De los CARD a las Escuelas Deportivas
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«Queréis la fama, pero la fama cuesta. Y aquí es donde
vais a empezar a pagar… Con sudor» (Lydia Grant, “Fama”)
HACE UN PAR de semanas, ojeando (y hojeando) revistas atrasadas en mi pub favorito, El Abrevadero, cayó en mis manos un ejemplar de Interviú, el número 1.683 correspondiente a la semana del 28 de julio al 3 de agosto del corriente. En la página 46 aparece un reportaje firmado por Antonio Oricio y con fotos de Ian Teh que se titula: “Factoría de titanes”, y nos habla de que «La durísima preparación de los futuros atletas chinos agranda el orgullo nacional. La ONG Save the Children asegura que muchos menores son explotados».
Pero en lugar de ir apostillando párrafo a párrafo lo que allí se dice, a fin de evitar que algún lector impenitente de esta bitácora impenitente se me eche encima por la extensión de un doble artículo (el de Antonio Oricio y el mío), voy a proponer un juego.
Copiaré íntegro el texto del reportaje y destacaré algunos pasajes en negrita (las cursivas son originales del texto de Interviú). El lector deberá decidir si encuentra diferencias entre China y España en lo así destacado.
La fama y la gloria de una nación tienen un precio. Los niños chinos lo están empezando a pagar ya. Los Juegos Olímpicos que en un par de semanas darán comienzo en Pekín han puesto a China ante la mirada del mundo entero y al mismo tiempo han convertido el deporte en una obsesión para muchas familias del país asiático. Incluso en disciplinas como el pimpón [sic], que en la mayoría de los países se considera un mero pasatiempo, las autoridades chinas han puesto en marcha auténticas factorías de campeones. En la escuela de tenis de mesa de Luneng, en la provincia de Shandong, un total de 230 estudiantes se entrenan sin parar en 80 mesas de pimpón. El sonido de esas pequeñas pelotas de plástico de apenas tres gramos parece un tic-tac sin final. Por la mañana, los aspirantes a campeones dedican más de cuatro horas a darle a la raqueta. Así todos los días de la semana. Por la tarde, un rato de clases académicas y otro tanto de entrenamiento. Las jornadas agotadoras tienen su momento de respiro el domingo por la tarde. Es tal el esfuerzo y la dedicación que estos niños tan sólo verán a sus familias dos veces al año.[1] “Por eso China es de los mejores del mundo en tenis de mesa, nos entrenamos duro y más que nadie —dice un chaval regordete de diez años llamado Xu Mengjie bajo la atenta mirada de un cartel que reza “Lucha por tu país”—. Es el único camino que conozco para llegar a ser campeón olímpico”.
Es verdad que la factoría de titanes trabaja a todo gas en China, que las Olimpiadas se han convertido en la tabla de salvación para muchos padres. Lo que parece que no saben es que para que salga un solo campeón olímpico cientos de miles fracasarán por ese camino fatigoso y exigente. Al final, los estudios quedarán a un lado a favor de la formación deportiva. Un solo dato aportado por el periódico The China Sports Daily: un 80 por ciento de los atletas jubilados está en el paro, ha acabado en la indigencia o sufre enfermedades derivadas de un entrenamiento cercano a la tortura.[2]
“Antes, muchos padres estaban preocupados al enviar a sus hijos a estas escuelas pues pensaban que sus hijos pasarían mucha amargura, mucha penuria —dice Qiao, un entrenador— pero los Juegos Olímpicos han hecho que esta gente piense que están contribuyendo a hacer grande y gloriosa a esta nación”.
Y hablamos del pimpón. Otras disciplinas, como la gimnasia en todas sus variantes, se han convertido en auténticas pesadillas para niños y niñas que apenas superan el metro de altura. Un entrenamiento que recuerda al de las academias militares explota a diario las habilidades de miles de chiquillos en busca de un sueño que muchos no saben ni qué significa. La organización internacional Save the Children ha acusado a las autoridades deportivas chinas de violar los derechos de los más pequeños. Según esta ONG, los menores no reciben una buena educación, son sometidos a entrenamientos durísimos, el amparo legal apenas existe y su reingreso social no tiene apenas apoyo una vez acabada su carrera deportiva.[3]
Si hace unas pocas décadas los atletas de Estados Unidos y Rusia acaparaban la atención mediática por su forma de ganar medalla tras medalla, China se ha incorporado sin freno al ranquin de países medallistas. En el años 1984, durante los Juegos de Los Ángeles, el país comunista hoy reconvertido a un capitalismo sui géneris lograba poco más de 30 medallas; en Atenas, hace cuatro años, China consiguió doblar ese número y llegó a los 63 metales.
Para Save the Children, esta progresión casi ilógica se ha producido a costa de los más pequeños, perjudicando su salud. Hace tres años, el campeón olímpico Matthew Pinset se quedó alucinado porque los entrenamientos superaban los límites mínimos humanamente tolerables, y llegó a comprobar que en algunos centros los entrenadores pegaban a los atletas.[4] “El sistema deportivo chino ha arruinado la vida de muchos jóvenes atletas, y hay casos en que los entrenadores han forzado a los niños a tomar drogas o estimulantes para ser más eficaces”, aclara el informe.
Acotaciones:
[1]: Esto se ha corregido en los CARD españoles en los últimos tiempos. Pero no hace tanto los deportistas de elite sólo volvían a casa una vez al año, durante el mes de vacaciones. También cabría pensar que el viaje de ida y vuelta al lar tal vez no sea cosa sencilla en un país del tamaño y de las peculiaridades de China.
[2]: Días atrás presentaba aquí un cinefórum con la película documental “Juguetes rotos”. Como todos sabemos el asunto del ocaso de los deportistas viene de muy antiguo.
[3]: ¿Y por qué habrían de tenerlos? ¿Por qué tengo que pagar vía impuestos más allá del servicio de espectáculo que me dan? ¿Tienen acaso los actores, músicos o artistas en general un subsidio vitalicio por el mero hecho de haberse dedicado al espectáculo y habernos hecho pasar un buen rato de vez en cuando? ¿Por qué ha de pagar la sociedad el capricho de aquellos que han hecho con su vida lo que han querido hacer y echarles un capote cuando los neones se apagan?
Seguramente está feo que lo diga yo, pero he sido competidor de elite en uno de esos deportes que llamo desheredados. Mi primera competición senior fue en un encuentro internacional (España-Grecia). Cuando era requisito sine qua non tener 18 años cumplidos yo debuté con victoria (es un deporte individual) con 18 años y 4 días.
Nadie me ha dado nada ni yo lo he pedido. Lo que tengo, poco o mucho, me lo he ganado con mi esfuerzo, sin deber favores a nadie. Trabajo en el servicio deportivo de una Administración pública tras ganar la plaza por oposición. ¿Por qué un tipo o tipa que se ha estado dedicando a competir iba a partir con 2 ó 3 puntos de ventaja en la oposición sobre el resto sólo por haber sido deportista de elite?
Mientras esa persona competía otros nos formábamos. En el hipotético caso de que un deportista representara a su país (creo haber demostrado en esta bitácora que eso una falacia comúnmente aceptada), ¿es que los que estudiábamos para formarnos mejor no estamos sirviendo también a nuestro país con nuestro compromiso por mejorar?
[4]: Pegar no sé… Pero insultar a los pupilos lo vemos todos los fines de semana en las competiciones infantiles. No todos los entrenadores, es cierto, pero es un comportamiento aberrantemente generalizado en según qué modalidades.
Dejo aquí estas reflexiones por si algún valiente o valienta se anima a contradecirme. Me encantará debatir este asunto. Y no olviden encontrar las diferencias en España con las que se critican en China.
19 de septiembre de 2008
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(Goethe)



















