LLEGAN LAS fiestas navideñas y el fútbol se vuelve reivindicativo. Bueno, el fútbol no. Los políticos, que usan el fútbol para sus reivindicaciones habida cuenta de que es un fenómeno social de masas.
Estos días las federaciones autonómicas organizan partidos amistosos para que sus selecciones deportivas se jueguen el orgullo patrio. Suelen elegirse rivales a la medida. Ni membrillos ni combinados de primer nivel: que sean asequibles de ganar y carezcan de calidad como para endosar una manita en el orgullo nacionalista de cada colmeno.
Pero este año lo que empezaban a vendernos como una fiesta (para tener atontada a la gleba) se ha ido al garete por el plante del combinado vasco.
Ni tienen razón los argumentos infalsables del Partido Popular (lo siento, chicos), ni la tesis tradicionalista del PNV (lo lamento, muchachos), ni las líneas de opinión inscritas bajo el epígrafe de otras siglas políticas (no es lo mío, majos). Todos ellos se han sumado al coro de plañideras que han cargado sobre el colectivo más débil sus propios miedos y frustraciones.
Los jugadores, por el motivo que sea (esto es algo anecdótico y nada esencial, como a las autoridades les interesa hacernos creer) han querido jugar bajo un nombre que a juicio de ellos les identifica mejor que otro. Y hasta aquí podemos leer.
Es un problema del fútbol. Pero que el fútbol sea un fenómeno social de masas no significa que todos los males de esta sociedad sean ahora culpa de los jugadores profesionales.
Lo único que sabemos de forma cierta es que los políticos se han venido sirviendo del deporte para sus guerrillas tribales. Tan nefasto es el nacionalismo vasco como el nacionalismo español. O los regionalismos y los localismos. Todos pasados bajo el fiel del fanatismo dan grima. Y tan malos son unos políticos como los otros. Siempre les ha interesado, únicamente, su momento de gloria: la foto con los campeones regionales.
A ellos les da igual que el campeón del momento sea Goizueta o Zabaleta. El año que viene habrá otro campeón y ellos seguirán ahí. Mientras ellos tienen garantizados cuatro años, el campeón sólo el año en curso. Así que ellos estarán en la foto del año que viene, tanto si el campeón regional es Fandiño como Portela.
Pero los políticos vascos se enfrentarán a su examen cuatrienal en el primer trimestre del año que viene. De ahí la importancia de estar en la foto de San Mamés este año.
Si ningún político hubiera abierto su bocona se habría jugado bajo el nombre de Euskalherría y nadie hubiera reparado en ello. Pero es que si se hubiera jugado bajo el nombre de Euskadi tampoco nadie hubiera notado la diferencia, porque el aficionado sólo va a ver fútbol. La prueba la tuvieron el año pasado.
El fútbol, dicen, une a los pueblos. En esta ocasión el fútbol ha separado a la sociedad vasca.
El año pasado se luchaba desde un frente conjunto por la oficialidad de las selecciones autonómicas (gallega, vasca y catalana), y los políticos se lanzaron a firmar un escrito en San Mamés con mucha pompa y boato. Una vez más se entrometían en los asuntos del fútbol, en los asuntos del deporte.
No veremos a un político acudir a los entrenamientos de los alevines a llevarles unos chubasqueros cuando llueve. Pero sí les veremos encorbatados en las ceremonias de entrega de trofeos y galardones, o colocar su tenderete cuando barrunten que no corren riesgo de impregnarse con el olor del mercado.
Después de llenarse la boca con soflamas reivindicativas la pelota se les ha descosido por la parte de dentro. Y de ello me alegro, como he dicho en este post, porque se han quedado sin su juguete del día de navidad. Se les ha roto de tal manera que la herida la han recibido ellos.
Y claro, la culpa es de los demás; siempre es de los demás. En este caso de los jugadores que no han sido dóciles y que no han entendido el mensaje solidario de lucha por la oficialidad de las selecciones autonómicas. Olvidaron que los jugadores son profesionales y que como buenos profesionales sólo entienden de dinero y de negocios.
Olvidaron también que estas selecciones autonómicas no representan a ninguna región. Tan sólo representan a su federación, que es un organismo privado. Y como mucho, representan al fútbol de esa región, estructurado de forma tan exclusivamente piramidal que los que están en la cúspide son indefectiblemente los mejores.
No nos aclaran si la lucha por la tan manida oficialidad de las selecciones regionales es deportiva o ha de ser política. Esos jugadores, esa selección, no representa ni a los políticos ni a los habitantes de ese país. Como tampoco la selección de fútbol española representa a España. Representa ni más ni menos que a la RFEF. Y como mucho, y por idénticos motivos a los ya expuestos, representa al fútbol español. Y es que el deporte no entiende de fronteras políticas pero sí administrativas.
Otra cosa es que unos cuantos (muchos, pero no mayoría) y a título privado se sientan representados por la selección española, por Nadal, por Alonso o por Gasol. Cada cual es libre de sentir lo que le dé la gana. ¡Estaría bueno que se prohibieran los sentimientos!
Estos políticos semejan gallinas con su incesante cacareo sin poner el huevo de la tan ajada oficialidad. Y mira que es sencillo que tanto catalanes como vascos como gallegos consigan que los combinados de sus respectivas federaciones de fútbol puedan disputar competiciones internacionales oficiales. Tan sencillo como legal. Pero eso quedará para la próxima ocasión. ¡Palabra!
23 de diciembre de 2008