle las gracias por lo que hizo por el boxeo”. (sic)

No deja de tener una gracia socarrona que Arum diga que el boxeo le debe algo a De la Hoya. En todo caso será él —Arum— quien le deba bastante a De la Hoya. Pero… ¿el boxeo? ¿Qué le debe el boxeo a De la Hoya?

La cosa puede parecer banal sobre todo a quienes el noble arte les trae sin cuidado. Pero pensemos en el microcosmos deportivo que nos rodea.

Una peña de petanca, por poner un deporte que apunta a ser olímpico, organiza torneos, participa en campeonatos provinciales y autonómicos, y trata de captar adeptos para que la cancha no esté vacía.

¿Qué hace esa peña de petanca por la petanca? Absolutamente nada. Lo que hacen no lo hacen por la petanca, sino por ellos mismos.

Se sirven de la petanca para ser organizadores de un par de torneos anuales, porque ello siempre da categoría dentro de la federación correspondiente. Además uno gana su punto de autoridad moral entre los clubes de su entorno, y adquiere un crédito en su área de influencia, sobre manera si permiten que el concejal de turno se retrate en la foto con los campeones del evento local.

Acudir a los campeonatos que organiza la federación a la que la peña está adscrita es algo que viene dado por el devenir deportivo. Participar en un campeonato es la condición sine qua non para poder ganarlo. Y si uno es campeón, individual, por parejas o por equipos, la sombra del prestigio propio se alarga. Otros se federan porque la competición de petanca les permite escapar de su rutina semanal, salir de su parque y hablar con gente diferente.

Atraer fieles a la cancha los días de juego se hace por el ego colectivo e individual. Siempre es menos desolador jugar una partida con público que con el jardinero del parque escarbando por allí. Pero que nadie ose saltar a la cancha para aprender a jugar, que entonces los patriarcas de la peña sienten que se les resta tiempo de práctica.

Óscar de la Hoya, Nadal, Alonso, Gasol, Casillas y Puyol, Tiger Woods, Lance Armstrong… —la lista es interminable— son profesionales que nada han hecho por sus respectivos deportes. Y nada hacen por promocionar su deporte. Todo está medido por la vara de la rentabilidad que pueden obtener (económicamente, en imagen y de otras índoles).

Es su deporte, o más bien el entorno de su deporte —o más precisamente las personas que conforman el entorno de su deporte—, quienes apoyándose en diferentes medios y formas de promoción deciden utilizar la imagen del campeón para promocionar el deporte que gestionan. Y lo hacen pensando en que ello les traerá nuevos réditos.

Todos estos personajes, desde los profesionales del deporte hasta los integrantes de la peña de petanca, sólo se mueven animados por su propia sed de gloria, para administrarla en su ámbito. Digamos que la promoción que recibe su deporte es un efecto colateral.

¿Quién promociona, pues, cada uno de los deportes?

Lo tengo claro: los entrenadores de base, cobren o no cobren una dieta a final de mes; los directivos de los clubes de base, quienes ponen su tiempo, dinero y esfuerzo que bien podrían estar dedicando a su familia. Con poca tecnificación y escasos recursos cuentan los entrenadores de base; de escasos recursos y ninguna ayuda disponen los directivos del club del pueblo o del barrio.

Luego nos vienen hablando de un Ministerio para el deporte… ¡Será un Ministerio para los deportistas profesionales…! Ya puestos, que hagan uno para los carpinteros profesionales, otro para los carniceros profesionales, otro para los mecánicos profesionales, y uno también para los panaderos profesionales.

5 de mayo de 2009

“Toda palabra dicha despierta una idea contraria” (Goethe)
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