La pitada más solemne
2
sociedad | historia | deporte profesional | deporte de elite | olimpismo | espectaculo deportivo
LA PITADA con que se recibió al rey y al himno nacional español en la pasada final de copa futbolera aún está fresca en la memoria de muchas personas, resentidas no se sabe bien contra qué o contra quién. Y además le ha costado el empleo a un puñado de profesionales.
La pitada que dispensó todo el estadio fue ensordecedora. Pero, ¿cómo denunciar o reprender a 60.000 almas en un estadio sin que ello acabe en una algarada peligrosa para la integridad de los propios aficionados?
Quien piense que cada deportista representa a su solar deberá explicar por qué no se escucharon los himnos de las comunidades autónomas en las que radican estos equipos profesionales, entidades privadas que principalmente participan en estos eventos para ganar una buena cantidad de dinero.
Y puesto que son entidades privadas —y con mucha solera— hubiera sido suficiente con los acordes de “Tot el camp” y “Athletic gorri ta zuria”, lo que sería más propio y a buen seguro coreado por las hinchadas.
En Francia, esta práctica de pitar los himnos —que empieza a ser percibida por el aficionado como una costumbre festiva— generó debate, y un cruce de reproches entre Monsieur Platini y Monsieur Laporte, el Lissavetzky galo.
— § —
Aún quedan carcas que creen que los atletas y los equipos deportivos representan a su país, región o ciudad. Esta imagen la arrastramos como residuo de los regímenes totalitaristas que rigieron en Europa allá por los años treinta del pasado siglo XX. Y aún quedan meapilas que piensan que el presente debe permanecer indeleble en el futuro.
A riesgo de parecer carca y meapilas sostengo que un himno nacional, como cualquier otro símbolo nacional, es sagrado, si es que esta palabra puede utilizarse en un contexto político-administrativo. Los himnos se compusieron para ser interpretados con motivo de ocasiones solemnes y no en frívolas manifestaciones festivas.
Vaya para tanto docto purista que exige silencio sepulcral ante los compases de su himno esta anécdota (cierta, por supuesto) que me recreé en relatar hace ya tres años y medio.
La solución pasa por eliminar los himnos de los escenarios deportivos. Un estadio no es el foro adecuado donde deba sonar un himno nacional, so pena de que sea pitado por algunas decenas de miles de aficionados que han acudido a disfrutar, reír y cantar en un espectáculo deportivo enmarcado en un ambiente festivo.
— § —
A comienzos del siglo XX los dirigentes deportivos usurparon estos símbolos de identidad nacional esperando llamar así la atención de los gobiernos y de sus dirigentes hacia sus esfuerzos. De hecho los JJOO no tuvieron peso en el ánimo de los estados hasta los Juegos de Berlín, en 1936. Había que ver al misógino de Coubertin peregrinando de gabinete en embajada, codeándose muy ufano con los diplomáticos, miembros en su mayoría de las noblezas europeas. En su Francia natal (otra vez Francia…) le prestaban escasa atención.
La idea primitiva —y accesoria— ha mudado, convirtiéndose en razón de ser para muchos ignorantes que creen saber pero que ante unas páginas de historia del deporte en el siglo XX hacen un mohín y rehúsan su lectura. Con su desconocimiento validan aquello de que una mentira mil veces repetida acaba siendo cierta…, bueno, en realidad podría acabar siendo creída, pero una mentira nunca será cierta.
Toda esta parafernalia de los himnos patrios es hoy en día algo anacrónico. La mayor parte son belicosos y cargados de odio, pues datan de una época en la que se vivía en guerra perpetua bien contra la metrópoli, bien contra los vecinos. Sirva para botón de muestra estas estrofas del himno cubano:
No temáis; los feroces iberos
son cobardes cual todo tirano
no resiste al brazo cubano
para siempre su imperio cayó.Cuba libre; ya España murió
su poder y orgullo do es ido […]
Pues, patriotero español, si quieres que respeten tu himno, cuando una selección de una federación española se mida con una selección de una federación cubana has de levantarte y respetar estas estrofas tragándote (o atragantándote con) ese orgullo patrio del que alardeas.
Y tanto dogmatismo almecenado para que luego te llegue un iluminado, y abusando de la posición que le otorga su cargo institucional, y sólo por capricho personal, monta un concurso populista para cambiarnos el himno a todos los españoles.
Señor Alejandro Blanco: el himno español es propiedad del pueblo español. Y nadie, ni rey, ni presidente de gobierno, ni siquiera los representantes del pueblo elegidos democráticamente, y mucho menos un particular como usted, tienen derecho a modificarlo. Cualquier variación deberá ser consultada —mediante referéndum— con el propietario: el pueblo español. Tenga por cierto que su propuesta hubiera sido igualmente pitada el día 13 del mes pasado.
Himnos patrios y deporte ligan como el agua y el aceite: con la agitación del momento. Una vez reposada, la idea se presenta como una astracanada.
2 de junio de 2009
http://www.elespectador.eu/2009/06/solemne-pitada/trackback/
(Goethe)
























